
La ilusión era que es posible gobernar con poca política y con los partidos mirando de lejos. La ilusión era que un gabinete con predominancia técnica, plagado de expertos sin experiencia pública, era coherente con el concepto de emergencia. La ilusión era que nadie necesita una coalición. La ilusión era que un buen candidato se convierte mecánicamente en un buen Presidente. La ilusión era que se puede gobernar sin arquitectura política. La ilusión era que la buena voluntad basta para que todo vaya mejor, que las frases grandilocuentes tienen efectos en la realidad y que la economía iba a mejorar porque la derecha llegaba al poder. La ilusión era que se puede controlar la agenda sin contar con un diseño o, peor, que la agenda es irrelevante: nosotros no les hablamos a las élites. La ilusión era que los ministros pueden discutir por la prensa sin pagar ningún costo. La ilusión era que el Segundo Piso puede concentrar el poder, como si los ministros fueran meros ejecutores de voluntades ajenas. La ilusión era que no necesitamos vocero, porque no tenemos nada que comunicar. Todo va a estar bien.
¿Cómo un gobierno pudo sostenerse siete meses sobre este cúmulo de espejismos y quimeras? Si se quiere, esta es la gran pregunta —casi diría, el gran enigma— por responder. Al fin y al cabo, si algo ha quedado claro en las últimas semanas es que el plan inicial estaba pensado para funcionar en tiempos excesivamente normales, sin grandes imprevistos. Sin embargo, la embarcación no está preparada para tormentas o vientos más fuertes. El diseño simplemente no da el ancho: salvo contadas excepciones, no hay respuestas, no hay reacción comunicacional ni nadie con ganas de poner orden. Esta es una de las grandes paradojas de la actual administración: se prometió restablecer el orden y la autoridad, pero es imposible lograrlo si el mismo Ejecutivo transmite tal sensación de caos interno. Reina una especie de anarquía, donde cada cual toca una partitura sin preocupación por el conjunto. El resultado no sorprende: una constante cacofonía, donde cuesta mucho identificar un mensaje central. Y eso ocurre por un motivo muy simple: no hay mensaje central. No vale la pena buscarlo.
Para comprobarlo, basta seguir la secuencia de los últimos días. La primera reacción del Gobierno fue defender lo obrado por el ministro Rabat en el caso de las rebajas de penas: a ello se abocaron el propio ministro, el nuevo vocero y varios dirigentes políticos. Sin embargo, y luego de constatar que esa línea de defensa carecía de sentido, el mismo Presidente rectificó el lunes, admitiendo el error. Hasta acá, la decisión tenía su lógica: mal que mal, el mandatario no puede dinamitar su capital político en un caso como este. Estaba en juego su promesa de proteger a las víctimas y tener mano dura con los delincuentes: es, literalmente, su línea de flotación. No obstante, a renglón seguido confirmó la continuidad del ministro. Guste o no, el Presidente solo hizo crecer la grieta, que no pudo reducirse durante toda la semana. La interrogante es obvia: ¿por qué un error de ese calado, que toca la identidad del Gobierno, no conlleva el ejercicio correspondiente de responsabilidad política? ¿Por qué no cerrar de una sola vez el tema y sacar de inmediato al mandatario de una polémica tóxica? ¿Por qué sale un subsecretario que comete un (grave) error comunicacional, como si esa fuera la dimensión decisiva?
El problema, desde luego, ya no tiene que ver ni con el ministro ni con la discusión jurídica sobre su decisión: guarda relación con el Gobierno, con los criterios para tomar decisiones y con sus dificultades para ordenarse. Todos pueden tener problemas, y todos pueden cometer errores: no hay nada extraño en eso. Lo sorprendente son las enormes dificultades del Ejecutivo para procesarlos, darles cauce y resolverlos. Es como si navegara constantemente a vista, sin anticiparse a nada. O, dicho de otro modo, se transmite una constante improvisación.
Basta agregar que la situación está abriendo una peligrosa fisura al interior del oficialismo. En efecto, la posibilidad de que varios parlamentarios de derecha respalden la acusación constitucional contra el ministro es, a no dudarlo, el principal riesgo que enfrenta el Gobierno. Puede pensarse que el problema más grave que enfrentó Sebastián Piñera fue el desfonde de su base política en el episodio de los retiros, y lo menos que necesita la derecha es repetir ese episodio tan ingrato. Quizás ahora se entienda por qué era tan importante producir, desde el inicio, una cultura de coalición.
Ahora bien, el Gobierno también tiene una oportunidad para realizar una inflexión. Los vacíos y fracturas internas son tan evidentes que no resulta difícil elaborar un diagnóstico: falta más y mejor política. La incorporación de Gonzalo Arenas fue una buena señal, pero es insuficiente. El Ejecutivo necesita políticos con oficio, que puedan ordenar, fijar prioridades y manejar la agenda. Por más incómodo que sea aceptarlo, el diseño inicial fracasó en toda la línea. Mientras antes se modifique, tanto mejor para todos.
Si la principal virtud del político es la lucidez, no hay nada más peligroso que construir sobre ilusiones. Los espejismos se están disolviendo, uno tras otro, y al Presidente de la República le asiste el deber de sacar las conclusiones del caso.
Es hora de despertar. Mañana será demasiado tarde.