"Chile queda bien parado al haber reconocido de inmediato a Lula como ganador, sin sumarse a la paranoia de las derechas más radicales del continente que respaldaron a Bolsonaro en sus acusaciones de fraude".

Las elecciones del domingo pasado en Brasil, que dieron el triunfo al incumbente Lula da Silva, han dado mucho que hablar, tanto por tratarse del país más grande de Latinoamérica como por su posición en la región en el momento político actual. El episodio admite, entonces, varias lecturas: lo que significa para Brasil, para las izquierdas y derechas latinoamericanas y para Chile en particular.
Partamos por lo que el nuevo triunfo de Lula significa para Brasil, al menos en lo que es posible observar desde el sur del continente. La reacción más extendida de nuestra oposición en las redes sociales ha sido celebrar, sin matices, que Brasil se salvó de la ultraderecha y del fin de la democracia. Las izquierdas chilenas, que no atraviesan precisamente un buen momento, ven en Lula una señal de optimismo para su proyecto político, que permite salvar en algo su severa crisis. Como declaró el ex Presidente Boric en su cuenta de X, la reelección representaría un horizonte de esperanza para la humanidad..El entusiasmo de la izquierda es exagerado, aunque no carece de todo fundamento. Si Flávio Bolsonaro se parece a su padre, condenado por intento de golpe de Estado, hay razones para respirar tranquilos, y la ofensiva de su comando para desconocer los resultados da razón a ese alivio. Otra cosa es celebrar la salvación de la democracia como si Brasil, de pronto, hubiera dejado de tener problemas. La tendencia a leer los hechos así revela un preocupante voluntarismo y una falta de autocrítica. En un país donde un balotaje polarizado enfrenta al hijo de un ex Presidente hoy preso con un Presidente octogenario que va por su cuarto periodo (y que también estuvo preso), es evidente que las cosas no andan bien. Lula no salvará a Brasil por arte de magia, pues los problemas que no ha podido resolver en tres periodos difícilmente encontrarán solución en el cuarto (ni menos con un parlamento completamente adverso y con los compromisos que tendrá que cumplir después de los ofertones de campaña). Tampoco salvará a la izquierda, a la que sólo le compra algo más de tiempo para seguir eludiendo el arduo proceso de renovar su proyecto y sus liderazgos.
Desde la perspectiva regional, y de nuestro país dentro de ella, el balance adquiere un tono más positivo. Chile queda bien parado al haber reconocido de inmediato a Lula como ganador, sin sumarse a la paranoia de las derechas más radicales del continente que respaldaron a Bolsonaro en sus acusaciones de fraude (aunque su propio partido reconoció posteriormente los resultados). A ello se suma que, en un contexto de marcado giro a la derecha en Latinoamérica, es bueno en términos geopolíticos que el mayor país de la región opere como contrapeso frente a la avasalladora política exterior estadounidense. La gran mayoría de los presidentes del barrio se ha rendido ante Donald Trump y su agresiva agenda, que busca forzar la colaboración en materia económica, de seguridad y de defensa. El gobierno del presidente Kast ha sido –al menos por momentos– una excepción a esta disposición, en cuanto ha analizado críticamente las intenciones del gigante norteamericano y sus implicancias para Chile. Pero para un país pequeño la presión a veces se vuelve irresistible, y ahí la posición de Brasil puede ser de gran ayuda.
Esto conecta con el último punto que planteamos al inicio: el complejo momento de la política exterior chilena, en que a la fuerte presión externa se suma la interna; por ello, la posición de un gobierno frente a una elección extranjera parece cobrar mayor importancia. En efecto, la política exterior está hoy sometida a un inédito escrutinio público, como muestra de modo elocuente la temprana interpelación al canciller Pérez Mackenna. Lo anterior también es reflejo de que, durante los últimos gobiernos, se ha perdido el consenso en torno a conducirla como política de Estado, mostrando hacia afuera un frente unido en que el interés nacional pesa más que la ideología. Es lo que confirman los posicionamientos y reacciones ante cada elección extranjera, en que solo se sabe pensar en alineamientos por bando. Por otro lado, el gobierno ha navegado con dificultad algunos problemas recientes, como la tensión fronteriza con Argentina, debido a las contradicciones dentro de su propio gabinete. Las declaraciones cruzadas entre el ministro de Defensa, Fernando Barros, y el canciller Pérez Mackenna muestran falta de manejo político y debilitan nuestra posición frente a Argentina y, con ello, frente a Estados Unidos, su principal aliado actual. A eso se suma el exabrupto de Iván Poduje, que tildó a Milei de loco en un acto público.
En fin, frente a elecciones foráneas siempre es preferible la mesura en las reacciones y saber separar lo bueno de lo malo. Las izquierdas y las derechas más radicales harían bien en contener sus pasiones, y, el gobierno, en mantener la sobriedad que caracteriza a Chile hacia afuera y pulir los flancos débiles que le han causado problemas los últimos meses. Se vienen tiempos difíciles para la política exterior. Hay que estar preparados.