Opinión
Leo Strauss, el nihilismo y el estallido

La educación liberal, notaba, constituía “el esfuerzo necesario por fundar una aristocracia dentro de la sociedad democrática de masas”. Sin ese esfuerzo, la democracia carecía de destino

Leo Strauss, el nihilismo y el estallido

“Permítanme definir provisoriamente el nihilismo como el deseo de destruir el mundo presente y sus potencialidades, un deseo no acompañado por ninguna clara concepción de lo que se quiere poner en su lugar”. Así escribía Leo Strauss en una conferencia de 1941 sobre “El nihilismo alemán”. Ahí quería dar cuenta de la pulsión que encontraba en la juventud alemana de postguerra, entre 1919 y 1933. Esos jóvenes no se caracterizaban por querer destruirlo todo, pero sí por querer destruir el mundo moderno. Hastiados con la “sociedad abierta”, habían levantado un gran “No” contra la sociedad construida por sus antepasados. 

Publicada de manera póstuma, la conferencia merece ser leída cuando se contemplan las olas de protesta en Francia o cuando se vuelve, a siete años de distancia, sobre nuestro propio estallido (Strauss murió, por cierto, un 18 de octubre). Ayer domingo, sin ir más lejos, uno de los gradneslienzos que flameaban en una marcha conmemorativa del 18-O rezaba “Borrar tu legado será nuestro legado”. Negatividad pura. No hay movimiento en la historia que pueda ser reducido a eso, desde luego, y no se trata de ignorar las causas profundas por las que algo así en un minuto dado obtiene el apoyo ciudadano. Pero el hecho es que ese ángulo no puede perderse de vista: movimientos como estos también tienen un trasfondo espiritual e intelectual.

Es interesante notar, en ese sentido, el tipo de profesores que Strauss consideraba deseable para esa juventud: en lugar de intelectuales complacientes con el nihilismo, Strauss escribe que les habría convenido tener “profesores a la antigua”. No se trata, sin embargo, de un juicio reaccionario. Su conferencia era una defensa de la civilización moderna (aunque con bases clásicas). Por lo mismo, bajo “profesores a la antigua” Strauss entendía a la vez profesores “suficientemente no dogmáticos como para entender las aspiraciones de sus alumnos”.

Todo eso lleva, por otro lado, a su reflexión más general sobre la democracia, tal como la encontramos en “Liberalismo antiguo y moderno”, su obra de fines de los sesenta. Ahí nota lo especial que resulta la democracia como régimen, la virtud ciudadana que requiere, la exigencia intelectual que supone. La educación liberal, notaba, constituía “el esfuerzo necesario por fundar una aristocracia dentro de la sociedad democrática de masas”. Sin ese esfuerzo, la democracia carecía de destino; esa misma democracia de masas, sin embargo, hace especialmente difícil la indispensable tarea referida . Se trata de un ángulo entre muchos, pero sin una pregunta exigente respecto de las virtudes de la ciudadanía no volveremos a encontrar el rumbo.

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