Opinión
Violencia emblemática

Llamamos valiente a aquel que está dispuesto a asumir las consecuencias adversas de su acto. Así, no diríamos que tiene esta virtud el que está dispuesto a lanzar piedras a otros, pero no a recibirlas. Eso se llama simplemente violencia.


Violencia emblemática

La violencia en los liceos emblemáticos no es nueva. Tampoco es nuevo llamar “criminalización de la protesta” a cualquier intento por hacer a los estudiantes responsables de sus actos. Con todo, sería un error pasar por alto lo que ocurrió hace unos días en el Liceo Manuel Barros Borgoño, por muy repetido que sea su guion. 

Hace pocas semanas, alrededor de quince estudiantes encapuchados y vestidos con overoles blancos bloquearon las salidas del liceo mencionado, lanzaron bombas molotov en su interior y amenazaron a gritos a varios de sus trabajadores. Según el informe que emitió posteriormente el liceo, “encapuchados amenazaron de muerte a la directora, apuntándole directamente con una bomba molotov con la advertencia explícita de quemarla viva si abría la puerta, intimidación que extendieron al resto de funcionarios presentes”. Otro testigo relata, además, amenazas de violencia sexual: “te vamos a pasar por el pi… y te vamos a matar”. La dirección del colegio habría contactado a Carabineros, cuya intervención terminó con alrededor de diez estudiantes detenidos y con incautación de bidones de bencina, máscaras y “mechas”.

Lo peor vino después: una semana más tarde, fue el turno de los apoderados. Un grupo de ellos entró al colegio e increpó a gritos a la directora (la misma que hace unos días había sido amenazada de ser quemada viva): “Se los llevaron detenidos por tu culpa, porque tú los acusaste”, “habla ahora, llama a los pacos, échame a los pacos”, “necesitamos una explicación de lo que sucedió el jueves” se escucha en un video, entre fuertes abucheos y silbidos en su contra.

La escena es especialmente decadente, porque parece minar cualquier expectativa de que esos estudiantes violentos enmienden el rumbo. En efecto, frente a la impulsividad propia de la adolescencia, los padres tienen el deber de corregir y orientar, no de azuzar y amplificar los errores de sus hijos. En La crisis de la educación, Hannah Arendt explica que los padres tienen una doble responsabilidad: proteger al hijo de los peligros del mundo, y proteger al mundo de la eventual peligrosidad del hijo, de su irrupción en el mundo. Cuando un padre reafirma y replica la conducta negativa del hijo, está incumpliendo con ambas dimensiones.

Por lo demás, según esos padres, ¿qué debió haber hecho la directora? ¿Esperar a que la rociaran con bencina, como le ocurrió a la inspectora del Instituto Nacional el 2022? ¿Esperar hasta que le lanzaran una molotov, como ocurrió a un profesor del INBA el 2025? ¿Esperar a que la quemaran un poquito? ¿Llamar a los renombrados apoderados esperando una respuesta sensata? 

Por otro lado, estos adultos dan a sus hijos una impecable lección de cobardía y prepotencia, como si fuera una de valentía. Esto debe ser mirado con precaución, porque es un rasgo que luego se suele desplegar con fuerza en ciertos sectores del movimiento estudiantil: defender como valiente un acto de cobardía.

Llamamos valiente a aquel que está dispuesto a asumir las consecuencias adversas de su acto. Así, no diríamos que tiene esta virtud el que está dispuesto a lanzar piedras a otros, pero no a recibirlas. Eso se llama simplemente violencia. Por mencionar apenas un ejemplo reciente, el “enfrentamiento” -como lo llamó la presidenta de la FECH- en la Casa Central de la UC muestra un punto similar: ¿quién es más cobarde? ¿el que, siendo minoría, se para con el rostro descubierto frente a un montón de encapuchados violentos (acompañados de otro montón de estudiantes que no ejercen violencia, pero la toleran)? ¿O el encapuchado que pega una patada por la espalda a una mujer, sabiendo que lo peor que puede pasarle es que se presente una infructífera querella “contra quien resulte responsable”?

Volviendo al caso del liceo, ¿quién es más valiente? ¿El estudiante armado y enmascarado que amenaza de muerte a la directora de su liceo, y luego es defendido por sus padres? ¿O la directora que, luego de ser amenazada de muerte, sigue ejerciendo su cargo e intenta corregir el rumbo de ese establecimiento escolar? Actos como estos son un golpe en el suelo a los liceos emblemáticos y a la educación pública en general, y un recordatorio de que no hay buena educación posible si la familia deshace lo que los profesores intentan, entre escombros, construir.

Fuente: Fast Check CL - https://www.fastcheck.cl/ - Todos los derechos reservados.

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