Opinión
Citas para encontrarnos con lo humano

Finkielkraut es un intelectual que no le teme a la incorrección; sin embargo, es mucho más que un polemista o un agitador

Citas para encontrarnos con lo humano

Un cuaderno de citas. He ahí el punto de partida de Pescador de perlas (Alianza, 2025), el más reciente libro del filósofo y ensayista francés Alain Finkielkraut traducido al castellano. Décadas de lecturas lo han hecho acumular frases y párrafos especialmente elocuentes o sugerentes, siempre capaces de despertar una reflexión muy personal que deambula entre la cultura, la política y la literatura: “Para mí, las frases no eran adornos, sino ofrendas. No decoraban mi pensamiento, lo desencadenaban”. El escritor, en la medianía de sus setenta años, se sumerge en aquellos cuadernos y, por medio de sus referencias a Marc Bloch, Elias Canetti, Thomas Mann, Hannah Arendt, Milan Kundera o Virginia Woolf, entre muchos otros, ofrece una lúcida lectura del estado actual de nuestra sociedad, sus distintas crisis y los desafíos que ellas significan para el hombre contemporáneo. En la mejor tradición del ensayo europeo —erudito y sofisticado, pero siempre abierto a observar sus propios puntos ciegos—, Finkielkraut nos entrega un libro valiosísimo que invita a pensar y reafirma el valor de las ideas a la hora de comprender qué le está sucediendo a Occidente en estas últimas décadas.

Finkielkraut es un intelectual que no le teme a la incorrección; sin embargo, es mucho más que un polemista o un agitador. Sus opiniones en torno a temas peliagudos —la inmigración, el feminismo, Israel o el tema trans— obligan a tomarse en serio cada fenómeno, que él cuestiona e interroga con radicalidad. Está dispuesto, también, a observarse cruda y sinceramente a sí mismo. En el primer capítulo, que gira en torno a una frase de Paul Valéry (“¡El corazón consiste en depender!”), recuerda un quiebre sentimental de su juventud que le permite preguntarse qué es el amor. Y, contrario a cualquier inclinación simplista de nuestra época, contesta con honestidad: “Amar es ser dependiente, estar dominado, subyugado, sometido. Amar es estar en un segundo plano. Amar es vivir la experiencia inaudita de una alienación que es mejor que la libertad. Cuando nada permitía adivinarlo, el para sí se convierte milagrosamente en para el otro”. Si en ese primer capítulo aborda el amor y sus complejidades, en los siguientes, siempre a partir de frases seleccionadas de sus cuadernos, va pasando revista a la religión, la civilidad, la educación, la idea de Europa, la herencia cultural o la nación francesa.

Aunque a ratos pueda ser demasiado francófono en sus referencias e inquietudes, hay aquí preocupaciones que, por su universalidad, cruzan las fronteras de su país y de Europa. El juicio que enarbola en torno al mundo posterior a mayo del 68, a la cultura digital y sus consecuencias para la socialización están ancladas en un diagnóstico profundo acerca de la sociedad moderna y contemporánea. Le inquietan no solo las grandes luchas entre democracia y totalitarismo, sino también detalles aparentemente fútiles, como el mínimo decoro que exige actualmente la vida social: “La educación ya no exige nada, el decoro no dicta nada, seguimos constantemente nuestro propio ingenio; y el resultado, lejos de ser genial, es para echarse a temblar”. La delicadeza de Finkielkraut nos invita solo a cuidar los gestos y ritos propios del intercambio social, sino también las ideas que defendemos y, sobre todo, las palabras que empleamos para expresarlas.

En los distintos tópicos sobre los que discurre el autor subyace una tesis fundamental y a contracorriente: que el pasado no puede ser desechado sin más; que somos hijos de una cultura determinada, con sus fronteras y referencias; que el mundo no puede ser reescrito según nuestra voluntad. Sin embargo, su juicio es lapidario, pues para la cultura actual “no hay nada que ya esté aquí. Nada viene dado. Nada debe poder atribuirse al origen, la ascendencia o el paso del tiempo. En una sociedad formada exclusivamente por individuos, lo único que cuenta son los derechos y los valores; el tiempo no tiene nada que ver”. En esa línea, el autor de Pescador de perlas sostiene que debemos valorar aquello que heredamos de quienes nos antecedieron, no por medio de una aceptación acrítica, sino ponderando y asumiendo el pasado en su justa medida, siendo capaces de comprenderlo en su complejidad y con sus propios matices.

En todo esto hay, sin duda, una pasada de cuentas a la “inteligencia progresista”, que en el mundo de los medios y del debate político se identificó con la cultura de la cancelación y lo woke. Los ejemplos que elige el autor para mostrar el desvarío de esa izquierda —que pasó de luchar en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial a los excesos del ecologismo, el feminismo o el igualitarismo— son preclaros. Donde se han visto resultados dramáticos es en el mundo de la educación, en el que estas agendas han tenido resultados sencillamente desastrosos: “Nadie suspende, nadie pervive, la doxa no deja ya nada fuera. Bajo su reinado inclusivo, el trigo y la paja van en el mismo saco. Y la pedagogía, aliviada de la tarea de educar almas, acondiciona a cada cual un sitio en la caverna”. Como resultado, todos estamos agazapados, encogidos en un mundo embrutecido, sin ver nada más que sombras sobre el muro, y nunca la realidad tal cual es.

Pescador de perlas no es el ensayo de un septuagenario gruñón y nostálgico. Aunque hay muchas dimensiones en las que considera que todo tiempo pasado fue mejor —y el último capítulo es un bellísimo repaso de aquellas cosas que lamenta haber perdido—, reconoce los avances civilizatorios y tecnológicos que permiten una vida más confortable y justa para millones de personas. Con todo, la gracia de Finkielkraut reside en su capacidad para matizar, para observar en detalle la escala de grises de la experiencia humana, con su cuota de dulce y de agraz en todo orden de cosas. De pie y enarbolando sus grandes referencias literarias e intelectuales, Finkielkraut nos entrega un ensayo personalísimo, arriesgado y respetuoso con las ideas que lo han hecho pensar y comprender mejor el mundo que le tocó vivir. Al compartir estas citas y reflexiones, por tanto, su invitación parece ser que nosotros también hagamos un ejercicio equivalente y valoremos “la persistencia del humano en un mundo llamado a hacerlo desaparecer”.

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