Opinión
La desalmada IA

La IA no tiene frío ni calor, pena ni gozo. No puede realmente leer ni escribir “chorros calientes de poesía”. Su “poesía”, incluso si llegara a parecer buena, no le pertenece:  la obra es en parte una historia, y la IA no tiene historia.

La desalmada IA

Ella sabe mucho, nosotros muy poco. Ella tiene buena memoria, es rápida y creativa. No se deja estorbar por la fatiga, ni se deja cegar por sus preferencias. No se desconcentra ni se toma pausas. No necesita decantar nada, no se paraliza ante la hoja en blanco. Todo eso que nos limita, para ella no es problema. Así, la IA nos va llevando a una pérdida abismal de autoestima. Y por eso a ratos casi la envidiamos.

Pero ofendámosla un poco, pues no se ofende: la IA no recuerda. “Recordar” viene de re-cordare; volver a pasar por el corazón. La IA no puede volver a pasar por el corazón, porque no tiene. Tampoco tiene orígenes, heridas ni pasiones. Es absolutamente descontextualizada. Su único contexto es el que nosotros intentamos darle, que ella es incapaz de hacer suyo en sentido estricto.

¿Por qué? Ante todo, porque nuestra aproximación a la realidad se inicia, siempre y necesariamente, desde los sentidos. Si Gabriela Mistral se refirió a los Salmos de David como “un chorro caliente de poesía”, es porque antes conoció el calor y el frío. Si aquella noche Neruda escribió los versos tristes, es porque antes estuvo muy triste, o conoció por otros la tristeza.  La IA no tiene frío ni calor, pena ni gozo. No puede realmente leer ni escribir “chorros calientes de poesía”. Su “poesía”, incluso si llegara a parecer buena, no le pertenece:  la obra es en parte una historia, y la IA no tiene historia. Esto explica que cualquier persona en su sano juicio preferiría ver La Pietá original y no una réplica exactamente igual hecha con IA y una impresora 3D.

Por otro lado, como la IA no tiene sentidos ni —paradójicamente— inteligencia, no le atraen ni le gustan las cosas de las que “habla” o, más bien, “parlotea”. Esto, que para algunos sería un gran punto a favor (pues la haría “más objetiva”), la hace en realidad una “inteligencia” muerta, esto es, una no-inteligencia, por muy actualizada y llena de datos que esté. Las mayores obras artísticas y literarias han surgido precisamente del vuelco de lo subjetivo hacia afuera; de la no-objetividad. San Ignacio de Loyola decía que “no el mucho saber harta y satisface el alma sino el sentir y gustar las cosas internamente”. La IA no puede hacer eso, porque no tiene alma ni mundo interior en el que gustar nada.

Si la IA carece de experiencia, tampoco puede tener prudencia. La prudencia es sabiduría práctica, y prudente es aquel a quien pedimos opinión o consejo, porque pondera bien, escucha, comprende, mira su experiencia y luego dice realmente algo a alguien. La IA es la antítesis del sabio de la tribu. No envejece, no encanece, no tiene historias que la hagan saber realmente cosas: a la IA nunca le ha pasado nada.

Este es, quizás, el punto fundamental: la IA no tiene un “para qué” o finalidad, carece de telos. No se pregunta por su propia actividad, que es algo eminentemente humano. Como ella no tiene finalidad, tampoco puede darla. En simple, la IA no nos puede decir cuál es el sentido de la vida, ni puede ayudarnos a discernirlo. Para bien o para mal, esa es una pregunta que seguimos teniendo que responder nosotros. La IA podrá darnos opciones, exponer cuál ha sido el sentido de la vida en la historia (de otros), ofrecernos cinco propuestas de textos sobre el tema, o preguntarnos “¿quieres que te haga un cuadro resumen sobre el sentido de la vida en estos autores?”; pero la decisión regresa siempre al único capaz de decidir, que es el ser humano. Toda apariencia de decisión, libertad o responsabilidad será parte del engaño. 

La IA nos está robando muchas cosas y nos entrega poco a cambio. Nos da, es cierto, unas limosnas de tiempo… que luego —al modo de una estafa piramidal— se vuelve a robar ella misma o sus algorítmicos parientes pobres.

Es cierto también que ella es astuta, y nos confunde. Parece inteligente, parece tener recuerdos, incluso a veces parece sentir o ser prudente. En definitiva, a veces pareciera ser alguien. Pero el peligro no está en que la IA adquiera todas estas cosas: eso es imposible. El peligro está en que nosotros, por usarla, poco a poco las perdamos.



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