Opinión
Bachelet y la ONU

Su actual campaña más bien se asemeja a aquella que el 2013 la llevó por segunda vez al gobierno: con su proverbial “paso”, se apostó entonces por no exponerla, por evitar fijar posiciones, confiando –no sin razón– en que su simpatía y carisma personal bastaban. Esa es la diferencia fundamental con el presente. El 2013 uno se podía dar esos lujos en Chile, y tal vez también en la escena internacional. En esos años el silencio y las frases hechas todavía podían mantener a alguien a flote. Hoy no.

Bachelet y la ONU

Pocos días atrás, el exembajador Juan Gabriel Valdés calificó la falta de apoyo del gobierno de Kast a la candidatura de la expresidenta Bachelet como “el hecho más vergonzoso” de nuestra diplomacia. ¿Es así? No cabe duda de que al levantar su candidatura Gabriel Boric realizó una movida astuta. Si Kast mantenía el apoyo a Bachelet, sus propias bases lo encontrarían inexplicable; si lo quitaba, en cambio, dañaba su relación con la centroizquierda. No había, parece, cómo salir jugando bien.

El hecho fundamental, sin embargo, es que la candidatura nunca ha tenido reales posibilidades, como nos lo recuerda la votación preliminar que –si bien no es vinculante– la acaba de dejar en cuarto lugar. El gran misterio, por supuesto, es por qué personas inteligentes de su círculo han actuado como si esta empresa tuviera algún destino. La expresidenta, consciente de que no es así, advertía hace unas semanas que se sentiría honrada si alguien la veta “por creer en la democracia”. Obviamente iba a ser vetada, pero no por creer en la democracia (en la que también creen, presumiblemente, el resto de los candidatos).

Pero la discusión se ha dado en un contexto de crisis del orden internacional, y la pregunta verdaderamente interesante es si acaso una candidatura exitosa de la expresidenta habría sido una oportunidad para renovar ese orden. Eso supondría, naturalmente, una campaña en que se ponen sobre la mesa las razones de esa crisis y las propuestas para salir de ella. Una campaña en que se habla no como simple portavoz de ese orden, sino como voz autocrítica de este, y en que hay tesis más osadas que un mero compromiso verbal con el multilateralismo. Nadie, sin embargo, caracterizaría así el empeño de nuestra expresidenta. Y no hay sorpresa alguna: a lo largo de su trayectoria, Bachelet ni siquiera ha sido capaz de esbozar alguna crítica a la RDA.

Su actual campaña más bien se asemeja a aquella que el 2013 la llevó por segunda vez al gobierno: con su proverbial “paso”, se apostó entonces por no exponerla, por evitar fijar posiciones, confiando –no sin razón– en que su simpatía y carisma personal bastaban. Esa es la diferencia fundamental con el presente. El 2013 uno se podía dar esos lujos en Chile, y tal vez también en la escena internacional. En esos años el silencio y las frases hechas todavía podían mantener a alguien a flote. Hoy no. Seguir con esa disposición equivale, digamos, a ignorar la hora que marca el reloj, el momento en que vivimos. La apuesta de Boric efectivamente fue astuta, pero sin quererlo dejó una vez más al descubierto la profunda desorientación que late tras los lamentos actuales de la izquierda.

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