Opinión
Lo que el dinero no puede comprar

De manera creciente, moros y cristianos alzan su voz contra gestación subrigada, que literalmente deshumaniza —en la medida en que trata como cosas y no como personas— tanto a las mujeres como a los niños que se gestan mediante los denominados “vientres de alquiler” y modalidades semejantes. 

Lo que el dinero no puede comprar

¿Es posible que una determinada causa o lucha política convoque a parlamentarios del Frente Amplio y el Partido Nacional Libertario, pasando por representantes de la centroizquierda, la centroderecha y los republicanos? Parece virtualmente imposible, pero lo cierto es que el esfuerzo por prohibir la gestión subrogada lo ha logrado. Así se constata al leer una carta publicada ayer en El Mercurio, firmada por diputados y senadores de todo ese arco político.

Estamos en presencia, a decir verdad, de un fenómeno de alcance global. En esa transversalidad resuena el amplio elenco de figuras y perspectivas que a lo largo y ancho del orbe promueve la abolición de esta práctica, desde el Papa León XIV a diversas relatorías de la ONU. De manera creciente, moros y cristianos alzan su voz contra dicha práctica que literalmente deshumaniza —en la medida en que trata como cosas y no como personas— tanto a las mujeres como a los niños que se gestan mediante los denominados “vientres de alquiler” y modalidades semejantes.

Ese es precisamente uno de los aspectos que subraya Olivia Maurel, vocera de la Declaración de Casablanca y uno de los principales referentes a nivel mundial en los intentos por erradicar la gestación subrogada. De visita en Chile y entrevistada por La Tercera, Maurel —quien nació de un “vientre de alquiler”— apunta sus dardos contra la explotación e instrumentalización femenina y de clase que subyace a todo esto: “aquí estamos hablando de mujeres pobres que se convierten en madres subrogadas. Todavía no he visto a ninguna mujer rica gestar para una pareja pobre”.

Su testimonio ayuda a comprender la enorme amplitud que ha alcanzado esta causa. En rigor, desde diversas corrientes políticas e intelectuales se esgrimen sólidos argumentos para limitar, al menos en casos tan graves y visibles como éste, el lugar que han de desempeñar el mercado y los contratos comerciales en nuestra vida común. Podemos tener múltiples desacuerdos, pero no se requiere demasiada sofisticación para entender que hay “cosas” (que no son cosas: son niños, niñas y mujeres) que el dinero sencillamente no puede comprar.

Llegados a este punto, podría replicarse que existe un tipo de gestación subrogada llamada “altruista”. Pero su extensión no sólo es mucho menor, sino que, además, cualesquiera sean las intenciones de los involucrados, ellas no resuelven los dilemas en cuestión. Como señala la misma Maurel, “los niños pueden tener hasta cinco progenitores. Puede haber una donante de óvulos, una madre subrogada, la madre que va a criar al niño, el padre que cría al niño y el donante de esperma”. El problema no es sólo la cantidad, sino también la distópica desfiguración de un vínculo fundado en el don y la gratuidad.

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