La gestación subrogada divide aquello que está naturalmente unido, generando una herida que el altruismo no es capaz de reparar.
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La semana pasada estuvo en Chile la estadounidense Olivia Maurel, una de las mayores exponentes de la lucha por la abolición mundial de la gestación subrogada. Maurel estuvo en La Moneda y visitó diversas universidades, contando su testimonio —ella misma nació por alquiler de vientres— y exponiendo sus razones en contra de esta práctica. Su visita coincide con una intensa discusión sobre el tema en nuestro país, a propósito de un proyecto de ley que busca prohibir y sancionar la gestación subrogada.
Uno de los argumentos más reiterados a favor de esta práctica ha sido el de la autonomía de la mujer, pues se arguye que debería poder decidir sobre su propio cuerpo y ganarse la vida como mejor le parezca. Así, con la excusa de dotar a la mujer de mayor libertad, se le entrega un salvavidas de plomo: es arrojada a la “opción libre” de ser explotada por otros. Y es por eso que, de algún modo, el alquiler de vientres es la continuidad lógica de la prostitución. Es la mujer nuevamente dividida en funciones, vuelta mercancía, y disponible para satisfacer con su cuerpo —que es ella misma — los intereses de otros. Primero el producto en venta fue el sexo, ahora es el hijo: solo faltaba un empujón de la técnica.
¿Por qué decimos que este alquiler es explotación? Como se puede adivinar, la mujer que decide alquilar su vientre, suele estar constreñida por las circunstancias. En un reciente informe sobre esta materia, la Relatora Especial de la ONU, Reem Alsalem, documenta el punto: “En todo el mundo, la mayoría de las madres sustitutas proceden de entornos de ingresos más bajos y tienen un estatus social inferior al de los progenitores comitentes. (…) Al parecer, las mujeres migrantes son elegidas específicamente para la reproducción subrogada o trasladadas a otros países para que se sometan a procedimientos de fecundación y den a luz”. La cuestión es elemental: son mujeres ricas que pagan a mujeres pobres —y nunca a la inversa— para que porten el hijo, lo que produce dinámicas muy poco felices. A esto se suman las cláusulas escandalosamente abusivas que contienen estos contratos y que ejercen control sobre cada reducto de la vida de la mujer que gesta.
Pero queda, por supuesto, la denominada modalidad altruista de gestación subrogada: ¿qué pasa con la mujer que, sin cobrar, gesta un hijo de otras personas? ¿No es acaso esa decisión realmente libre? Se trata, por cierto, de un caso distinto. Sin embargo, hay algo que ni el consentimiento ni el altruismo pueden modificar, que es lo irremediablemente unidos que se encuentran el engendrar, el gestar y el ser madre. La gestación subrogada divide aquello que está naturalmente unido, generando una herida que el altruismo no es capaz de reparar. Esto explica que Maurel —que nació por una gestación remunerada — sostenga que el daño a al hijo es el mismo y que “no hay nada altruista” en separar al niño de la mujer que lo gestó.
Como respuesta a lo anterior, se ha intentado asimilar esta práctica a la adopción, sosteniendo que hay muchos niños cuyos padres no son quienes los engendraron. Pero hay una diferencia fundamental: nadie busca un embarazo para dar al hijo en adopción, sino que la adopción viene precisamente a suplir algo que se perdió en el camino, un vínculo que ese niño no pudo tener y que la adopción busca reparar. Dicho de otro modo, la adopción es consecuencia de una realidad no planificada (una enfermedad grave de los padres, una familia que no pudo hacerse cargo); y en cambio, la gestación subrogada supone desde el inicio una planificación de terceros. Así, a diferencia de la adopción, la subrogación comienza su itinerario sabiendo que ese niño será arrebatado para siempre del vientre que lo gestó.
Considerando todo lo anterior, detrás de la defensa de estas prácticas se deja entrever un signo de los tiempos, que es desarrollado notablemente por Chantal del Sol en su libro “El odio del mundo”: la rebeldía hacia todo lo que nos ha sido dado (y que, por tanto, nos limita); la pulsión por deshacer lo que no depende de nosotros; el intento de despojarse incluso de la biología. Como se ha visto, la discusión sobre la gestación subrogada nos muestra nuevamente la ambivalencia de la técnica. Esta nos permite desdibujar, cada vez más, la limitada condición humana. El punto es que, al mismo tiempo, nos va mostrando con fuerza los costos que eso tiene.

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