El posicionamiento tosco respecto de otro país suele reflejar una aproximación igualmente gruesa a la realidad propia.

La conmemoración de sus 250 años de independencia ha sido ocasión para que revivan en nuestro continente las más trilladas miradas sobre Estados Unidos. Están quienes se deslumbran, y también quienes no ven en Estados Unidos más que afán de dominio. Son juicios que podrían no importarnos, pero el posicionamiento tosco respecto de otro país suele reflejar una aproximación igualmente gruesa a la realidad propia.
En grandes fechas conmemorativas los espíritus se dividen además en lo que se refiere a la relación con el pasado. ¿Son los problemas presentes fruto de una mancha de origen que lo contamina todo? ¿O la mancha de la esclavitud y la segregación se fue corrigiendo por apelación a principios contenidos en esa misma independencia? En sus palabras por la celebración, Mamdani, el alcalde de Nueva York, ilustra bien cuánto ha permeado la primera de estas miradas: el país no sería más que un campo de supremacismo.
Vale la pena recordar que no hace mucho nuestro país era empujado a esa misma mirada de su pasado, como si no se hallara en este más que puro despojo. Esta pregunta por la relación con la historia es, de hecho, una de las razones por las que suele ser tan común –desde Friedrich von Gentz a Hannah Arendt– el contraste entre la Revolución Americana y la Revolución Francesa. Es la segunda de estas revoluciones la que es genuinamente una revolución, precisamente porque su espíritu es de ruptura completa con un pasado en que solo se ve ignominia. Nuestra reciente experiencia con la Convención Constitucional es un buen recordatorio de cuán vivo sigue este espíritu y de cuánto conviene distinguir entre los distintos fenómenos que llevan el nombre de revolución.
Cabe añadir, en el caso norteamericano, otra pregunta digna de consideración constante, la cuestión de cómo se cruzan ahí ideales clásicos y modernos. Es por esa pregunta que dicha independencia es parte de la historia del pensamiento político. ¿Debemos subrayar el novedoso intento por establecer “un gobierno mediante la reflexión y la elección” (como lo expresa El Federalista)? ¿O debemos subrayar que esa independencia mantuvo sus vínculos con una gran herencia religiosa y con los ideales clásicos de ley natural que le transmitían figuras como Cicerón? Tal vez es la contraposición de esos caminos la que aquí se viene abajo, y aparecen –como en general en las independencias americanas– maneras de armonizar esos proyectos. En cualquier caso, estas preguntas nos recuerdan que hitos como este invitan a algo más que reciclar trillados gustos y disgustos. Y para un país tan ensimismado en el presente como el nuestro, no está de más aprovechar cada oportunidad de formular estas cuestiones.



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