''La omnipresencia mediática del Presidente es quizás el mejor síntoma del fracaso político del Gobierno: no hay ningún ministro capaz de marcar la agenda u orientar la discusión''.
En su primer discurso como Presidente, Gabriel Boric fijó la ambición de su gobierno: “Estamos de nuevo”, dijo, “abriendo las grandes alamedas”. Decidió entonces cargar sobre sus hombros un peso colosal. Tras décadas de traiciones, renuncias y apostasías, una izquierda de verdad volvía a habitar el Palacio de La Moneda. Y regresaba con un propósito explícito: cumplir el anhelo truncado del Presidente Allende. En ese clima de euforia y grandilocuencia llegó la generación de Boric al poder. Todos los sueños eran posibles, incluso asaltar el cielo con las propias manos. La Convención trabajaba para refundar el país, el Frente Amplio encarnaba una nueva política —turquesa, feminista, posmoderna—, y las derechas parecían condenadas a los basureros de la historia. ¿Qué podía resultar mal?
A pocos días de que termine el Gobierno, resulta indispensable tener en mente el criterio enunciado por el propio mandatario hace exactamente cuatro años: su principal promesa pasaba por rehabilitar una izquierda capaz de liberarse del lastre de la Concertación, y encarnar una auténtica vocación transformadora vinculada al último discurso de Allende. No se trata de (volver a) constatar la derrota y la decepción que —supongo— ha de inundar a quienes genuinamente creyeron que este Gobierno podía alcanzar esos objetivos, sino de comprender los motivos que explican un fracaso de esta magnitud. El destino no deja de ser cruel para Boric: inició su administración aludiendo al 11 de septiembre, y la concluirá entregando la banda presidencial al único mandatario electo que votó “Sí” en 1988. No solo no cumplió con ninguno de sus propósitos —¡ni siquiera pudo acabar con el CAE!—, sino que produjo el efecto contrario al buscado. Dicho de otro modo: esto es descalabro más que alternancia.
Este dato elemental no es completamente visible porque el mandatario intenta —una y otra vez, por todos los medios posibles— ocultar la realidad. Se agita y asegura que sigue siendo el mismo: no hay nada oculto, todo es transparente, yo soy la garantía de la pureza. Por momentos, su talento retórico sugiere que el truco podría resultar. Sin embargo, a la larga no hay caso. El forado es imposible de disimular, y sus dotes no alcanzan para tanto. Es demasiada la distancia entre lo prometido y la prosaica realidad, es demasiada la distancia entre las quimeras iniciales y la rutina del Estado. No hay nada parecido a las nuevas alamedas, sino modestas reformas cuya timidez habría avergonzado a cualquier dirigente de la Nueva Mayoría.
Es más, la omnipresencia mediática del Presidente es quizás el mejor síntoma del fracaso político del Gobierno: no hay ningún ministro capaz de marcar la agenda u orientar la discusión. Los secretarios de Estado se han convertido en comentadores irrelevantes de la realidad: el paso por el gabinete no los ha hecho crecer, muy por el contrario. Esto es particularmente cierto para los viejos tercios de la Concertación (baste mencionar a Elizalde, Montes o Van Klaveren, todos reducidos a su mínima expresión); pero los frenteamplistas no lo hacen mucho mejor. En otras palabras, dado que el Gobierno no tiene agenda, ni línea ni diagnóstico, termina limitándose al Presidente. Pero, ¿qué es una izquierda reducida a la agitación constante de una sola persona? ¿No era esta una empresa colectiva?
El fenómeno es extraño, y para desentrañarlo es fundamental responder otras preguntas: ¿cuál es el inventario de la izquierda tras esta administración? ¿Está mejor o peor que antes? ¿Cuenta con un proyecto y liderazgos capaces de encarnarlo? ¿En qué sentido aludir a las palabras postreras de Allende fue una buena idea? La respuesta es inequívoca: la izquierda hoy se parece a un campo de ruinas. Y no solo porque sufrió una derrota electoral, sino porque el Gobierno no contribuyó a afianzar nada sólido ni que pueda perdurar. De allí la importancia que tiene la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU: es el último símbolo que permite aglutinar fuerzas, pero nada indica que Gabriel Boric pueda cumplir un papel análogo en un futuro próximo.
En virtud de lo señalado, la tarea más urgente que enfrentan todas las vertientes de la izquierda es explicar lo ocurrido, indagar en sus causas e identificar los errores cometidos por cada cual. Sería cuando menos extraño que, después de un descalabro de este calado, la vida siguiera igual, y el progresismo se limitara a repetir las consignas gastadas sobre la “ultraderecha” sin asumir ninguna responsabilidad. En concreto, el Frente Amplio debe preguntarse cómo llegó a creer en un diagnóstico tan extraviado como el que fundó su identidad (y que sigue vivo, como lo mostró la fallida campaña presidencial del diputado Winter); y el Socialismo Democrático debe interrogarse por el modo frívolo en que se sumó a la aventura y avaló un gobierno que nunca tuvo norte definido más allá de la performance. Si la izquierda no formula estas preguntas con todo el rigor posible, cabe suponer que vivirá un invierno tan largo como frío. En otras palabras, el gobierno de Gabriel Boric dejó las grandes alamedas más lejos que nunca. No habrá proyecto de izquierda mientras no haya reflexión a la altura del fracaso.





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