El punto es que pancartas políticas, modificaciones al guion y abucheos no parecen una forma de diálogo con la historia. Un diálogo verdadero con el mundo supone tomar cierta distancia del propio tiempo: dialogar con la historia no puede implicar plegarse a las consignas de moda.

Señor Director:
Agradezco a Esperanza Silva su reflexión a partir de mi carta (sábado), a propósito de la funa al ministro Undurraga en “La pérgola de las flores”.
Es cierto que la discusión sobre la relación del arte con la política es compleja, y la carta de Silva expone bien parte de esa complejidad. No es cierto, sin embargo, que de mi carta se concluya que cualquier irrupción de lo político en el arte “constituya una degradación de la naturaleza artística”. La degradación se da en algunos modos de esa irrupción, en que lo propiamente artístico pierde protagonismo.
Así, coincido con Silva en que el arte debe dialogar con la historia. El punto es que pancartas políticas, modificaciones al guion y abucheos no parecen una forma de diálogo con la historia. Un diálogo verdadero con el mundo supone tomar cierta distancia del propio tiempo: dialogar con la historia no puede implicar plegarse a las consignas de moda.
Por lo mismo, concuerdo en que “la ausencia de ambigüedad” o los “mensajes planos” destruyen el arte, y justamente por eso me parece que lo ocurrido en la función donde se insultó al ministro Undurraga es un modo de empobrecimiento del arte, en que esta es dominada por eslóganes activistas de otros espacios, sin pregunta ni cuidado por la propia obra(el guion de este clásico chileno fue modificado para incorporar referencias políticas explícitas y contingentes).
Por otro lado, la referencia de Silva a lo que Byung Chul-Han plantea sobre “una sociedad donde todo se vuelve transparente, explícito, funcional” parece concederme el punto: la exposición de una pancarta con una frase en contra de una medida política reciente y concreta en ese contexto artístico, es justamente transparente y explícito, cerrado a la pregunta por otras interpretaciones posibles.
No “abre capas de sentido” —como se supone que debiera hacer el arte—, sino que las clausura, explicitando una única conclusión posible. La obra, entonces, se entrega completamente decantada al espectador. No es una experiencia estética, sino puramente funcional. Ahí ya poco queda del simbolismo que expresa el arte.














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