El Papa León constituye un eslabón más en una doctrina que exhorta a enfrentar la crisis migratoria desde la caridad y la comprensión del drama humano subyacente. Aunque su estilo, más ponderado, contrasta con la personalidad directa y en ocasiones tajante de Francisco.
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Durante los últimos meses, el Santo Padre León XIV ha realizado una serie de viajes. Durante ellos –independiente del lugar– ha aparecido de forma ineludible en sus mensajes a los fieles los dilemas y tensiones que provocan la migración. Así, por ejemplo, a principios de mes León XIV visitó la isla italiana de Lampedusa, donde suelen desembarcar refugiados. El Papa rezó mirando al mar junto a las familias de refugiados fallecidos, e invitó a Europa a no caer en la indiferencia ante el hecho de que el Mediterráneo se ha convertido en un “cementerio sin lápidas”.
La escena no es particularmente nueva, de hecho, fue uno de los grandes temas del pontificado de Francisco. Probablemente también más controversial debido a su posición favorable a la inmigración y muy crítica de las medidas restrictivas de varios países occidentales. Muchos fieles, especialmente desde las derechas, pensaron que la insistencia del Pontífice argentino sería algo así como un “paréntesis» en la Doctrina Social de la Iglesia y que sería revertido por León XIV. Por lo mismo, ahora se muestran decepcionados de que Su Santidad continue insistiendo a los países occidentales a acoger migrantes. Sin embargo, cabe destacar dos cosas. Primero, que la posición del Vaticano ante el imperativo de acoger inmigrantes no es novedosa ni creación de Francisco. Segundo, que –de todas formas– el Papa León introduce algunas precisiones a la postura de su predecesor que marcan una diferencia de estilo y énfasis.
Sobre la primera cuestión, el mismo Evangelio resalta la importancia de acoger al forastero y tratarlo como a un hermano. Es paradigmática la parábola del Buen samaritano, y el hecho resaltado por Benedicto XVI en 2011 de que África acogió a la Sagrada Familia cuando debieron escapar de la persecución del rey Herodes (Africae Munus, 85). En esa línea, Benedicto y también Juan Pablo II –dos Pontífices a los que nadie se atrevería a calificar ni de izquierdistas ni progresistas– profundizaron este mensaje en diversas exhortaciones apostólicas. En 2003, el Papa polaco llamó a los europeos a colaborar en una “cultura madura de la acogida” y la “especial atención pastoral a la integración de inmigrantes católicos”, afirmando que las autoridades estaban llamadas a ejercer el control del flujo migratorio considerando las exigencias del bien común (Ecclesia in Europa, 103). Por su parte, su sucesor germano reconocía que el tema está cargado de cuestiones extremadamente delicadas sobre la seguridad de las naciones y la acogida que se debe dar a refugiados, pero también la oportunidad de evangelización que plantea la llegada de personas que no conocen a Cristo (Verbum Domini, 105).
Sobre el segundo punto, el Papa Francisco tendía a resaltar la acogida de migrantes sin reparar siempre en las tensiones que ello involucra (por ejemplo, el fuerte choque cultural entre cristianos y musulmanes que se da en Europa). Por su parte, el Papa León constituye un eslabón más en una doctrina que exhorta a enfrentar la crisis migratoria desde la caridad y la comprensión del drama humano subyacente. Aunque su estilo, más ponderado, contrasta con la personalidad directa y en ocasiones tajante de Francisco, cuyo énfasis proinmigración podía prestarse a lecturas de cierta ingenuidad. Este reproche difícilmente extensible es al actual Pontífice.
Los ejemplos de ese equilibrio abundan. En su reciente gira por España, insistió en la necesidad de una integración recíproca, donde la acogida no se agota en la tarea del país huésped —llamado a recibir al migrante y a respetar su identidad—, sino que exige del recién llegado el esfuerzo por aprender el idioma y honrar las tradiciones de quien lo recibe. En su visita a Camerún a fines del año pasado, León XVI invitó a los jóvenes a permanecer en su país y a trabajar por mejorarlo, recordándoles que su talento es valioso allí donde se encuentran. Al finalizar la gira africana, subrayó que los Estados tienen derecho a fijar límites en sus fronteras y a ejercer su soberanía, para enseguida llevar la atención hacia las causas profundas del fenómeno. En concreto, interrogó por lo que Occidente hace —o deja de hacer— por los países pobres, sugiriendo que en un mundo globalizado las grandes multinacionales que se benefician de esas naciones bien podrían asumir una responsabilidad mayor. Conviene advertir que inquietudes semejantes se escuchan incluso en líderes políticos derechistas, como lo ilustra el conocido video de Giorgia Meloni en el que sostiene que, frente a la crisis migratoria que atraviesa Francia, un buen punto de partida debiera ser «liberar a África» de la explotación europea.
En suma, y como ilustra un artículo reciente de la revista católica First Things, la Iglesia es consciente de que su teología de la migración encierra un dilema difícil de resolver. Mientras el amor de Cristo es universal y su Reino no conoce fronteras, los reinos terrenales -condición de posibilidad del florecimiento humano- son limitados y viven la tensión permanente entre el deber de acoger y la búsqueda del bien común del propio pueblo. De ahí que sus fieles tengan plena libertad para formular sus prevenciones y reparos, que lejos de empobrecer la discusión la enriquecen. Lo que no resulta admisible es presentar la posición de la Iglesia como una innovación reciente, inspirada en ideologías progresistas, cuando se trata de una enseñanza largamente decantada en su tradición.





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