"Lo que la derecha tiene hoy en sus manos no es una cultura nueva, sino una pequeña ventana de oportunidad"

Cuatro años atrás se trizaba ante nuestras miradas un proyecto político y una mentalidad que por algún tiempo lo habían dominado todo. La política identitaria que se había incubado en las universidades y otros espacios de la cultura había llegado a tener peso decisivo en la vida de muchas naciones occidentales. En ese marco se ubicaba la cultura de la cancelación, el derribo de estatuas de héroes del pasado, alocadas ideas sobre acabar con policías y fronteras, y así. El fenómeno, recordemos, era global. Pero solo a nosotros se nos ocurrió perfilar un proceso constituyente bajo el imperio de ese espíritu.
Osado ejercicio, pero la locura quedó así mejor documentada. Por esa misma razón, nuestro 4 de septiembre parecía poner fecha de término no solo a dicho proceso, sino también a una mentalidad. Pero el cambio se venía observando también en otras latitudes. Durante ese 2022, en el resto del mundo se hablaba de manera creciente de un “vibe shift”, de un cambio de onda, de un abandono de la corrección política. Parecía haber rebrotes de fe religiosa, de las identidades nacionales y de la posibilidad de decir lo que a uno le viniera en gana. Esas cosas no van necesariamente de la mano como un conjunto indisoluble (uno puede ser creyente y saber controlar su lengua, por ejemplo). Comparten, sin embargo, el mismo trasfondo: un hastío con la hegemonía progresista, y en ese sentido hay un efectivo giro de la cultura.
Con todo, el aniversario del 4S es buena ocasión para no solo constatar ese hecho, sino también notar sus límites y recordar el mundo en que estamos: el identitarismo de izquierdas puede haber perdido su hegemonía, pero no ha dejado de existir. Una prominente parlamentaria del Partido Demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez, bromeaba hace unos días sobre la locura que fue “woke 1”. En otras palabras, “woke 2” ya está anunciado: tal vez con menos locura, pero no con menos energía, reforzados en reacción a la no menor locura del presidente Trump.
En Chile, por su parte, la conducción del Frente Amplio ha pasado a un sector incluso más duro que antes, y el aniversario del 4S apenas ha llevado a la izquierda a alguna reflexión sustantiva sobre su pasado reciente y lo que estuvo dispuesta a impulsar (la pasada semana incluso fue ocasión para una vez más reducir su derrota a la presencia de bots).
Pueden ser muchas las cuentas a cobrar a la izquierda por este hecho, pero el mensaje a la derecha no debiera ser menos severo: lo que tiene hoy en sus manos no es una cultura nueva que le permita navegar en aguas favorables, sino una pequeña ventana de oportunidad. La conciencia de ese hecho tal vez contribuiría a reducir los graves errores de las semanas pasadas.



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