Opinión
Las humanidades ante la IA

Esta concepción instrumental de las humanidades hace que el contenido de ellas pierda casi total relevancia: ya no importa, por ejemplo, la obra literaria en sí misma, sino si su lectura contribuye o no a la adquisición de ciertas herramientas como la capacidad de síntesis o la expresión oral

Las humanidades ante la IA

Recuerdo con extrañeza mi primera clase de Historia del Derecho: “¿para qué sirve este ramo?”, preguntó inquisitivo el profesor. Algunas tímidas respuestas esbozaban que, entendiendo nuestro pasado, podemos comprender nuestro presente y orientar nuestro futuro. Inconformidad del profesor: “ya… pero imagínese usted el día de mañana va a almorzar con un cliente. ¿De qué le va a conversar? Tiene que tener algún tema”. Ese fue no exagero el puntapié inicial de una asignatura sobre la historia de las instituciones jurídicas chilenas; acaso un modo eficaz de acelerar la muerte de los últimos estertores humanistas de esa sala.

Unos diez años después, esa concepción meramente instrumental de las humanidades parece haberse agudizado. La masificación de la inteligencia artificial ha incentivado que se abra una y otra vez la pregunta sobre cuál será ahora el papel de las humanidades en la sociedad (dando por hecho que estas deben también “reinventarse”). Todos habremos oído una respuesta de este tipo: “hoy son más importantes que nunca, porque hay que tener pensamiento crítico para saber usar bien la IA”, “las humanidades son importantes porque el mercado laboral hoy valora mucho la capacidad de diálogo y de argumentación”. A esto se suma la “búsqueda de filósofos” en Silicon Valley: se necesitan humanistas para aderezar y blanquear el algoritmo. 

Lo anterior revela una confusión sobre la naturaleza de las humanidades: en ocasiones se las concibe como un mero conjunto de herramientas para adornar la aridez de un gráfico; o solo como paños fríos para cubrir algunas consecuencias desastrosas del uso de la IA en las universidades (como la llamada “deuda cognitiva”); o, en fin, como un montón de anécdotas de las que se pueda echar mano en medio de una reunión con un cliente. Por supuesto que las humanidades pueden servir para esas cosas, pero el punto es que su relevancia está lejos de agotarse ahí (y la polémica en torno a la medida tomada por la ministra Lincolao obliga a recordarlo). En suma, las humanidades no son habilidades blandas.

Esta concepción instrumental de las humanidades hace que el contenido de ellas pierda casi total relevancia: ya no importa, por ejemplo, la obra literaria en sí misma, sino si su lectura contribuye o no a la adquisición de ciertas herramientas como la capacidad de síntesis o la expresión oral (como si leer o declamar unos versos de Shakespeare fuera importante por las herramientas que entrega, y no también por la profundidad de la historia o la belleza de los versos). Pretender eso es poner la carreta delante de los bueyes: si alguien lee mucho, es probable que como consecuencia tenga buena capacidad de análisis, de síntesis, desarrolle un espíritu crítico respecto de lo que oye o lee; pero es errado procurar que la función primordial de una obra literaria, histórica o filosófica sea que el estudiante desarrolle determinados “procesos cognitivos” y adquiera habilidades no conocimientos como el pensamiento crítico. En ese tipo de formulaciones la obra desaparece. Por lo demás, pretender desarrollar un espíritu crítico es estéril si no hay antes un contenido que permita formular dicha crítica. Esto es obvio: de otro modo, el pensamiento crítico no sería más que la capacidad de decir “no me gusta”. 

Entonces, ¿cuál es el papel de las humanidades ante la IA? A mi parecer y sin perjuicio de los frutos inmediatos que pueda ofrecer su cultivola respuesta es tan aburrida como desafiante, pues las humanidades tienen hoy la misma función que han tenido siempre: ayudarnos a reflexionar en torno a las grandes preguntas de la condición humana. ¿Qué es lo que nos hace personas? ¿Cómo debemos vivir en sociedad? ¿Tiene sentido el dolor? ¿Existen el bien y el mal? Esas preguntas no se pueden delegar a generaciones pasadas ni futuras, ni tampoco al algoritmo de turno (ni siquiera al filósofo de Silicon Valley que ayude en su diseño). En estos asuntos, la “delegación cognitiva” otro eufemismo de moda equivale a degradación cognitiva. Así, el papel de las humanidades ante la IA no es especialmente novedoso. Lo novedoso es la dificultad de llevar a cabo esa función en un intento constante por desnaturalizarlas.



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