"Este ensayo, publicado originalmente en 2009 y reeditado ahora por la editorial Crítica, no es una introducción al personaje, sino una lectura de su obra y trayectoria a partir de ciertas claves especialmente relevantes para su autor".
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Sobre Un juez en los infiernos. Benjamín Vicuña Mackenna (Crítica, 2026), de Manuel Vicuña
Si algo queda claro después de leer Un juez en los infiernos, del académico de la UDP y ensayista Manuel Vicuña, es la ambición comprensiva, la grafomanía, la excesiva capacidad de trabajo, la hiperactividad y, a fin de cuentas, la constante desmesura con la que actuó siempre Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886). Era tal su productividad que parecía que escribiera más rápido de lo que sus textos eran leídos; era tal su afán por avanzar que se cambió al lápiz para no perder tiempo mojando la pluma en el tintero. Fue uno de los principales historiadores del siglo XIX chileno, ensayista, biógrafo, revolucionario, agente encubierto de Chile en el extranjero e intendente de Santiago, entre muchas otras cosas, y la pura enumeración de sus trabajos parece agotar incluso a los seguidores más entusiastas de este prohombre de las letras y la política.
Este ensayo, publicado originalmente en 2009 y reeditado ahora por la editorial Crítica, no es una introducción al personaje, sino una lectura de su obra y trayectoria a partir de ciertas claves especialmente relevantes para su autor. Así, Vicuña (quien firma este texto, no quien lo protagoniza) pasa revista a su estrecha relación con los archivos documentales, su visión del papel de la historia en la sociedad chilena, su comprensión metodológica de la disciplina, su afán como biógrafo y sus intereses ideológicos en un ajetreado siglo XIX. En ese sentido, no hay en este libro una contextualización histórica ni especial atención a los detalles de su trayectoria educativa y familiar —que a ratos se echan de menos—, pues emplea otro foco para iluminar a este historiador central en el panteón criollo.
El Vicuña Mackenna de Un juez en los infiernos es un trabajador infatigable alrededor de los documentos. Siguiendo la escuela metodológica de Andrés Bello, que Vicuña explica con brevedad y precisión, el historiador liberal dedica enormes esfuerzos a recopilar cartas, memorias o testimonios —siempre privilegiando el encuentro de textos inéditos— que le permitan fijar los sucesos desde la proximidad temporal con los hechos. Eso no significa que en su trabajo intelectual las ideologías o simpatías políticas no jueguen ningún papel; todo lo contrario, Vicuña Mackenna fue un apasionado participante de la revolución de 1851 y un acérrimo crítico de los gobiernos conservadores —oposición que lo llevó dos veces al destierro—. Sin embargo, su afán positivista y su gusto por los manuscritos y documentos lo hacía enfrentarse a las lecturas más ideologizadas y programáticas de la historia nacional, representada por autores como Lastarria.
Cabe detenerse, además, en el título de la obra: Un juez en los infiernos. Para Vicuña Mackenna, la labor del historiador, siempre de la mano de su amplia documentación, estriba en ser un juez del pasado, en una autoridad que dictamina responsabilidades y reconoce logros en quienes protagonizaron el pasado nacional. “La historia (...) es la justicia. Como escritor, soy juez. El historiador no tiene amigos. El juez no tiene odios”, dice el intelectual decimonónico. Y el autor de este perfil reconoce que “Vicuña Mackenna aplicó sus leyes a los suyos y a sí mismo, en el convencimiento de la necesidad de acreditar su imparcialidad como juez del tribunal de la historia”. Con ello se ganó enemigos e, incluso, procesos judiciales como aquel de 1861, a partir de las acusaciones de los hijos de José Antonio Rodríguez Aldea, quien quedaba muy mal parado en su libro sobre Bernardo O’Higgins. Sin embargo, hábil defensor de su labor intelectual —había estudiado derecho— y apasionado tribuno, fue absuelto luego de defender la fidelidad de su trabajo a lo que decían las fuentes.
Un último filón muy interesante de este ensayo está relacionado con la independencia crítica de Vicuña Mackenna. Así, a diferencia de lo que podría pensarse de un ilustrado tan imbuido del romanticismo en boga durante el XIX, el historiador se atrevió a nadar a contracorriente a la hora de escribir la historia. Veía en esta disciplina una posibilidad de conciliar los ánimos enfrentados en las discusiones políticas, rescatando héroes del bando conservador o criticando las trayectorias de sus correligionarios cuando fue necesario. Fue especialmente significativa, en ese sentido, la escritura de su biografía de Diego Portales, el político conservador asesinado en 1837. Detestado por los liberales —a cuyas filas pertenecía Vicuña Mackenna— y ensalzado por sus herederos políticos, el historiador decimonónico fue el primero en trabajar profusamente con el epistolario privado del ministro. Encuentra allí una personalidad genial que lo cautiva, que lo lleva a revisar sus paradigmas intelectuales y donde reconoce un cultivo de la virtud republicana que admira y valora. En palabras de Vicuña Mackenna: “Juzgado solo como hombre, tuvo don Diego Portales prendas raras que formaron la base de ese prestigio que ha hecho llegar su memoria hasta nosotros, revestida de los atributos de un semidiós”. El resultado de ese trabajo, Vida de don Diego Portales, publicado en 1863, indigna a amigos suyos como Lastarria, quien califica a Vicuña Mackenna como un “vándalo en el campo de la historia” y quien lo acusa de tratar a la disciplina como una prostituta. A fin de cuentas, Lastarria, como en otras discusiones de su tiempo, esperaba de la historia una servidumbre estrecha a las causas políticas y contingentes; en estas y otras lides, parecía ser más amigo de sus amigos que de la verdad.
Quedan sin tocar, por supuesto, muchas otras facetas igualmente interesantes: su papel como escritor de folletines, su labor durante la Guerra del Pacífico o su atracción por criminales como la Quintrala o Miguel José Cambiaso, entre otros. A fin de cuentas, Un juez en los infiernos es una interesantísima entrada para conocer mejor el proyecto intelectual y político del historiador decimonónico. Manuel Vicuña cumple su cometido expresado al comienzo, el de explicar —y valorar— el lugar de Benjamín Vicuña Mackenna en el canon historiográfico nacional. Este fue, sin duda, un hombre desmesurado y polémico, cuyo entusiasmo lo condujo muchas veces a pecar por exceso en sus muchos proyectos, pero al que vale la pena, sin duda, volver a visitar.






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