Opinión
La insoportable levedad de la izquierda progresista chilena

"Una interpretación política –cualquiera sea– debería correr el riesgo de ser desmentida por la realidad. Sin embargo, cuando todas las derrotas son explicadas sin la necesidad de cuestionar ninguna premisa –como es en el caso del FA–, la interpretación deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en un mecanismo que protege y mantiene intactas las propias certezas".


La insoportable levedad de la izquierda progresista chilena

Durante las últimas semanas, algunas intervenciones de dirigentes del Frente Amplio (FA) han vuelto a exhibir un vocabulario político reducido a un par de frases repetidas hasta el hartazgo. Jaime Bassa reaccionó ante el retorno del monumento del general Baquedano afirmando que “pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”.

De forma casi simultánea, otras figuras de dicho partido han levantado una vez más las amenazas conocidas del “avance de la ultraderecha”, el “retrocesos de los derechos” y la necesidad de resistirlos. Gael Yeomans –presidenta del partido– ha definido al actual gobierno como uno de “ultraderecha”, Emilia Schneider –jefa de bancada– llegó a preguntar si Chile Vamos terminaría “bailando al ritmo de la ultraderecha”. Estas salidas de sus dirigentes son sintomáticas del estado actual de la izquierda nacional, desde sus bases –tanto seguidores como militantes– hasta sus cúpulas políticas.

Basta conversar con algunos jóvenes “progresistas” o estar expuesto a sus redes sociales para advertir hasta qué punto ciertos temas políticos ocupan el centro de su atención e incluso de sus angustias. Se ha extendido una suerte de hiperpolitización que produce una interpretación política instantánea para casi cualquier acontecimiento. La reacción mecánica deja poco espacio para preguntarse qué está ocurriendo, recurriendo a categorías gruesas y respuestas ya disponibles. Gana un gobierno de derecha: estamos frente al auge de la “ultraderecha”. Pierde la izquierda: debe ser por la desinformación y los “bots”. Se elimina o fusiona un programa público que no cumplía objetivos o duplicaba funciones: se están perdiendo los “derechos sociales”.

Enfrentarse así al mundo termina siendo un problema: cuando la interpretación de cualquier fenómeno tiene una respuesta preconcebida, ya no es necesario preguntarse qué está ocurriendo realmente. La sobreabundancia de lenguaje político en la izquierda puede estar ocultando una sorprendente pobreza de interpretación política.

Algo de esto aparece en las conclusiones del Congreso Ideológico del Frente Amplio. El documento describe un avance global de la “ultraderecha”, capaz de conectar con temas como seguridad, migración y orden desde una “ofensiva discursiva”. Desde su perspectiva, la “ultraderecha” logró instalar sus ideas apelando de forma eficaz a emociones y miedos. Una interpretación política –cualquiera sea– debería correr el riesgo de ser desmentida por la realidad. Sin embargo, cuando todas las derrotas son explicadas sin la necesidad de cuestionar ninguna premisa –como es en el caso del FA–, la interpretación deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en un mecanismo que protege y mantiene intactas las propias certezas.

El mismo documento contiene ciertas autocriticas que son lugares comunes archiconocidos de ese sector: haberse elitizado, concentrarse en profesionales y universitarios, perder inserción territorial o dejar de interpelar a sectores populares. Pero ¿qué se sigue de dicha constatación? Entre sus respuestas aparecen mayor formación política, fortalecimiento territorial y una mejor estrategia para disputar el sentido común. O sea, nada que esté a la altura de los problemas identificados.

Indicar simplemente que la izquierda debe “escuchar al pueblo” está lejos de ser una idea relevante en cualquier sentido. La pregunta de fondo que se debe resolver es: ¿qué idea sobre Chile se reveló equivocada? Si la conclusión es simplemente que las mismas ideas necesitan más trabajo territorial y mejores estrategias comunicacionales implicaría que no hay problemas de fondo ni nada sustantivo que revisar.

El contraste histórico resulta incómodo. Después de 1973, ante una derrota incomparablemente más dramática que una electoral –literalmente fueron perseguidos– un sector de esa tradición comenzó un profundo proceso de revisión intelectual. No se preguntó solamente cómo volver a conectar con la sociedad. Discutió marxismo, leninismo, democracia, concepción del mercado, alianzas y la propia concepción de socialismo. Se llegó a mencionar duramente que la derrota dejó al descubierto vacíos, insuficiencias, ambigüedades teóricas y doctrinarias.

La comparación no es para exigir al FA una autocrítica equivalente a las conclusiones de la renovación socialista, pues el mundo a finales del siglo XX es muy distinto al actual. Pero permite formular una pregunta difícil para la izquierda: después del fracaso constitucional y del gobierno de Gabriel Boric, ¿qué idea importante están dispuestos, si no ha abandonar, al menos revisar porque la realidad la puso en cuestión?

Mientras no sean capaces de responder una pregunta así, el problema de la izquierda no es que perdió contacto con un sector de Chile, sino que dejó de contar con las herramientas intelectuales necesarias para comprenderlo.

Fuente: Fast Check CL - https://www.fastcheck.cl/ - Todos los derechos reservados.

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