El mundo presente se ha teñido no solo por un odio al hogar nacional, sino por un odio del mundo y del arraigo
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Pocos meses atrás la editorial Katankura publicó el libro “Defensa del Estado nacional”, de Roger Scruton. Se trata de una fina colección de ensayos del filósofo conservador, que tienen por hilo conductor el concepto de “oikofobia”: el odio al hogar (y a la propia nación), que a Scruton le parecía estar en el corazón de muchos problemas contemporáneos (el libro vuelve una y otra vez sobre la cuestión migratoria).
Scruton no parte, sin embargo, de intuiciones comunitaristas, sino más bien de la centralidad del desacuerdo en nuestras sociedades. Su punto es que, si no queremos que el desacuerdo se vuelva destructivo, tenemos que reconocernos como parte de un “nosotros”, y se requiere de virtudes específicas que permiten cuidar ese nosotros. En otras palabras, mucho depende de que cultivemos “oikofilia”, amor por lo propio, en lugar de la “oikofobia”. Se trata de una convicción que Scruton tornó productiva para temas muy variados. En su libro “Filosofía verde”, por ejemplo, desarrolló toda una filosofía de la ecología que descansa en ese cuidado de lo propio.
El concepto acuñado por Scruton toca un punto fundamental de nuestra acumulación de crisis, pero bien podría complementarse con una fobia algo más amplia: el “odio del mundo”. Así precisamente titula la intelectual francesa Chantal Delsol el libro que acaba de publicar el IES, y que explora la manera en que el mundo presente se ha teñido no solo por un odio al hogar nacional, sino por un odio del mundo y del arraigo, por el sueño de que el mundo entero debe ser rehecho. Delsol, conocida por sus obras sobre el populismo, la subsidiariedad y tantos otros temas, vuelve aquí con su característica combinación de profundidad y polémica.
¿Fue el terror la característica fundamental de las experiencias totalitarias del siglo XX? Esa es una de las preguntas que atraviesan el libro (cuyo subtítulo es “totalitarismos y postmodernidad”). Porque si fue el terror, en buena medida el fenómeno totalitario quedó atrás. Pero si su rasgo característico fue más bien este odio del mundo, la experiencia del último siglo parece más continua. La exigencia de lo total tiene una forma específica bajo el totalitarismo, pero sigue presente en nuestra tendencia a no tratar nada como dado, todo como construido; sigue presente en lo que Delsol llama “el vértigo de lo ilimitado: la libertad sin fin, la igualdad sin fin”.
Esta no es la obra de una reaccionaria. Delsol caracteriza al ser humano por “una necesidad intrínseca de raíces y libertad”, y reconoce riesgos de monopolio en ambas necesidades. Pero con sus frases breves y penetrantes, ofrece una de las más acabadas disecciones del espíritu de pura emancipación por el que también nuestro país se ha visto marcado.





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