Nada como el fútbol para derribar, aunque sea por momentos, las murallas que construyen la política o las clases sociales. La pelota no se mancha ni con el VAR, ni con la FIFA, ni con los hinchas violentos que pululan en nuestras canchas.

Estoy convencido de que ir al estadio es uno de los ritos más sagrados de un padre con su hijo. Lo hacía mi abuelo con mi papá; lo hizo mi papá conmigo; lo haré yo con mi hijo. Cuando era niño, me daba miedo entrar al Estadio Nacional para ver los partidos de Chile. El público rugía fuerte. Yo le tomaba fuerte la mano a mi papá, como hasta ahora. Era la época de Francia 98, de la dupla Za/Sa y del eterno Nelson Acosta. No era la hinchada sometida a precios muchas veces prohibitivos ni el país globalizado de hoy. Era un Chile abriéndose al mundo, maravillado por lo que se le presentaba ante sus ojos; el país de Viva el Lunes y Video Loco.
El fútbol siempre ha sido un ritual. Cuando Alexis Sánchez marcó el penal del triunfo ante Argentina en la Copa América del 2015, pensé inmediatamente en mi abuelo. Creo que mi papá también. Toda una vida esperando ver ganar a Chile y no alcanzó; murió en 1995. Fuimos felices y lo sabíamos: 100 años de derrotas nos lo habían enseñado. Ganamos las dos Copas América y creo que esas fueron unas de las últimas veces en que nos pudimos sentir realmente como un solo país; el orgullo, el arraigo, el peso de la historia.
Miro los videos de los argentinos celebrando en las calles los goles ante Egipto y siento nostalgia por ese encuentro entre personas que se saludan, se abrazan y comparten una alegría común. ¿Hace cuánto que no tenemos algo así en Chile? ¿Desde hace cuánto tiempo no nos abrazamos con desconocidos? ¿No son más los videos de linchamientos y detenciones ciudadanas que los de momentos como estos? Nada como el fútbol para derribar, aunque sea por momentos, las murallas que construyen la política o las clases sociales. La pelota no se mancha ni con el VAR, ni con la FIFA, ni con los hinchas violentos que pululan en nuestras canchas.
El fútbol siempre ha sido revancha, donde David vence a Goliat y los oprimidos pueden soñar con derrotar a los opresores. Es el desquite ante la tragedia que golpea a tantos que esperan que la cancha demuestre que la vida puede ser más justa. Mi abuelo era presidente del club de fútbol de Alto Jahuel; se encargaba de las contrataciones, las alineaciones y hasta de lavar las camisetas de los jugadores. Las colgaba los domingos en el patio de su casa. Siempre contaba la historia de un jugador del pueblo que era muy bueno, pero jugaba sin zapatos, a pie pelado. Cuando llegó a probarse en Colo-Colo, lo obligaron a usar zapatos y no vio una.
Hace unas semanas le mostré a mi hijo los penales de la final de la Copa América de 2015. Llevamos muchos días jugando a los penales. Él es Alexis Sánchez y yo soy el arquero argentino. Nunca lo atajo y siempre hace el gol. Lo celebra como si fuera la copa, con los brazos abiertos por el pasillo. Y nos fundimos en un abrazo largo y en un grito. No importa que yo haya sido el arquero argentino.






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