Cuesta compatibilizar la paternidad con la idea predominante de que la verdadera realización consiste en satisfacer los propios deseos por encima de cualquier otra cosa..

Un día de diciembre de 2022 todo lo que era mío dejó de serlo. Con mi hijo apareció un miedo que no se fue más: a perderlo, a perderme, a entregarlo día a día a un mundo que puede ser tan bello como brutal. Y, con él, lo más parecido a una revelación que he conocido.
No hay nada que me haya enseñado tantas cosas como ser papá, ni nadie que me motive más a ser una mejor persona que mi hijo. Cuando llegó, fue una explosión que lo cambió todo: poner sus intereses por encima de los míos, reacomodar las prioridades, aprender a estar con él en el presente, volver a jugar e imaginar mundos juntos, construir equipo con mi esposa.
También aparecieron fantasmas de la infancia: cargamos con los aciertos y las desmesuras de las generaciones anteriores, y nos inquieta ver reflejados los problemas de nuestros padres en la relación con nuestros hijos. Pero eso es inevitable; en muchos sentidos, somos nuestros padres. Y ellos aprendieron tan a tientas como nosotros, con mucha menos información de la que tenemos hoy.
Renunciar al «yo» que inunda el mundo moderno y reemplazarlo por el cuidado de un ser que no sobrevive sin una entrega total es un acto contracultural. Cuesta encajar el despojo de sí misma que el postparto impone a una madre con la cultura dominante que promueve, con tanto éxito, la realización personal entendida como una vida sin ataduras y carente de compromisos afectivos duraderos. Cuesta compatibilizar la paternidad con la idea predominante de que la verdadera realización consiste en satisfacer los propios deseos por encima de cualquier otra cosa. Ser padres es aprender a estar en segundo lugar, a ceder el protagonismo, a renunciar a tus planes, a tus intereses y, muchas veces, a tus sueños. Ser padres es todo lo contrario del “just do it” o del “obedece a tu sed” que las empresas de publicidad nos han vendido con tantas ganas.
Hay, además, enormes dificultades económicas y materiales: las viviendas son inaccesibles para miles de familias y las exigencias sobre padres y madres no tienen comparación con las de generaciones anteriores. Pero la decisión de ser padres también está asediada por una cultura que premia justamente lo contrario a la paternidad. A la mujer que trabaja en la casa cuidando a sus hijos la miran en menos las mismas mujeres que deberían apoyarla, y le preguntan una y otra vez: «¿solo vas a dedicarte a eso?» El hombre que intenta dedicar más tiempo a su familia carga con la sospecha de robarle minutos al trabajo, porque en Chile salir temprano a buscar a un hijo todavía significa «no ponerse la camiseta de la empresa».
Ese día de diciembre de 2022 hacía mucho frío. Recuerdo que mi esposa me llamó para decirme que fuera a buscarla porque iba a nacer nuestro hijo. Yo estaba tomando exámenes en la universidad y creo que era otra persona muy distinta de la que soy ahora. No sabría decir en qué cosas cambié, ni tampoco describirlo muy bien. Solo sé que me siento muy diferente desde que puedo relacionarme con un pequeño ser humano que aprende todos los días de nosotros, que cuando tiene miedo corre a abrazarnos, que cuando llora busca con fuerza a su mamá, que inventa mundos con su papá, que le encanta pasar tiempo con sus abuelos, que se ríe con fuerza y que es sensible como sus padres. No sé en qué cambié ese día de diciembre. Sí sé que dejé de pertenecerme y que no lo cambiaría por nada. Esa es la dificultad de los hijos, y también su sentido.



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