Recuperar la presencia es resistencia. Es decidir, en lo pequeño y todos los días, que nuestros afectos valen bastante más que lo que cualquier algoritmo pueda extraerles.
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El domingo en la noche me llegó la notificación: la semana pasada estuve tres horas al día en el celular. 21 horas en siete días. Casi un día completo de la semana pegado a la pantalla.
No sé muy bien qué estuve haciendo durante todas esas horas. Nada demasiado memorable, probablemente. Pasar y pasar entre historias de Instagram, peleas en X, múltiples grupos de WhatsApp, autobombos en LinkedIn y otras pequeñas distracciones. Y así, casi sin notarlo, la vida avanza.
Entramos a cualquier lugar y estamos casi todos pegados al celular. Hablamos cada vez menos. El Financial Times publicó la semana pasada una investigación que mostraba una correlación muy sugerente entre el auge de los smartphones y la caída de la natalidad a nivel mundial. Menos interacciones presenciales entre las personas, menos vínculos profundos, menos encuentros espontáneos y menos formación de parejas. Y todo eso, eventualmente, contribuiría a una menor natalidad.
La amistad también está cambiando. Muchos chilenos se sienten solos, especialmente quienes tienen entre 30 y 39 años (26,6%). Y la tecnología, aunque prometa regalarnos todo, no alcanza; los múltiples grupos de WhatsApp no logran reemplazar la amistad presencial y la risa del fuego compartido. Hay algo aséptico y errado en las relaciones en redes sociales: malentendidos, intentos de exclusión, silencios interpretados como desprecio y conversaciones que nunca terminan de serlo. Nos quedamos con retazos mínimos de los demás: una frase, un emoticón, un meme, un mensaje escrito a la rápida. Muy poco para conocer a alguien y saber por lo que atraviesa. Muy poco también para acoger y dejarnos acoger.
No sé cuándo fue la última vez que me aburrí. Antes uno se aburría haciendo fila, en un paradero, esperando a alguien. Y de ese aburrimiento salían ideas, conversaciones con personas que no conocíamos, tiempo para pensar, canciones, recuerdos bonitos. Hoy cualquier espacio de tiempo disponible lo tapamos con el celular. Lo mismo pasa con el silencio cuando estamos comiendo: alguien siempre saca el teléfono, lo que da permiso para que todo el mundo lo haga. Las sobremesas se acortaron; las esperas se volvieron intolerables. Mirar por la ventana durante un viaje en bus o en auto es un lujo que casi no existe. La desconexión digital es un privilegio.
Leí hace poco “Los irresponsables”, un libro sobre Facebook escrito por una exejecutiva de la empresa. Cuesta terminarlo sin rabia ni amargura. Lo que se ve es una cúpula que tomó decisiones graves y frívolas, y aprendió a convivir, sin demasiada culpa, con los costos humanos de sus productos. Casi nada de lo que nos pasa frente a la pantalla es casual. Hay un ejército de gente bien pagada calibrando cómo mantenernos pegados un rato más. Mientras más tiempo nos quedamos enganchados, más rentables somos. Esa es la fórmula de la indiferencia diseñada desde Silicon Valley.
Tal vez la respuesta no está en esperar a que las estructuras de poder cambien, sino en algo mucho más cotidiano: soltar un rato las aplicaciones, el celular y la adicción. Dejarlos en otro lado cuando lleguemos a la casa, aburrirnos un poco, conversar sin pantallas, encender un fuego, llamar en vez de mandar un audio. Recuperar la presencia es resistencia. Es decidir, en lo pequeño y todos los días, que nuestros afectos valen bastante más que lo que cualquier algoritmo pueda extraerles.




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