“Asfixia” es una palabra que se repite por parte de directores y sostenedores, y no por azar.

“Queremos cambiar el trato del ministerio, ser un facilitador y no un obstáculo, dar más autonomía y espacio a los colegios y poner el foco en el aprendizaje". Este fue el propósito que expresó ayer la ministra de educación, María Paz Arzola, en una entrevista realizada en Estado Nacional de TVN. Naturalmente, pocos podrían sorprenderse con dicho propósito. Después de todo, se trata de un discurso habitual del mundo político de centro y de derecha que llegó a La Moneda con el actual gobierno.
La pregunta relevante es por qué tanto actores políticos como un amplio elenco de voces de la sociedad civil han insistido reiteradamente en ese mensaje. Y parte de la respuesta la ofrece la propia ministra Arzola. Por un lado, luego de reunirse con más de 1500 directores escolares, su equipo ha confirmado el diagnóstico con el que llegó al ministerio. A saber, que los colegios sufren una sobrecarga administrativa que excede sus capacidades, obstaculiza su trabajo con múltiples trabas y desvía el foco de estos establecimientos de la sala de clases.
Por otro lado, tal como señala Arzola, este escenario no es casual, sino que puede ser comprendido como la consecuencia previsible de una mentalidad que se ha expandido en este ámbito: la lógica de aumentar y sobreponer más requisitos, obligaciones y protocolos al abordar los problemas educativos desde el Estado. “Asfixia” es una palabra que se repite por parte de directores y sostenedores, y no por azar. Y si bien la crisis de nuestra educación escolar —como todo asunto complejo— responde a múltiples factores, no deja de ser revelador que mientras más se ha recorrido ese camino, más se ha debilitado la autoridad de profesores y directivos (sin resolver, dicho sea de paso, la tragedia del masivo analfabetismo funcional que padece nuestra sociedad).
Por cierto, este escenario no es exclusivo de Chile ni deriva únicamente de tendencias recientes. En una entrevista realizada por Lucía Santa Cruz a John Gray en El Mercurio hace más de 30 años (1993), el filósofo inglés subraya que “la primera responsabilidad del gobierno es abstenerse de seguir dañando o destruyendo la cultura común”, poniendo como uno de los ejemplos precisamente la esfera escolar. En este sentido, Gray agrega que casi todo “lo que los gobiernos pueden hacer es estimular la recuperación de las energías y el proceso de cicatrización de las culturas mismas”.
Considerando que en las últimas décadas se ha sobrecargado de expectativas a las escuelas y, en general, a las instituciones educativas —al mismo tiempo que se ha descuidado su misión fundamental—, la tarea de hacer de este ministerio un auténtico “facilitador” resulta titánica y, como pocas, decisiva para el futuro del país.








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