Fernanda Trías vuelve al cuento con un volumen que tiene una partida en falso y varios cuentos que no están del todo bien ejecutados
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Varios cuentos de Miembro fantasma, el más reciente libro de Fernanda Trías, juegan con registros diversos y con la ambigüedad de los puntos de vista para mostrarnos, con sutileza y virtud narrativa, porqué su autora es una de las voces más relevantes del actual escenario latinoamericano. La premiada escritora uruguaya, autora de novelas como Mugre rosa y El monte de las furias, vuelve al cuento con un volumen que tiene una partida en falso y varios cuentos que no están del todo bien ejecutados; sin embargo, los que sí funcionan demuestran una gran plasticidad verbal y una enorme capacidad de la autora para adentrarse en el dolor, en el rencor y en la soledad de sus personajes.
Los 10 relatos aquí reunidos giran en torno a temas muy disímiles: una anciana que recuerda una amistad de juventud; un predicador charlatán intentando captar en sus redes a una joven inestable; una voz solitaria que reconstruye un pasado para cobrar una venganza; dos adolescentes en un hogar de acogida persiguiendo emociones que los remezcan o una mujer con serios problemas de alcoholismo que busca cualquier atisbo de esperanza para su vida miserable. Abundan aquí las mujeres que cuestionan su lugar en la sociedad y que echan mano a su pasado, a su memoria o a la bebida para aplacar aquello que amenace el precario equilibrio en el que habitan.
Como se señaló, no todo el volumen es merecedor de aplausos —Personaje en construcción, el primer relato, ni entusiasma ni despierta grandes reflexiones, y no es el único que adolece de problemas—, pero cuatro o cinco relatos sí ven desplegarse las grandes habilidades de Trías para elaborar situaciones y dibujar perfiles que toman rumbo a gran altura. En Ciclón, una mujer convocada a reencontrarse con una amistad de su infancia nos hace preguntarnos por la fidelidad de la memoria, por la ambigüedades de la amistad femenina y por los mecanismos que reprimen el deseo allí donde este no resulta cómodo. La protagonista recuerda, desde el ocaso de su vida, su amistad con Úrsula Andrade, una escritora que alcanzó el éxito y la fama con una novela supuestamente autobiográfica, pero cuya reelaboración no calza con la visión que su amiga tiene de los hechos del pasado. En esa brecha entre relato y memoria, en ese espacio en que se cuela la autocensura y el silencio, parecen esconderse realidades que no queremos mirar a los ojos. Todo eso, además, mientras la protagonista rememora una tormenta desbocada que produjo una tragedia en medio de un campamento juvenil.
Intimidad irremplazable y Si el mundo parara de hacer lo que hace son relatos muy distintos entre sí, pero que muestran de qué manera la inconformidad con la vida cotidiana o la imposibilidad de calzar con el entorno son, para Trías, excusas perfectas para poner a prueba las convenciones de una sociedad que deja a algunos a la vera del camino. En el primero de ellos, las rutinas de una esposa infeliz y madre disconforme —en Trías, la maternidad siempre parece ser un motivo de pesar, de incomunicación, de dolor— se ven alteradas por la aparición de un pichón de gorrión en su ventana, en lo que pareciera ser un asomo de esperanza. En el segundo, Emilia y Julio, dos adolescentes disfuncionales en una residencia para jóvenes adictos, hacen frente a un mundo hostil con las pocas herramientas que les ha dado la vida: “Pateamos bolsas de basura, corremos y saltamos muros, y al rato ya tenemos hambre y las piernas cansadas. Se ven plácidas y tibias las casas esta noche. Da la impresión de que la placidez habita entre esos muros. Ni Emilia ni yo conocimos nunca algo similar y puedo distinguir el anhelo en sus ojos. La calle te prepara para muchas cosas, pero nunca para soportar ese anhelo en el alma de alguien más”.
El mejor cuento del volumen es el relato que da título al libro. En Miembro fantasma se reproduce solo una de las voces de un diálogo —desde el comienzo hay una amputación— por lo que en esos vacíos nos vemos obligados a imaginar. En lo que parece ser un bar, frente a un interlocutor invisible para los lectores, un hombre recuerda la ciudad de su infancia, un pueblo grande donde todos se conocen y donde la presencia de los militares irrumpe quebrándolo todo a su paso. Ese pasado idílico y algo aburrido se ve trastocado por las desapariciones, los silencios y los huecos que quedan en las casas; en las explicaciones incompletas que los mayores dan a los pequeños, pero que estos pueden completar a partir de lo dicho a media voz. Lo que se ha ido, sin embargo, nunca desaparece del todo: “¿Le cuento un dato curioso? Mi madre puede sentir el pie amputado igual que antes de la operación. Al menos eso dice ella. Puede moverlo, dice, y hasta siente las agujas invisibles. Le duele. Le duele horriblemente. ¡Dígame si la vida no es miserable! Le sacaron el pie, pero no pudieron amputarle el dolor. Los médicos tienen un nombre para eso, ¿sabe? Miembro fantasma. Es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe”. Esa cotidianidad del tiempo que pasa y del entorno que cambia hace que la violencia aparezca de maneras menos visibles, pero más disruptivas y dañinas.
La escritura de Trías posee fuerza y versatilidad; sus personajes son capaces de hundirse en el dolor, de mostrar la potencia de la memoria y la capacidad de hombres y mujeres de hacer frente a las dificultades del entorno. Cuando están presentes esos rasgos, los cuentos de Miembro fantasma remecen al lector y lo empujan, sin complacencia alguna, a observar una realidad ficcional descarnada y violenta. Y aunque los cuatro cuentos aquí mencionados valen la pena —y haya algunos otros que no están del todo mal—, lo irregular del volumen hace que varios queden, sin duda, en el mayor de los olvidos.








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