Opinión
Jugar con fuego

En materia de seguridad, el Gobierno ni siquiera ha justificado la consigna de emergencia. Solo hay una extraña complacencia en que “todo va a estar bien”, como si la grave crisis que se denunciaba hace tan solo unos meses hubiera desaparecido por arte de magia.

Jugar con fuego

El viernes recién pasado, la ministra de Seguridad pronunció una de esas frases que —de seguro— serán recordadas por años. En radio Agricultura, y sin que mediara una pregunta especialmente puntillosa de la periodista, Trinidad Steinert se manifestó sorprendida (“no me lo esperaba”) de que se le exigiera un plan de seguridad “estructurado y concreto”. Así, confesó a viva voz lo que muchos sospechaban: el Gobierno no posee ni plan ni diseño en materia de seguridad, y la principal responsable del tema lo tiene más que asumido. ¿Quién trabaja con planes estructurados y concretos? ¿Por qué tanta insistencia en pedirlos?

La declaración conduce a una serie de conclusiones inquietantes. La primera es que —a todas luces— Trinidad Steinert es la persona equivocada en el lugar equivocado. Pasados dos meses desde el inicio del Gobierno, resulta evidente que no tiene la capacidad de transmitir las certezas que la ciudadanía requiere. Dicho en simple, en más de ocho semanas la ministra no ha sido capaz de dibujar un horizonte y fijar el marco general de su trabajo. Por lo mismo, incluso los logros valiosos en seguridad (por ejemplo, el haber ingresado a Temucuicui tras años de impotencia) terminan siendo irrelevantes. En efecto, no parece haber nadie preocupado de integrarlos en una narrativa que los provea de sentido. Son episodios aislados, más que piezas de un puzle que podamos comprender. Es obvio que un cambio de gabinete es indeseable antes de seis meses, pero también resulta evidente que el costo de mantener el diseño inicial empieza a ser tanto o más elevado.

Ahora bien, hay un motivo que explica la gravedad del asunto: la confianza que la ciudadanía depositó en la persona de José Antonio Kast está estrechamente vinculada a sus capacidades en seguridad. De hecho, una de sus grandes virtudes políticas fue su perseverancia en el tema: mientras otros candidatos cambiaban todos los meses de estrategia, él nunca perdió la convicción de que la credibilidad en esta materia sería decisiva en los comicios. Tuvo buen olfato político, y capitalizó su inversión. Si esto es plausible, el Presidente juega con fuego, pues está horadando la base misma de su pacto con la población. Y el sistema no necesita que se vuelva a defraudar el frágil y precario vínculo de confianza entre política y ciudadanía. Por ahora, esto pasa más bien desapercibido porque el Presidente aún tiene crédito, y porque la izquierda no tiene voz, pero nada de eso durará eternamente.

Esto permite afinar el cuadro: el problema central no pasa por la ministra. Sabemos que ha cometido errores y que no logra darle al cargo la prestancia que necesita, pero la dificultad es mucho más profunda: es del mandatario y su equipo, que no elaboraron nada sofisticado en el tema que los condujo al poder. La ilustración más evidente es que la actual secretaria de Estado apareció en el radar en la segunda quincena de enero, tras la negativa del senador Rodolfo Carter a ingresar al gabinete. O sea, no había plan, y de allí la descarnada sinceridad de la ministra, que no cree que tenga que responder por la desidia de terceros.

Llegados a este punto, el observador no puede sino quedar un poco perplejo y sin herramientas de comprensión. ¿Qué puede explicar esta omisión rayana en la frivolidad? ¿Cómo dar cuenta de una negligencia tan grave de cara a los chilenos, y de cara al propio proyecto político? ¿Por qué haber generado una expectativa y luego haber hecho tan poco para cumplirla? ¿No había nadie en el equipo del candidato que se haya dedicado a esta cuestión? El caso Quiroz da un buen contraste. El ministro de Hacienda puede ser más o menos simpático, y se puede discrepar de sus ideas, pero cuenta con una propuesta que marca el debate público. Allí se está jugando algo, porque hay un concepto que guía la acción del Ejecutivo. Hay otros ministros que, a su modo, han presentado sus directrices (Educación, Obras Públicas, Desarrollo Social). Sin embargo, en materia de seguridad, el Gobierno ni siquiera ha justificado la consigna de emergencia. Solo hay una extraña complacencia en que “todo va a estar bien”, como si la grave crisis que se denunciaba hace tan solo unos meses hubiera desaparecido por arte de magia. Los chilenos merecen algo más.

El propio mandatario se ha visto obligado a admitir el desajuste, al afirmar que la expulsión de migrantes anunciada en campaña fue una metáfora. A su manera, quiere decirnos que no había que tomarse tan en serio sus dichos, que las promesas de campaña no lo son tanto. Sin embargo, incluso si se recoge la mejor versión de esa idea, si la promesa no era literal, es difícil negar que había al menos un compromiso férreo: el de hacer todo lo posible por avanzar en una determinada dirección. Si el Gobierno ni siquiera está dispuesto a cumplir con ese encargo, se condena de antemano a la esterilidad política, poniendo en riesgo el capital político del Presidente y su sector. De no corregir el rumbo, no será posible culpar ni a la izquierda, ni al bombardeo en Irán, ni al gobierno anterior. Pero quizás incluso la emergencia era una metáfora. Supongo, eso sí, que alguien tendría que explicarla.

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