¿Hemos tendido a olvidar a esos hombres que hicieron grande a Chile? Quien recuerde un mes de mayo en la vida escolar de otros tiempos no podrá sino responder a esta pregunta de modo positivo. Pero hay algo más que olvido. Además de este, muchas veces ha existido un espíritu deliberado de demolición de los héroes.

“Chile no puede olvidar a los hombres que lo hicieron grande”, afirmaba el presidente Kast esta semana, al reinaugurar el salón Prat en el Palacio de La Moneda. Y en esto tiene razón. No se aprende sobre la entrega, la grandeza, ni otros rasgos de carácter leyendo tratados sobre la virtud: se aprende con modelos de carne y hueso, con ejemplos e historias que encarnan estos rasgos. Como es evidente, tenemos gran necesidad de ese aprendizaje. Cualquier reconstrucción del país supone despertar, sobre todo entre los jóvenes, un sentido de sacrificio por algo superior. Pocos como Prat lo representan.
¿Hemos tendido a olvidar a esos hombres que hicieron grande a Chile? Quien recuerde un mes de mayo en la vida escolar de otros tiempos no podrá sino responder a esta pregunta de modo positivo. Pero hay algo más que olvido. Además de este, muchas veces ha existido un espíritu deliberado de demolición de los héroes. El mismo Prat sirve para ilustrar ese fenómeno. Un cuarto de siglo atrás se intentó “humanizar” su figura con una obra de teatro que en realidad lo representaba como dependiente del alcohol, como atravesado por el temor y la cobardía. Son discusiones cuyo recuerdo muchas veces nos abochorna, porque tampoco la respuesta a ese tipo de obra era muy imaginativa. Pero se trata de un momento decidor respecto del rumbo que estábamos tomando.
En efecto, más allá de la historia y las controversias chilenas, el lugar de los héroes es muy revelador de los consensos que reinan (o que se quiebran) en una sociedad. En años recientes, por ejemplo, se ha resquebrajado el consenso que antes había en torno a la figura de Churchill. Otrora universalmente apreciado, de pronto se podía empezar a insinuar lo que tenía de villano. Pero no es un simple revisionismo historiográfico el que lo bota del pedestal, sino el quiebre general de los consensos de postguerra que reinaron por décadas en Occidente. Y en estas cosas nadie sabe para quién trabaja: muchas personas que han participado de la demolición de los héroes –porque les parecen propios de otra época, porque encarnan valores que nos resultan tan ajenos–, lamentan a la vez las fracturas y pérdidas de consenso de nuestra sociedad. Pero los dos fenómenos no se pueden separar tan fácilmente.
Como recuerda Michéa en “El imperio del mal menor”, en el mundo de la modernidad temprana, agotado por las guerras religiosas, la búsqueda misma de la grandeza y el bien se volvió objeto de sospecha. Pero no podemos vivir sin héroes. Quien invita a su demolición nos orienta con eso a intereses y placeres mundanos que parecen inocentes, propios de gente pacífica, pero que como horizonte único acaban por carcomer la orientación de un pueblo. ¿Hay que exaltar también las virtudes de la vida ordinaria? Ciertamente. Pero hay una semana del héroe. Esta es la semana de Prat.



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