"Después de todo, nos puede parecer deseable algo semejante a ese Estado de bienestar, pero su promesa de paz social parece hoy agotada y conduce, además, a una deuda pública insostenible".

Cuando una semana atrás se imponía Lula en Brasil, se leía a muchas personas apostando por dos semanas de importantes triunfos contra la "ultraderecha". Caía Bolsonaro y caía Vučić en Serbia; caería Netanyahu en los días siguientes y luego Trump en las midterms. El mundo habría estado al borde del abismo, pero en apenas dos semanas lograría dar un salvífico paso atrás.
Sin embargo, basta con husmear un poco bajo esos titulares para notar cuán simplista resulta esa perspectiva. En Serbia la “lista estudiantil” puede considerarse un movimiento cívico contra la corrupción y por las instituciones, pero la manera en que sus preocupaciones internas se cruzan con la política global es cuestión abierta. El régimen de Vučić puede haber sido autoritario, pero sus sucesores pueden ser tanto o más prorrusos y nacionalistas. Por lo demás, ni siquiera es necesario ir tan lejos para tomar distancia de estas categorías infantiles y binarias. La derrota de Bolsonaro puede ser una buena noticia, pero difícilmente se encuentra en Lula la salvación de la democracia latinoamericana (basta recordar cuán entusiasta fue del chavismo en su minuto). Nos puede importar el destino de cada uno de estos países, pero la idea de que haya dos bandos globales tras los cuales posicionarse como hincha carece de todo sentido.
Al fin y al cabo, lo único cierto del retrato con que abríamos es que el abismo nunca está muy lejos. En un polo de Europa se libra hoy la guerra más sangrienta desde 1945. En otro polo, jóvenes airados tienen en llamas a los países con el mayor aparato de bienestar del mundo. El primero de estos males puede parecernos ajeno, porque nuestro continente suele estar milagrosamente a salvo de grandes conflictos bélicos. El segundo, sin embargo, nos toca de cerca y merece tanta más atención que la seguidilla de elecciones nombradas. Después de todo, nos puede parecer deseable algo semejante a ese Estado de bienestar, pero su promesa de paz social parece hoy agotada y conduce, además, a una deuda pública insostenible. Mencionar ese hecho no apacigua, sin embargo, la ira, y entretanto la crisis de la natalidad y la disrupción tecnológica continuarán agudizando estos problemas.
No hay que mirar estos hechos con espíritu apocalíptico. Este solo fortalece el binarismo infantil que, por cierto, tiene versiones a diestra y siniestra. Pero uno puede dejar el maniqueísmo sin por eso soltar la aguda percepción del riesgo en que estamos. Y vaya que eso vale también para la política nacional. No está nada de claro que “todo va a estar bien”. En todo caso, nada va a estar bien salvo que oposición y gobierno redescubran la fragilidad y complejidad del mundo actual. Para el gobierno, en cualquier caso, no hay minuto que perder.