
La paradoja es que las bajísimas cifras de valoración del Congreso, del Presidente y de los partidos no se han traducido -por ahora- en una radicalización de las posiciones políticas. Gran parte de los encuestados se posiciona en el centro, lo que a primera vista no calza ni con el desprecio por las instancias representativas, ni con el otro dato relevante de la encuesta: la instalación de Pamela Jiles como la figura política mejor evaluada.
¿Qué puede explicar esta aparente contradicción? Quizás, Jiles es la única figura fortalecida porque logró, a un tiempo, una performance sincera en la sucesión de retiros previsionales y reunir a la polarizada clase política en una agenda común. Mientras la mayoría de los que aprobaron la medida dicen haberlo hecho a su pesar, Jiles se identifica sin reparos con una iniciativa, a su juicio, de toda justicia. No apela ni a una pedagogía lenta ni al reemplazo del sistema de AFP por un modelo solidario. Solo recuerda el origen individual de los fondos de pensiones y lo reivindica para proteger con ello a sus abandonados seguidores. A su vez, insultando a diestra y siniestra, y sin proponer proyecto alternativo, convocó a la mayoría de los parlamentarios en torno suyo. El acuerdo político que ha sido imposible en cualquier otro ámbito -aunque el diálogo de Provoste con el Presidente es una señal de esperanza- lo articuló Jiles en función de una política que todos sabían mala, pero a la que por desesperación o pragmatismo nadie supo resistirse.
La tragedia es evidente. La orfandad de la ciudadanía es tal que se vuelca a la única figura que parece desplegar una acción política coherente. No hay alternativas para un centro político que no confía en los canales representativos disponibles, sean de izquierda o de derecha, y que carece de instituciones que den gobernabilidad y respondan a las demandas urgentes dejadas por el estallido y la pandemia. Sin verdadera escucha ni interpretación, la fractura entre política y sociedad sigue tan abierta como al comienzo de esta crisis. Pero sí hay una lección que la clase política puede sacar: la ciudadanía valora la consistencia y los discursos genuinos, aun cuando sean enarbolados por figuras problemáticas. El desafío es volver a vincular esa coherencia con una acción interesada en rehabilitar la política y fortalecer la institucionalidad. Ahí, y no en la imitación, reside el camino para disputarle el espacio a la demagogia.