Opinión
Ethos del barroco

"La América mestiza que es la que recordamos en la denominación del encuentro entre dos mundos, y no un intento vano por edulcorar el pasado".


Ethos del barroco

Este lunes 12 octubre recordamos el descubrimiento de América. Como cada año regresan las discusiones sobre cómo interpretamos la llegada de los españoles a nuestro continente. Antes se hablaba del “día de la raza”, hoy se habla del “encuentro entre dos mundos”. Pero para algunos incluso esta denominación resulta inaceptable, pues lo que habría ocurrido desde ese entonces fue solo dominación, sometimiento y desaparición de pueblos y tradiciones. La objeción apunta a elementos que no conviene dejar de lado; nos permite recordar las dimensiones oscuras de la historia humana. Pero ¿basta hacer esa constatación para comprender todo lo que ocurrió de ahí en adelante?

Algunas veces, la discusión sobre la forma en que nombramos este día se trata como un instrumento de expiación: escoger el término correcto saldaría todas las cuentas y penas con la historia. Así la palabra “encuentro” deja demasiado oculta la violencia y la idea de “dominación” no es capaz de explicar los siglos de trasformaciones culturales que se dieron en la región. Efectivamente se pueden juzgar los costos del proceso y además comprender con profundidad la reconfiguración de este nuevo orden social.

El encuentro fue desigual –de eso no hay duda– y también violento por momentos, pero difícilmente podría darse de forma apacible entre dos mundos que no se conocían. Se encontraron culturas con categorías radicalmente distintas de comprensión de lo sagrado, de organización de la vida social y los elementos que dan sentido a la realidad. Además de una muy distinta fuerza militar. En este contexto sería iluso proponer un entendimiento pleno entre desconocidos o la existencia de acuerdos previos que regularan sus relaciones sin costos de ningún tipo. Es esa tensión –de hecho– la tónica dominante de la historia de la humanidad.

En ese sentido, el dato original de la experiencia americana no es el de una conquista violenta, sino el de un esfuerzo paralelo, a pesar de ese contexto, de comprensión del otro con quienes se habían encontrado. Es lo que prueba la tradición de la iglesia de la mano de figuras como Bartolomé de Las Casas. Ver las cosas así permite entonces, no reducir esta historia a la dominación efectiva que caracterizó, sino reconocer que la cultura naciente no fue una imposición radicalmente unilateral. La América mestiza que, es la que recordamos en la denominación del encuentro entre dos mundos, y no un intento vano por edulcorar el pasado.

Para profundizar esta idea puede ser sugerente volver a la interpretación del profesor Pedro Morandé. En su reflexión sobre el “ethos del barroco” –que es como denomina al proceso objeto de esta columna– propone mirar las prácticas mediante las cuales poblaciones muy distintas fueron capaces de construir un mundo en común. El punto central recae en la cultura escrita vinculada a las instituciones españolas y la religión con las tradiciones orales presentes en la vida de todas las culturas indígenas.

El barroco –dentro de la teoría de Morandé– no es sólo un estilo artístico, sino una forma de síntesis cultural. Las fiestas, las danzas, el canto popular y el teatro religioso se constituyeron como espacios donde lenguajes diferentes pudieron encontrarse, traducirse y transformarse de modo recíproco. Ninguno de los elementos otorgados por cada cultura fue simplemente una añadidura a la otra; nadie quedó igual que antes de ese encuentro. Mas bien, a partir de las prácticas mencionadas se formó un modo particular de vivir la religión, organizar la vida comunitaria y comprender la relación entre lo cotidiano y lo sagrado.

La fiesta religiosa presenta de manera clara esta intuición. Una celebración, incluso del calendario propio de renovación indígena –el ejemplo más claro es la fiesta de la Virgen de Andacollo en el caso chileno– adquiere un sustrato católico mezclado con música, baile y canto que excede tanto el origen europeo como el indígena. Lo central acá es la nueva experiencia compartida que se articula alrededor del ritual y la pureza de cualquier tradición termina pasando a un segundo plano. Ahora bien, no se trata de elaborar a partir de esto una interpretación ingenua: participar en una celebración no borraba las jerarquías propias del orden post-encuentro ni las resistencias a ella. La síntesis cultural no es capaz de lograr una disolución permanente de conflictos y tensiones sociales, tampoco buscaba hacerlo.

La pregunta más interesante que surge a partir de esta fecha es pensar en serio qué mundo nació a partir del encuentro. Reconocer las heridas de este proceso es indispensable. Pero si el relato termina ahí, en la sola denuncia, desaparece la posibilidad de una comprensión precisa de nuestra trayectoria, aunque pueda tranquilizar siempre estar del lado correcto de la historia. Y esa comprensión pasa por reconocer horizonte compartido en el que –incluso en medio de dichas tensiones– se produjo una cultura propia. Hispanoamérica no se agota solamente en lo que se perdió y en todo aquello que se violentó; hay algo más grande, expresada en una riqueza cultural que explica que cada 12 de octubre sigámonos interrogándonos por aquello que a partir de allí se creó.

Fuente: Fast Check CL - https://www.fastcheck.cl/ - Todos los derechos reservados.

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