Historias fabulosas o elementos fantásticos están bien engarzados en lo que hasta entonces podría haber sido poco más que otro libro sobre la dictadura. La inclusión de aquellos elementos obliga a mirar la historia del último medio siglo chileno desde otro lugar.
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Sobre Informe de daños (Alquimia, 2026), de Nicolás Vidal
Informe de daños está protagonizada por Marcelo, un profesor de liceo que encuentra en la noticia del asesinato de Hermes Bravo —inspirado en Eugenio Berríos, el funestamente célebre químico de la DINA— un único punto de conexión con su madre senil. Son los primeros años de la transición a la democracia y, tras haber participado en los aparatos represivos del régimen y estar dedicado a la juerga, las drogas y los préstamos informales, el estilo de vida de Hermes hizo fácil que lo sacaran del mapa para evitar que hable de más. En la trama de este libro, la cuarta novela del abogado Nicolás Vidal (1979), el anhelo íntimo de un hijo por no perder lo que le queda de su familia se entrecruza con el intento de parte del país de hacerse cargo de un pasado muy incómodo.
El endeble vínculo entre Marcelo y su madre se establece a partir de lo que más les interesa a ambos: las novelas policiales, las historias de crónica roja, los asesinatos en serie (especialmente aquellos sin resolver). Además de cigarros y comida, su hijo le lleva recortes periodísticos cuando la visita en el hogar de ancianos en el que está recluida, aunque no siempre logra sacarla de la nube mental a la que su enfermedad la somete. Pero el entusiasmo que ella manifiesta cuando el asesinato de Hermes aparece en las noticias lo hace tirar de ese hilo, con la esperanza de que haya ahí un reencuentro, un intercambio sólido con lo que queda de esa mujer que le dio la vida.
A partir de ahí, Marcelo ocupa todos los espacios que le deja la rutina poco desafiante del liceo en el que hace clases de historia para comenzar a buscar los rastros de un personaje esquivo, hundiéndose en los laberintos del horror y la monstruosidad de los crímenes contra los derechos humanos. Mientras construye aviones a escala de la Segunda Guerra Mundial y escucha música clásica, hace frente al pasado nacional sumergiéndose en los archivos y siguiendo los vínculos entre Hermes y antiguos nazis afincados en Chile. Aparecen de reojo Colonia Dignidad, Walter Rauff —en la novela, Rauss— e incluso Joseph Mengele, como vínculos especulativos que permitirían entender mejor la trayectoria del criminal de la DINA. Fue en esa institución donde Hermes se hizo amigo de Michael Townley, en cuya casa en Lo Curro tuvo un laboratorio para perfeccionar su arma más célebre, el gas sarín. Pero el protagonista no solo rebusca en la historia reciente, sino que se asoma al pasado íntimo familiar, a la historia de una madre que fue funcionaria de la dictadura y ahora parece, al igual que gran parte del país, querer olvidarlo todo. Aquí, empero, el autor desaprovecha un hilo narrativo potente, pues la figura trágica de una mujer abandonada por su marido, funcionaria del régimen de Pinochet y tensionada por su conciencia podría haber dado para mucho más que aquello que logra construir.
En esta nueva novela, Vidal vuelve sobre algunas de sus obsesiones frecuentes: el pasado reciente, los ejercicios de memoria, las distintas versiones de la historia. Sin embargo, hay aquí un juego con los registros históricos y novelísticos que hacen que Informe de daños llegue a mejor puerto que sus obras anteriores. Historias fabulosas o elementos fantásticos están bien engarzados en lo que hasta entonces podría haber sido poco más que otro libro sobre la dictadura. La inclusión de aquellos elementos —de la mano de una mítica bandolera con puntería perfecta que causa estragos en la zona de Linares y Talca, o de Manuel, un niño mutante que, víctima de los experimentos de Hermes, nace con rasgos felinos— obliga a mirar la historia del último medio siglo chileno desde otro lugar. Ya no basta constatar la perpetuación de la violencia o la persistencia del mal, parece decir Vidal; se hace necesario observar aquella realidad desde otra óptica, una que permita dilucidar con frescura aquello que, por repetido, dejamos de ver.
Aunque posea algunos elementos que no funcionan bien —personajes secundarios que poco aportan en una novela de 160 páginas o algunas interpretaciones de la historia reciente discutibles en términos conceptuales, como aquellas en torno a la complicidad de los civiles o la categorización de los campos de concentración—, el libro logra su cometido de mostrar, por medio de un personaje lateral de la maquinaria del horror, una lectura lúcida del pasado reciente. Junto con la osadía genérica ya mencionada (y bien lograda), el ambiente político del Chile de los noventa, con sus incertidumbres y miedos, la precariedad del liceo en el que trabaja el protagonista y el desasosiego de un hijo que, alrededor de sus cuarenta, ve llegar el ocaso de su madre son los puntos altos de una novela que renueva las lecturas sobre un pasado que con frecuencia corre el riesgo, en la ficción, de anquilosarse.



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