
Señor Director:
Un grupo de partidarias de la eutanasia responde a Joseph Ramos apelando a la simple libertad individual. Para ellas, sería una manifestación básica de la democracia y el respeto mutuo que cada uno pueda morir o poner término a la vida como le plazca. Tienen razón, desde luego, en que una sociedad pluralista debe resolver innumerables conflictos simplemente abriendo espacio a posiciones rivales.
Sin embargo, sería ingenuo asumir que en todos los conflictos ese tipo de solución deja intactas las libertades de ambas partes, y el caso de la eutanasia ilustra muy bien la complejidad del asunto. A nivel de los individuos, es evidente que la aprobación de la eutanasia introduce presiones que antes no existían: quien antes se percibía a sí mismo como una carga, ahora pasará a verse como una carga que, además, podría ser eliminada con un acto de la voluntad. ¿Es justo exponer a alguien a dicha presión? A nivel de la sociedad en su conjunto, en tanto, se producen otro tipo de incentivos: un sistema robusto de cuidados paliativos inevitablemente perderá urgencia cuando se ha encontrado otra válvula de escape. Si ya es escasa la preocupación por los cuidados paliativos, ¿no es iluso imaginar que bajo tales condiciones su futuro mejorará?
Si fuésemos individuos soberanos decidiendo en el vacío, el abrir la puerta a la eutanasia podría imaginarse como ampliación de nuestras posibilidades. En realidad, ella altera las condiciones bajo las que todo ciudadano enfrenta el fin de su vida terrenal. Una mínima conciencia de ese hecho parece condición de cualquier debate honesto.