Entrevista publicada el 29 de mayo de 2020 por Emol.

Desde principios de marzo, cuando la pandemia del covid-19 golpeó con fuerza a Italia y España y los países de occidente comenzaron a tomar medidas inéditas para evitar la propagación del virus; algunos intelectuales comenzaron a dibujar el futuro de la sociedad pese a que la crisis sanitaria recién tomaba impulso. «Extrañamente, la pandemia viene a confirmar, según cada pensador, todo lo ya dicho por él mismo», dice Pablo Ortuzar, antropólogo social e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad, desde Reino Unido donde cursa un doctorado en teoría política en Oxford. Al igual que muchos, bajo medidas de distanciamiento social.

En entrevista con Emol, evita caer en el futurismo. En cambio reflexiona sobre lo que podemos aprender y las nuevas preguntas que nos tendremos que hacer, especialmente en Chile, donde todavía no se cierra el proceso abierto con el 18-O. «La escasez nos devuelve cierta lucidez política, pragmatismo en el uso de los recursos y ubicación ecológica», lanza. «También nos puede permitir conversar en serio sobre qué entendemos por desarrollo, ahora que sabemos que el crecimiento por el crecimiento genera daños irreparables», agrega. «Gustitos ideológicos y despilfarros injustificados como la gratuidad universitaria hoy se revelan como lo que son». añade.

Pero a su vez, se apresura en advertir que «siempre puede ocurrir que no aprendamos nada».

–En política muchas veces se piensa que si algo sirve a los intereses del adversario, entonces es un invento del adversario.

Pasó en un inicio de la crisis, cuando algunos creían que el coronavirus era una excusa para postergar el Plebiscito. ¿Hasta qué punto la crispación política ha influido en el desarrollo de la pandemia? La situación política en Chile ya venía muy mal, con las confianzas y las autoridades degradadas. Eso se mezcló con las primeras informaciones chinas acerca del virus, que lo hacían ver como una especie de resfrío poco peligroso, y con la paranoia conspirativa de las redes sociales, para terminar facilitando que sectores de izquierda pensaran que todo esto era un tongo gubernamental orientado a echar abajo el proceso de octubre. Desde entonces, el intento de leer en código político todo lo que ocurre no ha dejado de estar presente, aunque ha debido ir cediendo espacio a la realidad material y concreta de la enfermedad. Por otro lado, politizar las catástrofes naturales es un mecanismo irracional de defensa del colectivo humano: si pensamos que hay un culpable humano, unirnos y atacarlo parece la mejor solución. Buscamos chivos expiatorios. Lo vimos en los incendios forestales hace pocos años. Es muy difícil para la mente aceptar una situación de catástrofe natural y colaborar de una forma racional para hacerle frente.

–Uno de los debates que se reinstaló con la pandemia fue el fin de la reelección, que esta semana se aprobó en el Senado, pero sin la retroactividad para los cargos en ejercicio. ¿Qué te parecieron los argumentos planteados en la discusión? ¿Es necesario medidas, a priori, contarías a la democracia, para justamente balancear y darle viabilidad al orden democrático?

El debate del Senado fue básicamente una reyerta carente de argumentos entre atornilladores y aserruchadores. Eso se ve reflejado en un resultado que no tiene justificación ni a nivel de principios ni a nivel de razones prácticas. Uno habría esperado un debate entre republicanos alegando la necesidad de limitar la democracia para conservarla, y demócratas defendiendo la soberanía de la mayoría. O bien entre quienes piensan que la reelección profesionaliza la política y da una valiosa estabilidad, y quienes creen que sólo genera corrupción y clientelismo. Pero nada. Fue un circo. Y probablemente lo sea más en la Cámara de Diputados. Y dado que nosotros somos sus electores, los que quedan como payasos no son sólo los representantes.

–Chile enfrenta un quiebre social que arrastra desde el 18-O, lo que se suma a la emergencia sanitaria y a las consecuencias de la crisis económica. Es lo que algunos llaman sindemia, la simultaneidad de procesos complejos que enfrenta una sociedad. ¿Es la crisis sanitaria una oportunidad para el ansiado pacto social post 18-O?

La situación crítica en la que estamos es muy útil si es bien utilizada para la deliberación, porque la fragilidad y comunidad de la vida biológica humana revela una estructura de necesidades básicas que podría ser usada como mecanismo para jerarquizar las prioridades políticas y económicas del Estado. Gustitos ideológicos y despilfarros injustificados como la gratuidad universitaria hoy se revelan como lo que son.

La escasez nos devuelve cierta lucidez política, pragmatismo en el uso de los recursos y ubicación ecológica. En ese sentido, creo que la pandemia nos puede ayudar mucho a fijar una ruta para tratar de actualizar nuestra estructura institucional a la realidad actual de nuestra estructura social combinando de manera pragmática Estado, mercado y sociedad civil. Partiendo, por ejemplo, por buscar integrar el sistema de salud mediante un seguro universal que deje espacio para seguros complementarios. En otro nivel, también nos puede permitir conversar en serio sobre qué entendemos por desarrollo, ahora que sabemos que el crecimiento por el crecimiento genera daños irreparables. Por supuesto, todo esto es un potencial. Siempre puede ocurrir que no aprendamos nada, y volvamos simplemente a las mismas cantinelas, hasta la próxima catástrofe.

–En las primeras semanas de la crisis se multiplicaron las voces de intelectuales intentando proyectar el mundo post-covid y una de las tesis más repetidas era que la pandemia apuraría el fin del capitalismo. Incluso el esloveno Slavoj Žižek planteó una disyuntiva «barbarie o comunismo reinventado». ¿Cuál crees que será la principal corriente de pensamiento después de eso?

La forma en que la filosofía y las ciencias sociales han interactuado con la crisis sanitaria ha sido un poco ridícula, y medio poseída además por las lógicas del marketing virtual.

Extrañamente, la pandemia viene a confirmar, según cada pensador, todo lo ya dicho por él mismo. Y esa sensación profética los envalentona para ir todavía más allá en sus predicciones, que presentan muchas veces bajo la lógica tipo «la número 5 te sorprenderá». Supongo que cuando todo parece un gran caos, el futuro se ve preñado de posibilidades. Pero la experiencia indica que la mayoría de las veces bajo las aguas agitadas en la superficie hay grandes procesos y corrientes mucho más estables. Yo no tengo idea respecto a qué corriente de pensamiento prevalecerá después de la pandemia, porque eso dependerá de una serie de factores en disputa. Hoy, en medio de la polvareda, la visibilidad es mínima.

–Haciendo un paralelo con el impacto de la crisis climática, el año pasado Bruce Gilley, profesor de Ciencias Políticas, definió al «medioambientalismo autoritario» como el modelo de poder que concentra la autoridad en unas pocas agencias ejecutivas, dirigidas por élites, cuyo objetivo es mejorar los resultados medioambientales. ¿Ahora que nos enfrentamos a una pandemia, es probable que surja un «autoritarismo sanitario»?

Asumo que la gran tentación del siglo XX, la de convertir la política en la administración de las cosas en vez de las personas, seguirá volviendo bajo distintos ropajes en los próximos años. Espero que tengamos cada vez más capacidad de verla venir, para no sucumbir a ella, aunque la «democracia digital» -que ha potenciado fenómenos como el terraplanismo y el movimiento antivacunas- ha ido aniquilando nuestros anticuerpos. Últimamente me ha sorprendido ver a intelectuales de compromiso democrático enarbolar como última esperanza el gobierno de los expertos. El caso de Cass R. Sunstein en el epílogo de su libro «#Republic» es bien decidor. Supongo que cualquier persona que pasa cierto rato en Twitter pierde la fe en la humanidad, así como los que pasan mucho tiempo ahí parecen perder la razón.

–La necesidad de insumos, la orden de confinamiento o el cierre de fronteras son medidas excepcionales que han aplicado la mayoría de los países, pero algunos líderes, como Viktor Orban en Hungría, han utilizado la pandemia para ampliar sus atribuciones. ¿Corre peligro la democracia si se enfrenta a una pandemia similar a esta o una peor en el corto plazo?

La pregunta es cuánto estamos dispuestos a ceder por miedo. Cuánto vale nuestra vida biológica en relación a vivirla de manera digna. Y qué es lo que le otorga dignidad a la vida. Creo que estas grandes preguntas rondan el brillante comic «Maus» de Art Spiegelman. Si creemos que cualquier forma de vida es mejor que no estar vivos, siempre estaremos dispuestos a renunciar a todo a cambio de la ilusión de sobrevivir. ¿Pero cómo es la vida de un sobreviviente? Este debate ético sobre la muerte, que atraviesa también temas como la eutanasia, no hemos sabido abordarlo de manera seria y profunda. La modernidad, porque asumió la inexistencia de toda trascendencia, nos hace vivir de espaldas a la muerte, lo que vacía de contenido la vida misma. Algunos logran vivir ese vacío con pagana valentía estoica, pero a la mayoría nos ofrece simplemente un hedonismo cobarde y servil.

–Hemos visto países que se ufanan de un eventual control de la pandemia y otros, como Italia, que han apelado a cierta identidad para sanar las heridas. Además se instalan términos propios de la guerra o el «patriotismo culinario», que apunta a que los ciudadanos consuman productos de elaboración local. ¿Resurge el nacionalismo?

La crisis ha puesto de relieve la enorme importancia de las instituciones intermedias y de las condiciones materiales que las sostienen para organizar la solidaridad humana. Familias bien integradas y equipadas pueden cuidar a sus miembros. Comunidades bien integradas y equipadas pueden cuidar a sus familias. Ciudades bien integradas y equipadas pueden cuidar a sus comunidades. Y así hasta llegar a las naciones, que parecen el último grado de integración solidaria más o menos efectivo de la vida humana.

Los organismos internacionales, en este contexto, han mostrado que no generan las mismas lealtades ni afectos que los demás niveles. Y que, por lo tanto, deberán asumir quizás una hoja de ruta de tono más humilde en el futuro. La idea de un gobierno europeo o incluso mundial no desaparece con la pandemia, pero muestra sus limitaciones, que hacen ver el lenguaje de la soberanía -que ya parecía desgastado para el caso del Estado nacional- como particularmente inadecuado para pensar estos proyectos. Más que un resurgir del nacionalismo, creo que han quedado expuestos los límites de la globalización. Al final, la caridad parte efectivamente por casa.