Columna publicada en La Segunda, 21.11.2017

En uno de los varios paneles televisivos dominicales, Gonzalo Cordero señaló que Sebastián Piñera enfrenta un desafío fundamentalmente electoral  —atraer los votos de José Antonio Kast y algunos más—, pero no un problema político. Esto, a diferencia de Alejandro Guillier, quien tendría que cuadrar el círculo para convocar desde Sánchez a Goic y sus respectivos electorados. La declaración de Cordero quizás fue formulada al pasar, pero no es una simple anécdota. Si se quiere, manifiesta la mayor dificultad de buena parte del piñerismo: su falta de discurso y comprensión propiamente política.

Guste o no, Sebastián Piñera enfrenta enormes desafíos políticos, en el sentido más propio de la expresión. No sólo por el evidente hecho de que los diagnósticos del Frente Amplio y la Nueva Mayoría son cada vez más convergentes (el programa de Beatriz Sánchez es «el otro modelo 2.0»: con Atria en la mochila, Jackson y compañía ya obtienen el 20% en las presidenciales). La dificultad es aún más profunda. En efecto, mientras el ex Presidente nos invita a una «segunda transición» —una apuesta tan atractiva como vacía de contenido hasta ahora—, la opinión pública y los votantes parecen fragmentarse cada vez más; mientras se anuncia que su campaña de balotaje apuntará al «centro político», éste se esfuma en el aire (a la debacle de la DC se suma la nula fuerza electoral del «centro liberal», cualquiera haya sido su significado). Y mientras se insiste en que Piñera debe hablarle a tal centro, ahí está el casi 8% de J. A. Kast, cuyo voto ahora es todo menos «inútil». ¿Qué representa este panorama sino una suma de desafíos políticos de proporciones?

Pero no todo son malas noticias para Piñera. Los escrutinios confirmaron el surgimiento de una oposición cuyos énfasis e inquietudes superan con creces la mera defensa de la libertad económica. Entre «Kast» (Felipe) y «Kast» (José Antonio) asoman parlamentarios jóvenes con triunfos interesantes, cuyos renovados lentes y perspectivas pueden enriquecer el discurso y la comprensión política del piñerismo. Ellos tienen la posibilidad de encarnar y desarrollar categorías sugerentes, como sociedad civil o solidaridad, que el ex Presidente ya ha recogido —aunque sin tomárselas muy en serio— y que permiten hacer frente al estatismo individualista de la nueva izquierda. Ahora bien, tal articulación exige no sólo humildad, sino también reconocer la especificidad propia de la política. Dicho en simple, para gobernar el Chile actual se requiere bastante más que cifras y frases hechas.

¿Muy «teóricas» estas consideraciones? Tal  vez para quienes suponían que estaban «a punto» de ganar en primera vuelta. Después de todo, la palabra es la principal arma del político, y olvidarlo nunca ha sido demasiado «práctico».

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