"La izquierda está en deuda desde hace mucho tiempo, y lo de Brasil no es la primera prueba. El «fachopobreo» se ha vuelto costumbre, pero debe ser desterrado con una reflexión profunda y detenida que permita construir una izquierda que represente, de una vez por todas, a quienes dice representar".

El resultado de las elecciones del domingo en Brasil dio lugar al ya clásico «fachopobreo» al que la izquierda nos tiene acostumbrados cada vez que uno de sus candidatos pierde en el continente. Sea cual sea el país o la elección, las conclusiones parecen ser siempre las mismas: la gente es tonta, las fake news la engañaron, el voto no debería ser para todos (la misma gente que, cuando vota por ellos, es sabia y virtuosa). Esta vez, además, alimentado por la convicción de algunos de que los resultados se explican exclusivamente por pastores evangélicos financiados por la CIA, por el consultor argentino Fernando Cerimedo, por algoritmos y granjas de bots. Salvo honrosas excepciones, nunca una autocrítica contundente, nunca una responsabilidad propia en la deriva de un continente cuyo giro a la derecha se atribuye únicamente a Trump.
La izquierda parece perdida. Y no es sólo que haya preferido los discursos identitarios a construir un mensaje para las grandes masas de trabajadores, que se sintieron abandonados y buscaron refugio en otros sectores políticos. La izquierda se ha desanclado de América Latina y de sus realidades particulares. Vivimos en el continente más violento del mundo: aquí hay al menos un asesinato cada cinco minutos. Según un estudio reciente del politólogo Benjamin Lessing y otros autores, uno de cada cuatro brasileños vive en lugares donde los grupos criminales imponen el orden. La Amazonía es un territorio sin Dios ni ley, donde miles de personas se ganan la vida trabajando informalmente para el crimen organizado. Lo mismo ocurre en la selva del Darién, en las vías por donde avanza La Bestia -el tren de carga en que los migrantes cruzan México-, en los Andes y en tantos otros lugares.
La izquierda, en cambio, prefiere seguir hablándoles a latinoamericanos que no existen. A los imaginados por las universidades anglosajonas, que ven al pobre como sujeto intrínsecamente revolucionario, a los indígenas sólo como guardianes de saberes ancestrales, a los migrantes como víctimas puras del neoliberalismo y del imperio. Buenos salvajes con conciencia de clase que, tarde o temprano, votarán por el bien; o sea, por quienes ellos dicen. El problema es que el latinoamericano real no encaja en el guion que se han construido. Los trabajadores de la periferia de las grandes ciudades quieren que la policía llegue y que la banda criminal deje de cobrarles por abrir sus negocios. La mujer que cruzó el Darién no busca un seminario decolonial, sino papeles, trabajo y que nadie la extorsione mientras llega a su destino. Muchos van felices al culto los domingos, emprenden donde puedan, desconfían profundamente del Estado y piden mano dura con fervor. Y esos pastores evangélicos que tanto critican están donde la izquierda no está, pues, como muestra Jacobo García en Años luz, fueron ellos quienes les tendieron la mano a los perseguidos cuando Bukele encarcelaba a miles por simples sospechas. Pero cuando esa gente vota en contra, la izquierda no revisa sus premisas, sino que simplemente concluye que las personas han sido engañadas. Es más fácil culpar a los pastores, a los bots, a Cerimedo, antes que aceptar que el pueblo que vienen imaginando desde hace 20 años nunca ha existido más allá de sus facultades universitarias.
Nada de esto significa negar que los liderazgos que hoy ganan elecciones no sean problemáticos. En un estado históricamente frágil como El Salvador, Bukele ha logrado contener a las pandillas a punta de acuerdos con ellas -que, según contaron sus propios miembros a El Faro, le habrían permitido llegar a la presidencia- y de detenciones arbitrarias, mientras capturaba el poder político. En Ecuador, hoy uno de los países más violentos de la región, Noboa intenta emular sin éxito a Bukele con estados de excepción y con la inmunidad que otorgó a militares extranjeros para combatir al crimen organizado. Pero esos liderazgos son el síntoma, no la enfermedad. Denunciarlos no responde la pregunta de fondo de por qué tantos latinoamericanos prefieren correr esos riesgos antes que volver a votar por la izquierda.
La izquierda está en deuda desde hace mucho tiempo, y lo de Brasil no es la primera prueba. El «fachopobreo» se ha vuelto costumbre, pero debe ser desterrado con una reflexión profunda y detenida que permita construir una izquierda que represente, de una vez por todas, a quienes dice representar. Mientras siga culpando a los votantes, seguirá dando vueltas en su laberinto.



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