Análisis de Josefina Araos publicado el 06.10.19 en un especial en Artes y Letras de El Mercurio en torno a esta conmemoración.

«Uno podría entender la ola populista como un regreso de la política»

Tanto la crisis de los grandes relatos que anunció Lyotard, como la tesis de Fukuyama sobre el fin de la historia, auguraron el fin de la política. La caída del Muro y la hegemonía de Estados Unidos hicieron pensar que habíamos alcanzado un orden político ideal. En cierta medida, la democracia occidental y sus valores parecían haber adquirido validez universal. Se trataba de la manifestación definitiva del “espíritu absoluto” y su misión no era otra que la de propagarse. El ataque a las torres gemelas fue la primera evidencia de las tensiones de esa premisa, y la crisis actual de la democracia liberal es también síntoma de su cuestionamiento. Y es que la idea del fin de la historia niega un principio fundamental de la democracia, pues vuelve irrelevante la deliberación política que está en sus cimientos. Si entendemos la democracia, con Chantal Delsol, como el reino de la contingencia y de la posibilidad, debemos renunciar a la idea de que hemos alcanzado su mejor versión posible. Ese fue el punto ciego central de la tesis de Fukuyama: no tanto asegurar la caída de los grandes relatos, como afirmar que habíamos arribado al estadio perfecto que ellos prometían.

Uno podría entender entonces la ola populista actual como un regreso de la política que acusa los límites de esta idea hegemónica. Autores como Alan Knight, Cristóbal Rovira y Chantal Delsol han definido el populismo como un fenómeno que repolitiza y revitaliza la vida política al recuperar temas y movilizar actores excluidos de la discusión pública. En ese sentido, aquello que se ha presentado negativamente como crisis de la democracia liberal, podría interpretarse también como una demanda de política o, siguiendo a Delsol, como una demanda democrática. Esto exige desplazar la mirada desde los líderes populistas al origen real de esta demanda: la ciudadanía que ve en ellos una alternativa.

Ahora bien, el regreso de la política no tiene por qué implicar el retorno de los grandes relatos. Ya aprendimos el riesgo de la promesa de un reino en la tierra. Con esto no se trata de legitimar las injusticias presentes, pero sí de evitar como antaño el sacrificio de la realidad concreta por la idea de una perfección futura. La utopía de la emancipación que dominó el siglo XX se reveló –con razón– como un objetivo problemático en su aplicación. Quizás hoy debamos sostenernos en la premisa más humilde de que cada nueva generación tiene que volver a enfrentar la pregunta por cómo articular su vida en común.