Columna publicada el 10.03.19 en El Mercurio.

Mañana lunes se cumple un año desde que Sebastián Piñera recibiera, por segunda vez, la banda presidencial de manos de Michelle Bachelet. Desde un principio, el regreso tuvo algo de revancha: su primer mandato -cuyo corolario fue la retroexcavadora de la Nueva Mayoría- le dejó un sabor amargo, y sabemos que al hombre no le gusta perder. El propósito central era no repetir errores, y darle a la derecha una proyección más allá de la persona del Presidente. Es difícil negar que, en términos generales, esta segunda experiencia ha sido bastante mejor que la anterior. Después de todo, ya se quisieran muchos mandatarios del orbe una aprobación en torno al 40%. La derecha, por su lado, ha tenido disciplina y responsabilidad. Además, el Presidente está más contenido, menos ansioso, y todo indica que ahora es más consciente del peso que reviste su función. No es poco.

Ahora bien, y admitiendo la relevancia de estos avances, el mandatario siempre fue explícito en cuanto al criterio para medir el éxito de su gestión: la próxima presidencial. Desde esta perspectiva, la escena se vuelve mucho más ambigua. En efecto, el oficialismo aún no logra elaborar un discurso político digno de ese nombre, que pueda servir de plataforma para lo que viene. A pesar de los años de preparación en las oficinas de Avanza Chile, no es fácil saber cuáles son los dos o tres temas decisivos que marcarán esta administración. ¿Recuerda usted, por ejemplo, la segunda transición? ¿Sabe en qué consiste? ¿Y el «Chile en marcha»? ¿O la protección de la clase media? Guste o no, el Gobierno todavía no encuentra su discurso. El Presidente mira con distancia este tipo de críticas, que le parecen un poco ociosas. La gestión, en su mente, sería superior al discurso que la envuelve. Sebastián Piñera desconfía de la política, que es siempre narrativa. Alguien podría afirmar, con razón, que así ha logrado la proeza de llegar dos veces a Palacio. Con todo, debe agregarse que hoy enfrenta un desafío inédito en su trayectoria: entregar la posta.

Un breve rodeo puede ser útil para ilustrar el dilema. El primer gabinete de este gobierno respondió a una lógica estrictamente piñerista: mientras que personeros de confianza asumieron los cargos decisivos, los políticos fueron relegados a carteras sectoriales de impacto acotado. La idea era mantener un control férreo sobre las distintas áreas (nada relevante se hace sin mi venia), además de volver virtualmente imposible la emergencia de liderazgos presidenciales (nadie me hace sombra). Esto explica que una vitrina tan poderosa como la Cancillería haya sido desaprovechada sin mediar explicación: el Presidente no quiere agendas personales.

Para fortuna del oficialismo, las repetidas incontinencias verbales de Gerardo Varela obligaron a introducir un cambio significativo. Aunque quizás nadie quiera reconocerlo en estos términos, el Gobierno literalmente tropezó por casualidad con la figura de Marcela Cubillos. En pocas semanas, la ministra le cambió la cara a la gestión gubernamental con una mezcla explosiva de energía, olfato y carácter. Así, Cubillos se convirtió -a pesar del grueso error que cometió al intervenir el Liceo 1- en la estrella del gabinete, con una fórmula tan simple como efectiva: confrontar ideas, rayar la cancha, copar la agenda y, en definitiva, hacer política.

En ese sentido, el principal peligro para el Gobierno reside en la comodidad de la situación actual. La oposición sufre de un extravío crónico, la derecha está medianamente ordenada y el equipo parece haber encontrado un equilibrio. Sin embargo, en política la apuesta por la estabilidad suele ser muy arriesgada. Los contextos son necesariamente dinámicos y, por lo mismo, el Gobierno debería anticipar escenarios en vez de esperar que otros los dibujen en su lugar (como ocurrió en 2011). El fallido cambio de gabinete debe entenderse desde esta perspectiva: ¿para qué cambiar si todo parece estar más o menos tranquilo? Pues bien, hay que cambiar, precisamente, porque, en política, no existe nada parecido a la placidez. Como bien enseñaba Maquiavelo, la política es movimiento constante, y no asumirlo suele conducir al fracaso.

El Presidente enfrenta entonces una disyuntiva crucial: o bien profundiza las posibilidades reveladas por la ministra de Educación, o bien se conforma con la situación actual, de relativa tranquilidad. La primera alternativa implica abrir la cancha, soltar la manija y permitir el crecimiento de liderazgos internos. Al mismo tiempo, es incómoda, porque contraría los instintos más básicos del mandatario. La segunda alternativa supone un diagnóstico complaciente, como si lo obrado fuera suficiente para proyectar el futuro. En rigor, implica jugar al empate, esperando que el desorden opositor asegure la continuidad.

En el fondo, Sebastián Piñera debe decidir si sigue privilegiando la exclusividad en el ejercicio del poder, o si pone su capital político a disposición de un proyecto colectivo que, necesariamente, lo irá desplazando. Aunque negarse a sí mismo nunca ha sido fácil, quizás nunca fue tan necesario.