Columna publicada en diario La Segunda, 5.10.13

 

Hace un tiempo apareció el libro «Gobernar con principios. Ideas para una nueva derecha» que escribimos con Francisco Javier Urbina. Ahí afirmamos que una de las grandes falencias de la derecha es su notoria incapacidad para generar diagnósticos políticos propios, derivada de su evidente déficit de articulación política e intelectual. Así, el diagnóstico de lo que ocurre en el país se encuentra, normalmente, capturado por la izquierda: ellos dictan las distinciones a partir de las cuales debe comprenderse lo que sucede y marcan el lado «bueno» de esas distinciones como el propio, atribuyendo el «malo» a la centro-derecha.

Como el diagnóstico está capturado por su adversario político y obviamente hace parecer que el mundo se mueve inexorablemente hacia el triunfo de sus ideas, la centro-derecha se desespera y se hunde en el pesimismo, el cual adopta dos manifestaciones. Una es el «Síndrome de Estocolmo», mostrado por los que hacen esfuerzos denodados por parecerse y congraciarse con el adversario. Otra es la de quienes optan por lo que llamamos «Arca de Noé», comunicando al mundo que sólo queda «esperar la debacle», parapetándose en caricaturas radicales de sí mismos y condenando a todos desde esa facciosa «trinchera de virtud».

Durante todo el terremoto emotivo de la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado de 1973 y su réplica iniciada con el episodio del cierre del Penal Cordillera, hemos visto como principales protagonistas a la confusión y al pesimismo: unos rasgan vestiduras, otros tratan de justificar lo injustificable y algunos más condenan furiosos las decisiones presidenciales. Todos, finalmente, corren en círculos, se alejan de los matices que alimentan el buen juicio (como los que Ascanio Cavallo, valientemente, hizo respecto de Odlanier Mena) y se recriminan mutuamente, olvidando, de paso, que hay elecciones en dos meses y que tienen una candidata en competencia.

Mientras tanto, La Moneda logró abrir una ventana: el Presidente ha logrado traducir en prácticas concretas lo que significa valorar los avances institucionales y económicos de la dictadura militar y condenar sin bemoles la violación sistemática de derechos humanos ocurrida en ese tiempo, lo que debería traerle ciertamente beneficios políticos. Piñera, con esto, acertó en una intuición a la cual, sin embargo, le dio poca densidad y trabajó con menos sentido estratégico. El resultado es que una reflexión necesaria para el sector se hace a punta de eslóganes y actos improvisados a destiempo y que todavía nadie puede explicarse bien en la centro-derecha cómo se articulan estos actos en un discurso coherente, porque ese discurso coherente todavía no existe, y porque repetir mil veces «nueva derecha» no la hará existir, ni tampoco los puros golpes de timón.

Es el momento, entonces, para que la derecha detenga su escándalo y en vez de trincheras comience a construir puentes de razonamiento que articulen la experiencia de haber gobernado, los desafíos del presente, la tradición intelectual y política heredada, la figura de Sebastián Piñera, las elecciones parlamentarias, los think tanks vinculados al sector y la candidatura de Evelyn Matthei. Queda poco tiempo, es cierto, pero llegar a esbozar una visión de futuro compartida sería un logro que, más allá de cualquier resultado electoral, permitiría al sector entrar al nuevo escenario con aquello que es imprescindible para una coalición con vocación de mayoría: altura moral, intelectual y política.