Opinión
¿Qué viene después de la megarreforma?

El crecimiento económico que impulsará la megarreforma (si todo sale bien) es condición necesaria, pero no suficiente, para el desarrollo integral de una nación.



¿Qué viene después de la megarreforma?

Aún restan varios pasos para que la megarreforma vea la luz de modo definitivo. Pero considerando el avance de su tramitación —ya fue despachada por la cámara baja y parece inminente su aprobación en general por parte del Senado—, el oficialismo haría bien en plantearse qué viene luego de su eventual publicación como ley de la república. Hay al menos tres motivos que invitan a anticiparse y evaluar ese escenario desde hoy. 

En primer lugar, es sabido que la situación económica es una de las principales preocupaciones de la ciudadanía, pero también lo es que la megarreforma, cualesquiera sean sus virtudes, difícilmente permitirá responder en el corto plazo a las angustias e inquietudes de la población en materia de empleo y costo de la vida. Nada de esto conduce a negar los posibles beneficios de esta iniciativa, pero sí conviene asumir que sus frutos probablemente se percibirán hacia el final de la actual administración. De ahí que el gobierno necesite ampliar el abanico y, por ejemplo, priorizar el trabajo de la comisión transversal convocada por el ministro Rau para enfrentar la emergencia laboral. 

En segundo término, es un hecho que los primeros meses del presidente Kast han estado marcados por el protagonismo del ministro Quiroz. Ello resulta comprensible hasta cierto punto —Hacienda siempre ha sido una repartición crucial y el momento del país y del mundo así lo exigen—, pero también es verdad que el mensaje político del gobierno ganaría en amplitud y cercanía si lograra exhibir un mayor equilibrio de poder e influencia entre los colaboradores directos e inmediatos del mandatario. De hecho, así ha ocurrido cuando la ministra Wulf, el ministro Arrau y la ministra Arzola, entre otros, se despliegan tanto en los medios de comunicación como en el territorio. En palabras simples, el gobierno es —y debe ser— más que Teatinos 120.

En tercer orden, y en estrecha relación con lo anterior, el presidente Kast y su equipo están llamados a delinear una estrategia de desarrollo que mire más allá del presente cuadrienio. Desde luego urge superar el estancamiento de la última década y retomar la senda del crecimiento, pero la prosperidad de un país no se agota sólo en esa dimensión. Y tanto por la legítima impronta conservadora de Kast como por el aprecio que late en el oficialismo de lo mejor de los “30 años” —del Chile de Aylwin, Frei y Lagos—, en La Moneda alguien debería estar pensando seriamente en ese tipo de estrategia. Más aún, se requiere que un horizonte de esa índole adquiera visibilidad y sirva como hoja de ruta. Después de todo, el crecimiento económico que impulsará la megarreforma (si todo sale bien) es condición necesaria, pero no suficiente, para el desarrollo integral de una nación.



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