La prohibición del aborto directo o procurado, en cualquiera de sus modalidades, descansa en un deber elemental: no eliminar directa y deliberadamente a otro miembro inocente de nuestra especie

El denostado proyecto “Escucha su corazón” ha recibido toda clase de críticas. Se ha dicho que revictimiza a mujeres expuestas a situaciones trágicas; que es un instrumento inadecuado e ineficaz para el propósito que busca; que contraviene la promesa de campaña del oficialismo de no empujar este tipo de agendas; y así. Cada una de estas objeciones tiene fundamento (y algunas admiten matices o réplicas puntuales), pero aquí quisiera detenerme en las dos cuestiones de fondo que, me parece, subyacen a esta polémica.
Lo primero remite a la naturaleza de la “ley de aborto en tres causales”. Aunque en su minuto se presentó retóricamente (¿hipócritamente?) desde la expresidenta Bachelet hacia abajo como un esfuerzo de mera “despenalización” —renunciar a la sanción penal de una conducta ilícita—, lo cierto es que la legislación aprobada fue mucho más allá. En concreto, garantiza como una prestación médica exigible el aborto en las causales que regula. Dentro de ese ámbito, establece un “derecho” de la solicitante.
Ello permite comprender las disputas en torno a la objeción de conciencia que han rodeado este asunto —cuyo epítome fue el intento de eliminar toda objeción por parte de la frustrada Convención de 2021/2022—, así como también la resistencia que surge ante cualquier intento de limitar su alcance. Si realmente se pensara que el aborto es un mal o una señal de que como sociedad “llegamos tarde” —Bachelet dixit—, la actitud del progresismo ilustrado sería distinta.
Lo segundo es que, ante la existencia de una legislación de esa índole, siempre se levantarán voces críticas. El argumento puede resumirse como sigue. La dignidad de cada ser humano —su valor intrínseco— impone ciertos deberes comunes a todos. Y la prohibición del aborto directo o procurado, en cualquiera de sus modalidades, descansa en un deber elemental: no eliminar directa y deliberadamente a otro miembro inocente de nuestra especie, cualquiera sea su edad, sexo, etapa de desarrollo o condición de dependencia o vulnerabilidad.
Ninguna de estas consideraciones implica desconocer que tras la inmensa mayoría de los abortos hay experiencias de abandono, sufrimiento y embarazos vulnerables. En rigor, ahí deberían apuntar los esfuerzos de quienes comprenden (respaldados por toda la evidencia disponible) que en el vientre materno late el corazón de alguien; no de algo. Pero también es verdad que la ley de aborto vigente no ofrece un apoyo efectivo ante esos embarazos, y que bajo el ropaje de la “despenalización” entrega una aparente solución que termina dañando gravemente a todos los involucrados. De ahí que no haya un debate “zanjado”. En una sociedad abierta siempre podrá discutirse al respecto, aunque muchos se resistan a aceptarlo.




.jpg&w=3840&q=75)
.png&w=3840&q=75)

%20(1).png&w=3840&q=75)
.png&w=3840&q=75)
.png&w=3840&q=75)

.png&w=3840&q=75)



