"Mientras al expresidente Piñera, en medio de la peor crisis del Chile posdictadura, lo arrinconaron quienes se creían vencedores del estallido, la oposición al expresidente Boric pagó costos internos y cumplió lo prometido en la campaña del Rechazo"

El cuarto aniversario del triunfo del “Rechazo” revivió el transversal e innumerable elenco de críticas contra la propuesta de la Convención. En este contexto, el alcalde Vodanovic, la exministra Tohá y otros dirigentes han argüido la necesidad de recordar también el proceso de 2023, que culminó con la derrota del texto defendido por republicanos y el resto de las fuerzas que hoy integran el oficialismo.
Es indudable que aquel proceso mostró un grave déficit de conducción y visión política, e incurrió en la tentación de constitucionalizar materias propias de ley (la historia no se repite, pero rima bajo el gobierno actual). Sin embargo, la idea de que se habría tratado de dos esfuerzos equivalentes y con vicios idénticos —pero de signo político opuesto—, sencillamente no se sostiene.
Para notarlo basta recordar el origen y significado político de uno y otro itinerario. Por un lado, el antecedente inmediato del diseño que concluye con la derrota de la Convención es la declaración opositora del 12 de noviembre de 2019 (el día más violento luego del 18-O). Desde la DC al PC, ahí se subordinó el diálogo con un gobierno contra las cuerdas a su rendición a la “vía de los hechos”. Es concreto: “plebiscito, asamblea constituyente y nueva constitución”. La cadena nacional del expresidente Piñera esa misma noche —retirándose de la escena e instando a un pacto— y el posterior Acuerdo del 15-N son incomprensibles sin ese condicionamiento.
Por otro lado, y más allá de sus problemas posteriores, el proceso de 2023 se remonta a un hecho político que muchos creían imposible: las fuerzas ganadoras del Rechazo cumplieron la palabra empeñada —contra la opinión de sus bases y contra los vaticinios de las izquierdas—, configurando una “segunda oportunidad” (o tercera, si añadimos el programa de Bachelet II). Mientras al expresidente Piñera, en medio de la peor crisis del Chile posdictadura, lo arrinconaron quienes se creían vencedores del estallido, la oposición al expresidente Boric pagó costos internos y cumplió lo prometido en la campaña del Rechazo, avalando un nuevo intento.
Nada de esto es trivial. Como han advertido tanto Cristóbal Karle como Max Colodro, el reemplazo constitucional era la piedra angular de un proyecto histórico para las izquierdas post 2010. Ahí —y no sólo en su magnitud— reside la profundidad de su derrota del 4 de septiembre de 2022, coronada con su inédita defensa de la Carta vigente en el plebiscito de 2023. Si además recordamos la percepción ciudadana ante uno y otro proceso —adhesión y esperanza al inicio de la Convención; fatiga, recelo y viento en contra en 2023—, la conclusión es clara. Si las izquierdas no quieren engañarse, deben dejar de igualar fenómenos políticos distintos.





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