Opinión
La “ultraderecha” y la religión

Comoquiera que se piense de Kast o Meloni, su trayectoria es la de personas que dejan a su fe moldear lo que hacen en política, no de políticos que acuden de modo inesperado a alguna pantalla de religiosidad. La trayectoria de Trump es bien claramente la contraria, la de un hombre que no reconoce una ley por sobre sus deseos, mucho menos una ley divina

La “ultraderecha” y la religión

¿Se encuentra hoy el mundo expuesto a una ola de “ultraderecha”? Cada cierto número de días uno escucha algo así. La última ocasión fue por la derrota de Viktor Orban en Hungría, celebrada en Chile y el mundo porque mostraría que esa “ultraderecha” puede ser derrotada. Lo cierto de esa afirmación es que los partidos en el poder pueden ser derrotados, y que no conviene entregarse a ningún determinismo histórico que trate el futuro como zanjado. Lo falso, en cambio, es que esta categoría de “ultraderecha” sea muy útil para describir a los distintos actores a los que se suele aplicar (de Orban a Bukele, de Milei a Kast, y obviamente también a Trump).

Quien somete esta categoría de “ultraderecha” a revisión no está, por cierto, eximiendo a estos gobernantes de la crítica. La pregunta es simplemente si quienes acuden a esta etiqueta ofrecen una caracterización de las ideas de derecha y del carácter “radical” de algunos de sus exponentes que no sea antojadiza. En el documento “Qué (no) es la ultraderecha”, Pablo Valderrama ha sembrado grandes dudas al respecto.

A esta inquietud sería pertinente sumar una pregunta por cómo se caracteriza la relación de estos distintos gobernantes con la religión. Después de todo, entre las típicas advertencias sobre la ultraderecha está la idea de que se suele aliar con un conservadurismo religioso empecinado en la restricción de derechos. Y aquí se nos cruzan las etiquetas: a la ya gruesa consigna de la “ultraderecha” se suman categorías toscas como el “fundamentalismo”. ¿Existe el fundamentalismo religioso? Es bien obvio que sí, tal como existe el radicalismo político. Es igualmente obvio que usando esas categorías se entiende bien poco de lo que ocurre hoy.

Las últimas semanas, con el choque del papa y el gobierno norteamericano, lo ilustran de manera patente. ¿Hay un problema religioso en la administración Trump? Parece bien claro que sí. Pero ¿cómo caracterizarlo? Por un lado, obviamente, por su aproximación instrumental a la religión. Vale la pena subrayar aquí lo evidentes que son las diferencias: comoquiera que se piense de Kast o Meloni, su trayectoria es la de personas que dejan a su fe moldear lo que hacen en política, no de políticos que acuden de modo inesperado a alguna pantalla de religiosidad. La trayectoria de Trump es bien claramente la contraria, la de un hombre que no reconoce una ley por sobre sus deseos, mucho menos una ley divina.

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