Entrevista publicada el 24.11.19 en Revista Sábado.

Convertido en uno de los columnistas más comentados tras el estallido social, el profesor de filosofía dice que ha estado en las protestas para entender el fenómeno que había anunciado hace años, que este Gobierno será recordado «porque no supo leer, captar ni percibir» la crisis y que el Frente Amplio no ha dado el ancho. También habla de su relación con el Opus Dei, de Marx, de Los Prisioneros, de Wanderers y de su familia, donde se mezcla la izquierda y la derecha.

Ismael Huerta Díaz nació en Talcahuano y hacia el final de su carrera en la Armada alcanzó el grado de vicealmirante. Pero su nombre tiene una particularidad única en la historia de Chile: fue ministro de Obras Públicas y Transportes de Salvador Allende y años después, inmediatamente después del golpe, Augusto Pinochet lo nombró su ministro de Relaciones Exteriores.

–Es mi abuelo– dice Daniel Mansuy, apuntando con la mirada a una fotografía en blanco y negro puesta en una de las repisas del librero de su oficina. Mansuy, 41 años, director del centro Signos e investigador asociado del IES, es hoy uno de los columnistas que más atención ha ganado en torno a su interpretación del estallido social, que ya completó un mes. Pese a su sensibilidad política inclinada a la derecha, en los textos ha señalado los errores del Presidente Piñera, la desorientación del Gobierno y la desconexión de Chile Vamos para comprender un malestar que él mismo se había encargado de anunciar hace años.

–Es algo que a mi juicio era visible hace mucho tiempo para el observador imparcial o equitativo. Había señales de que la clase política dirigente, en general, no estaba respondiendo a ciertos problemas sociales. No creo haber dicho nada espectacular. Simplemente dije lo que me parecía que estaba a la vista. Y en el caso particular de la derecha, quedó cómoda y atrapada por años en un discurso muy economicista que le impedía hacer política y, por lo tanto, no vio los fenómenos que venían. La manera en que dejó caer su constitución de la noche a la mañana es señal de que el desajuste fue brutal.

–¿La derecha no lo escuchaba a usted?

–No lo sé. Diría que la derecha ha estado dominada en los últimos 8 a 10 años por el piñerismo, que ha sido más bien ciego a esto. Para el piñerismo estos problemas eran marginales, nunca existieron de verdad y nunca fueron tomados demasiado en serio. De hecho, cuando Piñera ganó la elección presidencial, el diagnóstico de su entorno fue súper complaciente: administramos la economía, nos ponemos las parkas rojas y la cosa va a andar bien.

–¿Quién ha mal aconsejado al Presidente según su visión?

–Siempre es fácil echarles la culpa a los consejeros, cuando la culpa es de quien elige a esos consejeros. Aquí hay un problema en el Presidente, y de eso tengo pocas dudas. Pero me parece que la figura de Cristián Larroulet ha sido complicada en ese sentido. Él pertenece a una matriz muy clásica de la derecha, muy Chicago, que le ha impedido sistemáticamente ver ciertos problemas. Para explicarlo de otro modo, el punto es que el Presidente Piñera tiende a rodearse de gente muy parecida a él, no busca complementos, y se queda encerrado en sus propios puntos ciegos. Allí hay un problema severo. En ese sentido, Piñera y Larroulet ven las mismas cosas y, a la vez, no ven las mismas cosas.

–¿Se ha reunido con Piñera para decirle esto?

–Sí. Antes de la elección y una vez después. No comento reuniones privadas, pero me ha pedido mi opinión y le he dicho todo lo que pienso, que es más o menos lo mismo que he escrito y he dicho siempre. No tengo doble discurso en ese sentido.

–¿Y le ha hecho caso?

–No siento que me haya escuchado mucho, la verdad. Pero, en fin, el Presidente escucha a mucha gente y él verá lo que toma y lo que deja.

Nacido en Valparaíso y criado en Viña del Mar, Daniel Mansuy es fanático de Wanderes. Dice que suele ir sábado por medio con sus hijos hombres al estadio de Playa Ancha, donde tiene asientos reservados. Hijo de un marino en retiro y de una abogada, se formó en una familia que saltaba entre un extremo y el otro de la política: su abuela paterna era opositora a la dictadura, mientras que los abuelos maternos, donde estaba el vicealmirante Huerta, estaban con el régimen.

–Unos votaron por el No y los otros por el Sí –cuenta–. Y yo tuve toda esa experiencia desde niño, escuchando radio Agricultura con unos abuelos y radio Cooperativa con los otros. En una casa leía las revistas Qué Pasa y Ercilla y, en la otra, Hoy, Apsi y Análisis. Eso me ayudó a entender la complejidad del mundo.

Finalmente, Mansuy optó por la derecha y a los 15 años comenzó a militar en la UDI.

–Sí, me quedé más hacia la derecha, pero tengo conexiones con la izquierda y siempre me ha interesado el marxismo como fenómeno. Leo mucho a Marx. Siempre lo he encontrado un pensador fuera de serie y aprendo mucho de él. Comete errores todo el tiempo, pero tiene unos diagnósticos y una intuición que son finísimos.

Tras egresar del colegio, Mansuy estudió Ingeniería Comercial por dos años antes de hacer un giro radical en su vida y cambiarse a Historia y Filosofía en la Adolfo Ibáñez.

–En verdad, nunca quise estudiar Comercial. Legué ahí, en partem por consejos familiares. Pero me di cuenta de que no tenía nada que hacer en esa carrera y volé apenas pude. No lograba dormir en las noches de la angustia que me producía la idea de trabajar en un banco.

En la universidad tuvo una activa vida política: fue dirigente, candidato a la federación y, además, participó en asambleas y consejos distritales, hasta que renunció a la UDI.

–Hubo una distancia doctrinaria con lo que la UDI representa. Hoy ese partido me queda muy lejos en muchos sentidos. Y también hubo una opción por la vida académica que me parece incompatible con la actividad política.

Casi al mismo tiempo que se alejaba de la política, se convertía al catolicismo.

–Yo era agnóstico, estudié en un colegio laico y no recibí en mi familia más directa formación católica ni cristiana. Así que fue un proceso largo, difícil y disputado internamente. En esto tuvieron un rol muy importante mi abuela y algunas personas del Opus Dei.

–¿Pertenece a la prelatura?

–No. Trabajo en una universidad vinculada al Opus Dei, tengo muy buenos amigos del Opus Dei y le tengo cariño y gratitud al Opus Dei, pero no soy miembro.

–Rafael Gumucio escribió que su sensibilidad social venía de su fe religiosa. ¿Es así?

–Sí. Supongo que juega un papel relevante, y de hecho he aprendido mucho leyendo la doctrina social de la Iglesia. Dicho eso, no creo que la sensibilidad social sea monopolio de los creyentes.

Casa y padre de seis hijos, Mansuy trabaja desde 2003 en la Universidad de los Andes, donde pasa la mayor parte de su tiempo «escondido en la biblioteca», haciendo clases de filosofía, dirigiendo tesis e investigando. Además de las columnas que escribe hace un año y medio en El Mercurio, también conduce Réplica, un podcast en Tele13 Radio donde entrevista a escritores.

–A propósito, ¿le parece que los políticos de derecha leen poco? Un ministro dijo que no tenía tiempo para leer novelas.

–A ver, no creo que los políticos deban ser unos intelectuales, pero sin duda una dedicación un poco más fina a la lectura podría ayudar a comprender muchas más cosas. Si uno lee la historia de Chile de Gonzalo Vial, que es un hombre de derecha, puedes ver que hay cosas que él predijo de manera más o menos exacta respecto de lo que está pasando hoy. ¿Cuántos políticos de derecha han leído a Vial? No sé. No se trata de sobreintelectualizar el debate, pero la apertura al patrimonio que hay en los libros es una herramienta imprescindible para aproximarse a la realidad.

En el librero, que ocupa una pared completa de su oficina, entre fotos familiares se amontonan en perfecto orden gruesas colecciones de filósofos franceses como Raymond Aron, Alexis de Tocqueville y Claude Lefort. También hay tomos de Aristóteles, Leo Strauss y Nicolás Maquiavelo. Mansuy los recorre con la mirada, mientras explica que los tiene allí porque ya no cabe un libro más en su casa.

–¿Qué estás leyendo para entender el estallido social?

–He estado leyendo mucho a Aron, que es el gran crítico de Mayo del 68, y a Lefort. Y estoy releyendo a Maquiavelo, porque me intriga la conexión de este proceso con la violencia. Es lo que hoy me tiene intelectualmente inquieto, y me parece que Maquiavelo da luces para entender eso.

–Para algunos analistas ha sido precisamente la violencia lo que abrió el camino a una nueva Constitución.

–Es la tesis empíricamente inobjetable, pero teóricamente complicada para quienes creemos en la democracia. Todos los momentos iniciales de algo son muy violentos y tenemos pocas herramientas para comprender qué papel político juega la violencia. Quisiéramos tratar de organizar un mundo en el que la violencia esté marginada y que no cumpla un papel relevante. Y aquí ha sido tomada, procesada y aceptada por eso sistema.

–¿Cree que la violencia la a continuar?

–Va a tender a reducirse, pero no sé si se va a eliminar del todo en un plazo corto. Porque cuando uno le entrega terreno a la violencia, es muy difícil recorrer de vuelta ese camino sin recurrir al autoritarismo, y nadie quiere eso.

Su luminosa oficina, rodeada de silencio y encumbrada en lo que el sacerdote Felipe Berríos llamó una vez «la cota mil», parece estar a años luz de la crisis que a esta misma hora sacude a todo el país, pero tal vez esa misma distancia le ha permitido a Mansuy observar con perspectiva lo que pasa. Tampoco es que se haya quedado refugiad allí. De hecho, dice, ha ido un par de veces a las marchas de Plaza Italia para entender in situ el fenómeno.

–¿Y?

–Masiva, mucho joven, muy transversal en términos de origen socioeconómico, mucho capucha mimetizado con la masa, con palos en las manos. Estuve el día en que quemaron el hotel del Parque Bustamante. El fenómeno es bastante más profundo, pero en cierta parte de la juventud hay una dimensión de búsqueda de una épica generacional. Con esto no quiero decir que no haya habido graves excesos de los carabineros. En el fondo, hay una especie de cansancio generalizado con el tipo de sociedad o con el país que hemos construido. Es bien impresionante que en 2019 sigan cantando las canciones de Los Prinsioneros. Yo soy de la generación que los escuchó de niño, pero la gente que la canta ahora está más lejos. Un sociólogo amigo dice que Jorge González es nuestro Tocqueville, porque es el observador más fino de la sociedad chilena: en 10 canciones la retrató entera.

Mansuy dice que ya empieza a estar psicológicamente agotado con la prolongación de la crisis y se ríe cuando le comentan que sus columnas han sido de las más leídas durante este periodo.

–El oficio del columnista en estos días es particularmente estimulante, porque estás en medio de un acontecimiento real, pero al mismo tiempo es difícil porque estás interpretando algo sobre caliente y no sabes para dónde va.

–¿Está de acuerdo con la tesis de Piñera de que este fenómeno es producto del «malestar del éxito»?

–Creo que es parte de la explicación. Tiene que ver con el progreso de Chile, que produce tensiones. Pero no lo llamaría solo así, porque en esa expresión hay una forma de decir: «Bueno, lo único que los chilenos buscan es éxito». Y creo que hay muchos chilenos que buscan condiciones de vida dignas.

–¿Diría que el estallido social habría pasado con o sin Piñera?

–Sí, habría pasado con o sin Piñera, pero naturalmente que en la figura de Piñera hay una encarnación del sistema que se hace mucho más visible. Y si me apuras, si acaso es cierto que las demandas de la calle son de izquierda, la responsabilidad histórica de ese sector en no haber podido articularse en una mayoría política es tremenda.

–¿Cómo será recordado este gobierno?

–Va a ser recordado porque no supo leer, captar ni percibir una tensión social que le estalló en la cara. Hoy el objetivo debe estar en darle liderazgo y una articulación política a esto, olvidarse de la popularidad, y de entregarle la banda presidencial a alguien de derecha. El objetivo es que esto termine dentro del marco institucional, y tratar de conducir razonablemente un proceso constituyente donde el gobierno no ocupará la primera línea.

«Esto es bien trágico –dirá después–, porque Piñera salió con un mal gusto después de 2011 y vuelve en gran parte por una revancha personal. Pero nunca supo lo que estaba pasando, no sabe lo que pide la gente y no tiene conexión con el país. Despierta una rabia total, porque no tiene respuestas, y va y viene entre el discurso de seguridad y el discurso social, no se decide nunca».

–¿A qué políticos ve fortalecidos?

–En la derecha a Karla Rubilar y Mario Desbordes. Son las personas que en el sector han logrado leer de manera distinta la situación, conectar con un sentimiento que está ahí y romper con una barrera que tiene la derecha con este tipo de fenómenos. En la centroizquierda me cuesta ver a gente que haya destacado, pero sin duda mencionaría a Javiera Parada y Jaime Quintana, que ha mostrado una altura republicana muy interesante. Y alguien que se ha revelado completamente, pese a no tener experiencia política, ha sido Ignacio Briones. Nunca habíamos tenido un ministro de Hacienda con talento político. Es un hallazgo. Lo conozco de antes, pero confieso que ese talento me dejó asombrado. Logra dar con un tono que es muy necesario hoy día.

–¿Y del Frente Amplio?

–Creo que el Frente Amplio no dio el ancho. Fue muy ambiguo con las primeras manifestaciones de la violencia, y ahora está un poco dividido frente al pacto constitucional.

–¿Boric no?

–Mi problema con él es que hay muchos Gabriel Boric. Quedo perplejo frente a su figura, porque lo encuentro muy talentoso, inteligente, sobre la media de los políticos, muy carismático, además, y al firmas el acuerdo constitucional, aunque fuera a título personal, demostró una responsabilidad de Estado que la valoro, la felicito y se la agradezco como chileno. Pero me cuesta calzar ese Boric con el que visita a Palma Salamanca, se ríe con una polera de Jaime Guzmán asesinado y enfrenta a los militares en la calle. Me parece que es un político extraordinariamente errático.

–Antes del estallido, pese a que no le gustaba, usted identificaba a Joaquín Lavín como el más probable presidenciable de la derecha. ¿Lo sigue viendo así?

–Ha sido más bien invisible, porque no tiene nada relevante que decir. Y cuando caiga todo el polvo, si es que cae, Lavín no va a salir tal como entró. No sé qué tanto, pero saldrá debilitado al haber estado ausente de este gran proceso.

–¿Votará a favor o en contra de la nueva Constitución?

–Vaya pregunta. No lo he pensado mucho, pero entiendo que la Constitución vigente tiene problemas de legitimidad brutales y haríamos bien en intentar avanzar en eso.

–¿Bajo qué mecanismo?

–Tampoco lo he pensado. En principio, me gusta más la convención mixta, por dos motivos: no creo que la asamblea constituyente elegida vaya a ser demasiado diferente al Congreso, porque se aplican las mismas reglas. Y no me parece deseable seguir horadando la legitimidad de los parlamentarios, que tienen muchos problemas, pero creo que no nos podemos salvar sin ellos.

–¿Qué nombres le gustaría ver en la asamblea constituyente?

–Es un ejercicio un poco ocioso, porque hay gente inteligente que uno piensa que debería estar. Pero no nos engañemos: la pregunta es quiénes tiene posibilidades de ser elegidos: los que tienen apoyo de partidos políticos. Alguien que quisiera competir contra ellos tiene muy pocas esperanzas. Las reglas de la política son las que son, no las que quisiéramos, y sería bueno asumir cuanto antes ese dato.

–Se lo preguntaba porque, al menos en redes sociales, muchos lo han propuesto a usted.

–Sí, y lo agradezco, pero no está en mis planes por ningún motivo. Soy profesor y no soy candidato a nada. Ninguna posibilidad de que algo así ocurra.