Columna publicada en La Segunda, 04.07.2017

Ambiguo. Así es el balance de las primarias para Manuel José Ossandón. En términos electorales, mal no le fue. Sus 370 mil votos superaron los sufragios de todo el Frente Amplio (y también los suyos como senador), venció en 10 comunas de la Región Metropolitana, y sólo un 15% de sus adherentes provino de Puente Alto. En principio, se trata de un liderazgo con alcance nacional. Pero sólo en principio: aunque reconoció dignamente su derrota, durante las primarias Ossandón no estuvo a la altura de las circunstancias, y eso deja más de una duda sobre su futuro.

El fenómeno exige una reflexión. Tal como se insistió en un debate entre los jefes programáticos de Piñera, Kast y Ossandón, la campaña de este último guardó escasa relación con los contenidos de su programa. Mientras ignoraba datos elementales y centraba sus apariciones en las diatribas contra Sebastián Piñera, el senador contaba —en paralelo— con un documento de 150 páginas, que ofrecía diagnósticos y propuestas sugerentes en varias materias relevantes (endeudamiento familiar, educación técnica, gobiernos locales, cárceles y reinserción).

Desde luego, el principal responsable de esa disonancia fue el propio candidato. Nadie más que él decidió relegar a un plano más que secundario el mensaje que latía en sus bases programáticas; un mensaje que podía convocar a mundos huérfanos de representación y que iba más allá de la crítica personal. Algunas de sus objeciones tienen fundamento —después de todo, Piñera ha sido incapaz de marcar suficiente distancia con Wagner y Novoa—, pero en Ossandón adquirieron un aroma de pura revancha.

Todo esto remite a una dificultad mayor. El  ex alcalde enfatizó, antes que otros en la oposición, problemas e inquietudes reales del Chile profundo, pero ni las buenas intuiciones ni las trayectorias municipales bastan para gobernar un país. Ossandón no ha comprendido que tanto el anhelo de un «Chile diferente», como las posturas morales que defiende resultan intelectualmente muy exigentes. Despreciar la importancia de las ideas es mal negocio para cualquier hombre público, pero sobre todo para quienes impulsan cambios sociales fundados en la justicia y la solidaridad. Por lo demás, los principios también deben reflejarse en el trato a los adversarios: en política, forma y fondo van de la mano.

En suma, es indudable que la derecha debe tomar en serio la votación de Ossandón, pero también que cualquier apuesta a futuro por parte de él supone mejoras sustanciales. A fin de cuentas, si ha sido tildado de rústico y agresivo, «no es por lindo» precisamente.

Ver columna en La Segunda