Columna publicada el 17.11.12

 

El apoyo a una candidatura presidencial que entrega un partido siempre es parte de una táctica orientada al poder que nace de un diagnóstico de la situación política del país. Es decir, de una especulación basada en la observación de la opinión pública acerca del probable apoyo que ese personaje podría suscitar y el beneficio que ese apoyo traería a la colectividad política.

Aplicando las categorías del libro de Carlos Cousiño y Eduardo Valenzuela «Politización y Monetarización en América Latina», a grandes rasgos uno podría identificar tres «tipos ideales» de candidatura: populista, ilustrada y sistémica. Una candidatura populista parte de la base de la relación entre el líder iluminado y las masas, va más allá de los partidos y, en general, manifiesta un abierto rechazo por las instituciones. Es la candidatura «del pueblo».

Una candidatura ilustrada se concentra no tanto en el candidato como en el programa, poniendo el énfasis en las propuestas y, muchas veces, en la ideología a partir de la cual se formulan. Es la candidatura «ciudadana».

Finalmente, una candidatura sistémica es la que apela en sus comunicaciones exclusivamente al sistema político e intenta generar adhesión mediante la personalización del candidato (mostrarlo como «una persona común y corriente, igual que usted y yo»). Esta es la candidatura de la opinión pública.

Cada uno de estos tipos apela a niveles distintos de nuestra experiencia cotidiana: la candidatura populista, a la presencia (al vínculo prerreflexivo); el ilustrado, a la conciencia (al vínculo reflexivo, racional); y el sistémico, a las comunicaciones (al vínculo con la opinión pública).

El debate actual al interior de los partidos, y en la cabeza de algunos candidatos, es cuál es la combinación óptima de estos elementos. En el aire parece haber dos diagnósticos principales: uno es que la sociedad se ha «repolitizado», y, por tanto, el énfasis de la candidatura debe estar en las ideologías, los programas y los planes.  Esta es una tesis ilustrada. El segundo diagnóstico nace de las encuestas y muestra que Michelle Bachelet, que no representa una ideología ni un programa, es hasta ahora la candidata más competitiva, haciendo mucho más relevante el vínculo del político con la opinión pública que el plano programático-ideológico.

Quienes se han inclinado más por la segunda hipótesis que por la primera han sido la UDI y el sector bacheletista de la DC. Ambos partidos han optado por candidaturas que muestran una fuerte apuesta por la opinión pública: Laurence Golborne y Bachelet.

El condimento a este debate lo pone el voto voluntario: luego de las elecciones municipales hay una gran incertidumbre en el ambiente, las encuestas no parecen ser un espejo de la realidad y las lecturas sobre la abstención son de lo más variadas. La forma de intentar reducir esta complejidad y generar adhesión son las primarias.

Lo más probable es que ambos candidatos, de ir a primarias, deban tratar de mostrar algo más que su relación con la opinión pública, y ahí se volverán importantes las ideas y los principios. El problema es que, si se les «pasa el tejo» en lo programático, corren el riesgo de caer en el campo de una candidatura ideológica, que genera siempre menor adhesión. Este riesgo lo corre principalmente Bachelet, presionada por el extremo izquierdo de su coalición. Golborne, en tanto, deberá enfrentar en Andrés Allamand dos cosas: la reivindicación de la política profesional y probablemente una agenda programática liberal.

Esto va a estar bueno.