¿Se trata, entonces, de un proyecto político conservador o liberal conservador, de inspiración cristiana tradicional? A primera vista esta lectura parece más adecuada. Es lo que transmiten en muchas de sus alocuciones el presidente Kast, la ministra Wulf y varios otros ministros y subsecretarios; y es precisamente lo que se intentó dibujar en la cuenta pública del 1 de junio.

¿Cómo evaluar, cómo describir la fisonomía de la administración Kast luego de tres meses en el poder? Por de pronto, la designación del gabinete despejó cualquier duda acerca de su pretendido talante “ultraderechista” o “iliberal”. El significado de esas etiquetas suele ser jabonoso —típicamente buscan descalificar antes que comprender—, pero ni la más laxa de sus acepciones contempla un equipo político encabezado por ministros como Alvarado o García Ruminot, o la presencia de exconcertacionistas como Ximena Rincón o Jaime Campos. Cualesquiera sean sus claroscuros, el gobierno de Kast es otra cosa.
¿Se trata, entonces, de un proyecto político conservador o liberal conservador, de inspiración cristiana tradicional? A primera vista esta lectura parece más adecuada. Es lo que transmiten en muchas de sus alocuciones el presidente Kast, la ministra Wulf y varios otros ministros y subsecretarios; y es precisamente lo que se intentó dibujar en la cuenta pública del 1 de junio. Las citas a Portales y Bello —en conjunto—, la resignificación y ampliación discursiva de la emergencia, la constante alusión a la familia y su centralidad como eje del quehacer gubernamental; en fin, la afirmación según la cual “sin orden no hay libertad”. Todo ello favorece dicha lectura.
Pero esa interpretación no es pacífica. Sin ir más lejos, en días recientes tanto Comunidad y Justicia como IdeaPaís han hecho sonar una campana de alerta respecto de la orientación del gobierno. Con palabras y énfasis diferentes, su interrogante es la misma: ¿hasta qué punto es compatible la singular primacía adquirida por Hacienda en estos casi 100 días con aquella impronta conservadora, o liberal conservadora, que supuestamente distingue al mandato de Kast? Por cierto, sería absurdo negar la relevancia de las variables económicas en el contexto actual, marcado por el bajo crecimiento, la crisis fiscal y la emergencia laboral. El problema desde luego no es tomarse en serio este cuadro, sino que el prisma económico se convierta de modo sistemático y a priori en el criterio último de decisión.
Quizá el mejor ejemplo sea la insólita regularización de facto por parte del SII de las casas de apuestas online domiciliadas en el extranjero, ilegales según la Constitución y la ley, y así ratificado además por la Corte Suprema en septiembre del año pasado. Esto contraviene la permanente reivindicación presidencial del estado de derecho (las actividades ilícitas se persiguen), y la agenda de la ministra Wulf en materia de familia y redes sociales (hoy la ludopatía infantil es una plaga). En los hechos, esas y otras dimensiones son relegadas a un plano secundario: como si el fin justificara los medios, la necesidad de recaudar se impone frente a cualquier otra consideración.
En una reciente y difundida entrevista realizada por Daniel Hopenhayn al alero de la UDP, el historiador Gonzalo Rojas —hoy director de formación del mundo republicano— reconoce que la alianza entre las ideas conservadoras y la economía de mercado “careció de contrapeso antropológico moral”. Según indica Rojas, el error no fue “el mecanismo que se puso en marcha” bajo la modernización capitalista, sino el fuerte desbalance al que se dio lugar: “un incentivo a la productividad en todos los órdenes de la vida, menos en el orden antropológico moral. El orden del ‘no, eso no se hace’, ‘no, eso no conviene porque daña a otros’, lo fuimos dejando de lado”. ¿Se repetirá la historia? El Presidente Kast tiene la palabra.















