Opinión
La batalla cultural bien entendida

El trabajo eficaz o el pago de las propias deudas obviamente son rasgos de la cultura, y son planos en que esa cultura requiere hoy un cambio.

La batalla cultural bien entendida

Es bien conocida una afirmación del presidente Kast en campaña, según la cual su gobierno no sería de batalla cultural. En un sentido se trataba de una promesa imposible; en otro sentido de algo razonable y deseable. Si la “guerra cultural” remite a tener convicciones sobre la familia, el inicio y término de la vida o el carácter de la educación, es bien claro que una promesa de esa índole no tenía sentido: para un gobierno es imposible carecer de posición en esas materias. Puede centrarse en otras emergencias, pero incluso eso lo hará desde alguna visión del hombre.

Pero por “batalla cultural” puede entenderse también los medios a los que se recurre en estas discusiones. No tener un gobierno de batalla cultural significará entonces que al rival no se le mira como enemigo y que, por tanto, habrá cuidado en los medios a usar en la disputa política; que no habrá ambición de imponer al otro una derrota total, como la buscada, por ejemplo, por el gobierno anterior mediante la fallida Convención. Si se evalúa en este plano de los medios, cabe concluir que el de Boric de hecho fue un gobierno de guerra cultural, y que la cosa parece ser bien distinta en lo poco que va de esta administración.

Una entrevista del ministro Quiroz la semana pasada, sin embargo, reivindica esta expresión. Sería cosa de honestidad mínima reconocer que se tiene el gobierno para “buscar cambios de comportamiento e introducir modificaciones culturales". Se suele imaginar la guerra “cultural” por contraste con las preocupaciones materiales, pero las palabras del Ministro de Hacienda nos recuerdan lo gris de esa frontera. El trabajo eficaz o el pago de las propias deudas obviamente son rasgos de la cultura, y son planos en que esa cultura requiere hoy un cambio.

Parece claro que en esto el ministro recoge un uso pertinente de la expresión, y que se trata de un plano sobre el que necesitamos una discusión mucho más franca. Un país lleva tan mal como un hogar el vivir gastando más de lo que genera, y un Estado sobreendeudado se vuelve además incapaz de responder a las emergencias que siempre irrumpen. La batalla por transmitir estos puntos ciertamente merece ser dada.

Aquí como en los otros temas de “batalla”, sin embargo, la cuestión de los medios es igualmente importante. Resumámoslo en una pregunta. ¿Se ha desplegado en los cobros del CAE una política que permita distinguir adecuadamente a los abusadores de los agobiados? Porque si en eso hay tosquedad, se sospechará las mezquindades propias de la guerra, en que dañar al adversario importa a veces más que el beneficio de la ciudadanía. Si se hace bien, en cambio, se puede empujar el cambio cultural esperado, y con bastante apoyo ciudadano.

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