Opinión
Hemos perdido tanto

Viña del Mar ya no es la “ciudad bella” en la que crecí, y muchas ciudades de Chile repiten ese patrón de decadencia. Hay grupos criminales circulando a nuestro alrededor; crecen sin que a nadie le importe demasiado.


Hemos perdido tanto

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, dice Sabina. Pero fue inevitable. Después de varios años fuera de Chile, el único lugar que tenía sentido para nosotros era aquel donde nacimos y crecimos: Viña del Mar. Como viejos nostálgicos, le repetimos a nuestro hijo historias de la ciudad que ya no existe: de los bosques y dunas donde jugábamos, hoy arrasados por la escasa planificación urbana y la depredación inmobiliaria; de un centro que tenía alma, lleno de personajes fascinantes; de un camino costero que hace muchos años dejó de ser una postal sin edificios. ¿Las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles? El poeta Jorge Teillier lo afirmaba; cuando camino por Viña hoy, lo pongo en duda.

Pero la ciudad no se pierde sólo a manos de quienes la ven únicamente como un paño inmobiliario. Se pierde también, y con mayor urgencia, ante quienes se apropian indebidamente de sus calles. El domingo llevé a mi hijo a andar en bicicleta por la playa de Reñaca, día en que no se cobra el estacionamiento oficial en el borde costero. Cuando iba saliendo, un estacionador llegó a exigirme plata. Como andaba sin efectivo, le dije que no tenía; me pidió entonces que le depositara y volví a negarme. Ahí empezaron las amenazas: me advirtió que no volviera a estacionarme por ahí e incluso anotó mi patente. La situación no es nueva: esa zona está repleta de personas que «estacionan» autos y obligan a pagar por el «servicio». Tienen las áreas divididas —ponen conos para indicar qué sector corresponde a cada uno— y han tenido múltiples problemas con los dueños de restaurantes del sector.

Este auténtico control territorial de un mercado ilegal opera desde hace varios años a plena luz del día, con la resignación de las autoridades y de Carabineros, en una de las playas más turísticas de Chile durante un fin de semana repleto de familias. ¿Cómo será entonces la situación en aquellos sectores de la ciudad completamente abandonados por el Estado? ¿Cómo será en las tomas de terreno capturadas por el narco que no se ven desde las playas repletas en verano ni aparecen en la televisión?

Pienso en el caso de Valentina Correa, cuyo padre fue asesinado por un sicario afuera de su casa en Concón por haber solicitado la restitución de un terreno de su propiedad que había sido tomado por un narcotraficante. Pienso en los niños de la región que son reclutados como soldados por el crimen organizado, en medio de realidades familiares rotas y agobiante soledad. Pienso en los cientos de ciudadanos de Valparaíso que viven bajo la ley del narco y ven en ella un sustituto mejor que el Estado, porque de él muchas veces han recibido amenazas, desidia, silencios y puertas cerradas. 

Viña del Mar ya no es la “ciudad bella” en la que crecí, y muchas ciudades de Chile repiten ese patrón de decadencia. Hay grupos criminales circulando a nuestro alrededor; crecen sin que a nadie le importe demasiado. Las élites abandonaron hace décadas Valparaíso y ahora el fenómeno parece repetirse con Viña del Mar; la ciudad queda a su suerte para morir de forma lenta y decadente, entre palmeras y descuidos.

No es sólo el narco, no es sólo el crimen organizado; son mercados ilegales que ejercen control territorial y afectan nuestra vida cotidiana: comercio ambulante, préstamos informales, casinos clandestinos, estacionadores de autos. Aumentan porque les hemos cedido la calle. Y temo que la única ciudad que pueda contarle a mi hijo, a medida que crezca, no sea la que perdimos, sino la que dejamos que nos quitaran.

También te puede interesar:
Flecha izquierda
Flecha izquierda