El problema de fondo no consiste solo en resolver cómo ayudamos a quienes desean tener hijos (cuestión relevante y necesaria de atender). También es fundamental preguntarnos si acaso ese deseo puede satisfacerse de cualquier modo, considerando que los hijos, siendo alguien y no algo, no deben ser tratados como el objeto de un derecho a garantizar.

Señor Director:
En su respuesta a mi carta (jueves), Javier Silva Müller afirma que mi argumento reduciría la complejidad de la crisis de natalidad que enfrentamos, además de invisibilizar en mi crítica a la maternidad subrogada a las miles de personas que desean tener hijos y no pueden. Se trata de una acusación falsa.
Recordar que existen dilemas normativos en las opciones disponibles para contener la caída demográfica supone precisamente advertir la complejidad del fenómeno, que por lo demás acompaña toda la historia humana. No nos paramos frente a la realidad solo con la pregunta sobre qué hacer, sino también interrogándonos por lo que es bueno y correcto. Es en ese marco que cabe cuestionar la maternidad subrogada.
En ese sentido, el problema de fondo no consiste solo en resolver cómo ayudamos a quienes desean tener hijos (cuestión relevante y necesaria de atender). También es fundamental preguntarnos si acaso ese deseo puede satisfacerse de cualquier modo, considerando que los hijos, siendo alguien y no algo, no deben ser tratados como el objeto de un derecho a garantizar.
Pero esto es algo que el argumento de Silva evade, y por lo mismo tampoco logra advertir las implicancias específicas derivadas de esa evasión: los métodos que sugiere son tremendamente costosos (y convenientes para poderosos grupos económicos), con pocas opciones de masificación, son también altamente invasivos y siguen situando el problema de la natalidad en el ámbito exclusivo de mujeres cuyo cuerpo se mercantiliza o interviene dolorosamente. Todos estos aspectos deben ser considerados, aunque tal vez a Javier Silva le parezca simplificador.






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