Entrevista publicada el 10.03.19 en los medios regionales de El Mercurio.

Lo de la alternancia en el poder se lo han tomado muy en serio Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. Durante todo el siglo XX, hubo solo dos casos de presidentes que gobernaran dos veces: Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez del Campo, más o menos elegidos (en su primer gobierno, Ibáñez participa como candidato único). Pero en lo poco que va del siglo XXI, ya hay dos presidentes que han reincidido. Después de Ricardo Lagos, cuando se acortaron los períodos presidenciales a cuatro años sin reelección inmediata, la secuencia Bachelet-Piñera se ha repetido.

Se suponía que estos gobiernos breves favorecerían la estabilidad y evitarían grandes cambios, difíciles de lograr en tan poco tiempo. Pero tanto Bachelet como Piñera se han propuesto reformas importantes, con programas de gobiernos ambiciosos que, en parte, responden a diferentes concepciones del entramado social.

Sobresimplificando un poco, el gobierno de Bachelet prometía un mayor bienestar a través de derechos garantizados sustentados en la recaudación de impuestos; el gobierno de Piñera, en cambio, promete un mayor bienestar a través de la generación de riqueza sustentada en la revitalización de la economía. Cada visión, por su puesto, caricaturizará a la opuesta y presentará tensiones polares: por ejemplo en la reforma laboral, donde unos ven «derechos» que defender, los otros «rigideces» que superar.

Si existe la comezón del séptimo año en los matrimonios, estos gobiernos breves tienen la comezón del segundo año, momento crítico en la formulación de su proyecto político y su programa. Ahora que comienza el segundo año de Piñera entrarán a escena algunas de sus reformas más importantes. Sobre la visión de sociedad que las sustenta y el sentido de esas reformas, sobre su oportunidad y el rol de la oposición, comenta, en esta entrevista, Claudio Alvarado, director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), centro de estudios dedicado a los temas públicos desde la perspectiva de una «nueva» derecha.

Una de las consecuencias de los gobiernos de cuatro años sin  reelección pareciera ser que el segundo año es crucial en la implementación de sus programas. ¿Lo entiende así usted también?

Es plausible pensar eso, y ciertamente es la idea que hoy predomina en la opinión pública. Se asume que el primer año es más bien de instalación, y que después queda poco margen de acción por la proximidad de nuevos períodos electorales. Mi duda es si, precisamente por lo breve de los tiempos, no habría sido mejor acelerar el tranco desde el primer día en el caso del gobierno actual. ¿Por qué, por ejemplo, esperar hasta ahora para promover el programa de clase media protegida. quizá una de sus iniciativas más emblemáticas?   

También se supone que es un tiempo suficiente para grandes transformaciones que configuren sus proyectos políticos (o si se quieren palabras más estupendas, su «relato» o «narrativa»). Sin embargo, tanto Piñera como Bachelet las han planteado.

Pero con diferencias entre ambos, me parece. El gobierno de Sebastián Piñera propone ajustes específicos en áreas muy diversas. Es más humilde y realista si se quiere, pero también más intermitente y disperso. No es claro que cuente con una narrativa ni un proyecto tan definido. Lo de Michelle Bachelet, en cambio, era más utópico y grandilocuente, pero contaba con ejes de acción más precisos. Sus magros resultados se explican en parte por la renuncia al gradualismo, pero es indudable que contaba con un mensaje claro desde el principio, marcado por sus reformas estructurales.

Usted ha sostenido que, al menos en este aspecto, la comparación de Piñera con Bachelet, favorece a esta última: su gobierno, con los problemas y errores que tuvo, señalaba una ruta clara. ¿En qué sentido Piñera no sería tan claro?

Por más errado que haya sido el diagnóstico de Michelle Bachelet y y su entorno, ellos se propusieron sacar adelante ciertas reformas, y lo lograron en materia eduacional, laboral y tributaria. ¿Cuáles son las dos o tres iniciativas equivalentes del gobierno actual? ¿Cuáles son las ideas matrices a las que ellas responden? ¿La reforma al Sename? ¿La política migratoria? ¿La clase media protegida? ¿La mejora a las pensiones? ¿La modificación tributaria? ¿La modernización del Estado? ¿El cambio a las isapres? ¿Rehabilitar el mérito en educación? No se puede hacer todo en 4 años.

Las diferencias entre ambos responden al debate ideológico que implican sus diversas concepciones de sociedad. Exagerando sus rasgos, uno enfatiza los derechos garantizados (Bachelet) y otro la revitalización económica (Piñera)…

Pero ojo: diversos miembros del oficialismo también han señalado, con toda razón, que no basta con el crecimiento económico, que urge apuntar a algo más. Ahí es donde asoma la relevancia de articular una narrativa robusta. Eso es lo que permite no sólo superar los reduccionismos, sino también orientar la marcha cotidiana del gobierno más allá de los vaivenes de la contingencia, y fijar dos o tres prioridades inequívocas que le hagan sentido a la ciudadanía. El problema actual quizá tiene que ver con un exceso de entusiasmo. Hay muchos proyectos dando vueltas, y todos pueden ser muy positivos, pero no es claro cuáles son las dos o tres propuestas indispensables, qué es aquello que le da sentido a la acción gubernamental.  

Y si tuviera que aconsejar, ¿cuales serían, a su juicio, esas dos o tres propuestas indispensables?

En términos generales, aquellas que subrayen las diferencias con la nueva izquierda y permitan materializar de mejor manera las ideas matrices del oficialismo. Por ejemplo, frente a los abstractos derechos universales, tomarse muy en serio la prioridad por los invisibles de nuestra sociedad, desde la mejora del Sename hasta la clase media vulnerable y su postergada red de protección. Ambos aspectos bien podrías convertirse en el sello del gobierno. Además, ambos permiten integrar y reivindicar el papel de la sociedad civil, mostrando la justicia y los beneficios concretos de no restringir lo público a lo estatal.

Se inicia el segundo año de Piñera y tomarán protagonismo reformas legislativas importantes: la tributaria, la de pensiones y la laboral. ¿Considera que reflejan coherentemente una visión de sociedad?

Es difícil responder en forma categórica sin conocer en detalle su contenido específico, pero así debiera ser sin duda. Como decía el ministro Gonzalo Blumel durante la campaña, el desafío del gobierno, y el oficialismo en general, es articular las lógicas del mérito con las de la solidaridad en una visión coherente y propositiva. Estas reformas debieran plasmar una visión de ese tipo.

Por ejemplo, en la reforma de pensiones, hasta donde se sabe, los aportes individuales serán las estrellas y la mejora del pilar solidario, un personaje secundario, sujeta al mejor desempeño económico…

Sería iluso pensar que este gobierno va a echar por tierra el sistema de capitalización individual. De hecho, el proyecto previsional de Michelle Bachelet tampoco lo hacía. El mayor desafío del oficialismo con esta reforma es convencer que efectivamente logrará mejorar las pensiones, en especial las de de los sectores más vulnerables, y que esa es la prioridad número uno en la materia. Todo esto, insisto, representa una oportunidad privilegiada para traducir en cosas concretas la articulación de mérito y solidaridad.

¿Y cómo cree que será la discusión en torno a «admisión justa» en el sistema educativo?

Al menos hasta ahora, se trata de algo bastante parecido a un diálogo de sordos. Es indudable que la narrativa meritocrática de la ministra Cubillos logró marcar la agenda y empatizar con un porcentaje importante de la ciudadanía. Pero su énfasis también despierta mucho recelo en la oposición, cuyos votos son necesarios para avanzar en este campo. El debate probablemente ganaría en calidad, y también en su potencial de alcanzar acuerdos, si el gobierno ancla este proyecto en una visión de conjunto sobre el sistema educativo, que enfrente los problemas de las grandes mayorías de los escolares, y no sólo de aquellos más aventajados.

¿Piensa que la oposición está suficientemente articulada para enfrentar todos estos temas y cuál será su labor?

Hasta ahora, nada indica que exista alguna articulación digna de ese nombre en nuestra izquierda. Quizá lo único que la une hoy en día es precisamente el afán de oponerse a priori. No se observa ni agenda común, ni prioridades compartidas, ni nada semejante. Ahora bien, dadas las mayorías parlamentarias vigentes en el Congreso, la oposición bien podría bloquear los proyectos del Ejecutivo. Pero eso, además de mezquino, también podría resultar contraproducente para sus propios intereses.