Opinión
Una bomba de misantropía

El obituario del New York Times para Ehrlich decía que sus predicciones habían sido “prematuras”. La verdad es que habían sido rotundamente equivocadas. También en eso Ehrlich representa un tipo de intelectual bien conocido: el que no cree nunca tener que dar explicaciones. Y como muestra el mencionado obituario, siempre hay un ecosistema dispuesto a ayudar en la evasión.

Una bomba de misantropía

Una gran cantidad de voces se alzaron la semana pasada por la partida de Jürgen Habermas: el último socialdemócrata, el último filósofo del consenso. No era, sin embargo, la partida más significativa si se trata de comprender nuestra época. El día antes de que muriera Habermas, partía de este mundo el demógrafo Paul Ehrlich. En 1968, con su libro “La bomba poblacional”, activó el pánico que por décadas regiría en esa materia: teníamos un problema de sobrepoblación, no habría espacio ni alimento para todos, había que tomar medidas inmediatas y radicales.

Cinco décadas más tarde, como es sabido, la situación es muy distinta. No es solo que Ehrlich errara sobre la capacidad de alimentar la futura población, y cuestiones así –en las que erró todo lo que se puede errar–, sino que hoy enfrentamos exactamente el problema contrario al sugerido por él: una descomunal crisis de natalidad, de la que nuestro país es ejemplo prominente.

El problema es severo, y tras décadas de pánico antinatalista a muchos les cuesta siquiera dimensionarlo. Puede haber un puñado de personas conscientes de los desafíos del colapso demográfico –que distan de ser solo económicos–, pero la mayoría se encoge de hombros. Les parece más fácil sostener un hogar con menos bocas, e imaginan que esa lógica puede llevarse también a otra escala. No es solo que hayamos dejado de tener hijos, sino que de paso perdimos también la capacidad para pensar al respecto.

¿Qué clase de escritor, académico, divulgador, contribuyó a empujarnos por esa senda? Ehrlich fue un misántropo de tomo y lomo: cada uno de los problemas que lo atribulaban, desde el hambre hasta la contaminación, encontraban su solución en nuestra inexistencia. Tampoco se quedaba atrás a la hora de dar consejos sobre cómo conducir la “batalla cultural” en estos asuntos: si tenía la osadía de retratar una familia numerosa, la televisión tenía el deber inequívoco de ponerlos bajo luz negativa. ¿Y medidas coercitivas para evitar la reproducción en los países más pobres? “Puede ser”, escribe Ehrlich, “pero coerción por una causa buena”.

Todo esto es bien conocido e, insisto, lo convierte en un intelectual seguramente más influyente que Habermas, por mucho que este lo preceda en nobleza. La gran pregunta que todo esto levanta, sin embargo, es respecto de la responsabilidad intelectual. El obituario del New York Times para Ehrlich decía que sus predicciones habían sido “prematuras”. La verdad es que habían sido rotundamente equivocadas. También en eso Ehrlich representa un tipo de intelectual bien conocido: el que no cree nunca tener que dar explicaciones. Y como muestra el mencionado obituario, siempre hay un ecosistema dispuesto a ayudar en la evasión.

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