Con Nicolás Grau como reemplazo, y con todas sus luces y sombras, no cabe duda de que quien pierde con la salida de Mario Marcel es la ciudadanía.
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El título de esta columna hubiese funcionado perfecto para referirse al fallecimiento de Mario Vargas Llosa. Pero, a meses de su deceso, es otro Mario deja el primer plano de la política chilena. El último Mario no falleció ni nada parecido, sólo abandonó uno de los cargos más importantes del Estado: el Ministerio de Hacienda. En efecto, la semana pasada, por motivos familiares, Mario Marcel decidió dar un paso al costado antes de tiempo y buscar nuevos aires profesionales. La administración Boric entra así a su fase final sin dos de los liderazgos que le dieron una relativa estabilidad y seriedad a su mandato: Carolina Tohá y la figura en cuestión.
En lo técnico las opiniones han sido diversas. Varias voces han salido tanto a defender como a criticar la gestión del exministro. Sebastián Edwards, amigo de Marcel, afirmó que este último “detuvo la caída libre en la que estaban las finanzas públicas”. Desde luego, existen algunos argumentos para sostener esa afirmación. El panorama cuando asumió Marcel era delicado y estabilizarlo muy difícil, sobre todo con los efectos de los IFE otorgados por el Presidente Piñera, los coletazos de los retiros y el contexto de despilfarro del Presidente Boric en campaña para el plebiscito de 2022 (recordemos que postergaron hasta el congelamiento de las cuentas de luz). Pese al complicado cuadro fiscal, la administración Marcel nunca logró estabilizar las finanzas públicas nacionales. Por el contrario, todos los datos demuestran que la situación ha empeorado en los últimos años. Y Marcel, como cabeza de Hacienda, es el responsable de esa crisis, del aumento del déficit estructural y del incumplimiento de las metas fiscales.
Pero las críticas no se reducen a criterios técnicos. En lo político Marcel también desilusionó. De hecho, fue de más a menos: dejó el puesto más respetado por todos los economistas -la presidencia del Banco Central-, para asumir en el cargo económico más poderoso de la administración que apoyó el Apruebo y un proyecto constitucional que pudo haber destruido las arcas fiscales. Ahí fue protagonista de dudosas actuaciones, como su respaldo fáctico a Javiera Martínez. Ese apoyo puede entenderse como parte de la estrategia para mantener los equilibrios entre Apruebo Dignidad y el Socialismo Democrático. No obstante, se volvió insostenible ante los errores groseros en las proyecciones de la Dipres (que, curiosamente, siempre beneficiaban al Gobierno). Por algo Marcel ordenó ajustes a dichos informes, muchos de los cuales todavía no están listos. Hoy, en la recta final, Martínez sigue y Marcel no.
Es cierto que, por momentos, el exministro fue de aquellas figuras indispensables para mantener a flote al aparato estatal. No porque hiciera el trabajo sucio, sino porque el peso de su figura, por sí sola, infundía respeto y confianza. Sólo alguien con mala fe podría poner en duda sus conocimientos económicos. Todo eso, sin embargo, confiere una carga negativa a algunas actuaciones de Marcel. En varias ocasiones, se empeñó en defender como un pistolero al Ejecutivo, incluso si para ello debía recurrir a datos o informaciones parciales. Hace poco sostuvo que la evolución de ingresos y gastos había mejorado en comparación con el año pasado, destacando un avance del 2,4%. Nunca detalló el panorama completo: mejoramos, entre otras cosas, por el alto precio del cobre, pero se incumplieron las propias proyecciones del ministerio (auspiciaron mejores resultados) y la deuda bruta del país nunca ha sido más alta.
Ahora bien, con Nicolás Grau como reemplazo, y con todas sus luces y sombras, no cabe duda de que quien pierde con la salida de Marcel es la ciudadanía. El Ministro de Hacienda, por la propia naturaleza del cargo, debe ser quien esté dispuesto a decir la verdad sobre las cuentas nacionales y, por lo mismo, a limitar el flujo de dinero. Marcel limitó el gasto público porque ese era simplemente su trabajo. Boric, en cambio, optó por nombrar en ese puesto a quien se encargaba de incentivar el gasto desde Economía y Corfo; la misma persona que sostuvo en su minuto que el dólar “no afecta al pueblo chileno”. Por otro lado, el exministro contaba con conexiones en el mundo académico, financiero y político que Grau no posee, y este último deberá sacar adelante la peliaguda ley de presupuesto que regirá en el probable gobierno de derecha el próximo año. Gran parte de dicha norma se habrá preparado por el actual ministro de Hacienda. Veremos, en ese sentido, si su papel se termina acercando más al de Rodrigo Valdés (quien se convirtió en el dique al gasto público en Bachelet II) que al de Alberto Arenas (el artífice de la reforma tributaria que estancó a Chile). Por ahora, el pronóstico es reservado.